El dolor en la espalda me despertó antes que el sol. Me quedé quieto en la cama del hotel, escuchando la respiración de Emilio. Afuera, Barcelona empezaba a agitarse. Pájaros. Camiones. Motos.
Me levanté despacio. Cada movimiento era una negociación con el dolor. La espalda me latía, un segundo corazón que bombeaba dolor en vez de sangre. En el baño, me quité la remera. El espejo me devolvió una imagen que no esperaba.
La espalda estaba violeta. Un moretón de quince centímetros me cubría media columna, desde los omóplatos hasta la cintura. Pero eso no era lo peor. Lo peor era lo que había debajo.
Me giré para ver la nuca.
Ya no eran dos líneas. Eran tres. La tercera, más fina que las otras, subía por el cuello como un hilo negro recién cosido. El sistema crecía con cada víctima salvada.
—Boludo. Eso no es un golpe.
Emilio estaba en la puerta del baño. Sin remera. Con el pelo revuelto y los ojos hinchados de sueño.
—Es un moretón.
—No. Eso de la nuca. Las líneas. Te las vi anoche cuando te estabas bañando.
—Son tres ahora. Ayer eran dos.
—¿Y mañana?
—Cuatro. O cinco. O doce.
Emilio se apoyó en el marco de la puerta. Se rascó los nudillos. Sus líneas grises habían dejado de avanzar después del partido. Pero seguían ahí, cicatrices de algo que no había terminado de pasar.
—¿Cuántas va a haber cuando termines?
—No sé. Quizás ninguna. Quizás todas.
Esa mañana, fui a la Ciutat Esportiva. No a entrenar. A mirar.
Cervera entrenaba en la cancha principal. Solo. Pateaba una pelota contra la pared del vestuario. Una y otra vez. El ritmo era constante. Hipnótico. El sonido de los botines raspando el cemento. Chirrido. Pausa. Chirrido. Como el roce de una lija contra el asfalto.
Lo observé desde la grada vacía. Sus movimientos eran perfectos. La pierna derecha, la zurda, los pases largos. Todo técnicamente impecable. Pero había algo raro en su forma de jugar. Algo mecánico. Cumpliendo una orden en vez de jugar al fútbol.
—Siempre entrena solo.
La voz salió de tres filas atrás. Me giré. Un pibe estaba sentado en la última grada, casi invisible en la sombra del techo. Pelo revuelto. Un cuaderno apoyado en las rodillas. Un lápiz en la mano.
No lo había visto al entrar. Llevaba ahí un rato.
—Soy Iker. Iker Vega. De Bilbao.
—Mateo.
—Sé quién sos. El que se tiró a la escalera. Todo el vestuario habla de eso.
—¿Y qué dicen?
—Unos que estás loco. Otros que sos un héroe. Y Cervera... Cervera no dice nada. Pero te mira. Todo el tiempo.
Me senté al lado de Iker. Tenía el cuaderno abierto. Dibujos. Bocetos a lápiz de jugadores en movimiento. Reconocí a Cervera pateando contra la pared. A Emilio en el arco. A mí, tirado en el pasto después del partido. Los trazos eran rápidos, precisos, de alguien que observaba mucho y hablaba poco.
—Dibujás.
—Observo. Después dibujo lo que observo.
—¿Y qué observaste hoy?
Iker señaló a Cervera con el lápiz.
—Ese tipo entrena solo porque no soporta que lo miren. Mi viejo era igual. Mi viejo jugaba al frontón en Bilbao. Siempre solo. Siempre contra la pared. —Cerró el cuaderno—. Cervera no confía en nadie. Pero vos... vos hiciste algo que él no entiende. Y eso lo tiene inquieto.
—¿Inquieto cómo?
—Como un arquero que ve que el delantero va a patear al palo derecho pero no sabe por qué lo sabe.
Iker se levantó. Guardó el cuaderno bajo el brazo. Antes de irse, me miró con esos ojos claros que nunca mostraban nada.
—Cervera no es el único que está marcado, ¿no?
—No.
—Lo sabía.
Se fue caminando hacia el túnel. Sus pasos resonaron en el cemento vacío. Abajo, Cervera había dejado de patear. Me miraba desde el borde de la cancha, con la pelota bajo el brazo, la respiración entrecortada.
Esa noche soñé con Cervera.
Estaba en el campo. Solo. Con la pelota en los pies. Las líneas grises le subían por los tobillos, las rodillas, los muslos. Le llegaban al cuello. Y cuando abría la boca para pedir ayuda, no salía ningún sonido.
Me desperté a las cuatro de la mañana. La espalda me ardía. La moneda de 1930 estaba helada en el bolsillo de mi campera.
En el baño, las letras aparecieron en el espejo antes de que yo encendiera la luz:
VÍCTIMA CONFIRMADA: MARC CERVERA.
PLAZO: 12 DÍAS.
CONDICIÓN: DISTENSIÓN DE LIGAMENTOS CRUZADOS DURANTE EL DERBI CONTRA EL ESPANYOL.
PROBABILIDAD DE INTERVENCIÓN EXITOSA: 62%.
FACTOR CRÍTICO: CONFIANZA.
Sesenta y dos por ciento. Más bajo que Emilio. Porque Cervera no confiaba en nadie. Y sin confianza, no me dejaría ayudarlo.
Apagué el espejo con la palma de la mano. Las letras desaparecieron. Pero los números se me grabaron en la cabeza.
Doce días. Sesenta y dos por ciento. Un catalán que cargaba con dos generaciones de expectativas.
Toqué la moneda de 1930 en mi bolsillo. Estaba fría. Como siempre.
Editado: 22.06.2026