Después del desayuno, fui a la Ciutat Esportiva. No a entrenar. A la oficina de Torres. El entrenador me había mandado un mensaje la noche anterior, después de que los médicos me revisaran. "Pasá por mi oficina mañana. Tenemos que hablar."
Torres me esperaba con un café en la mano y una carpeta en la otra. Me hizo pasar con un gesto. Su oficina era chica, con paredes llenas de fotos de equipos viejos y una pizarra táctica con jugadas dibujadas en marcador azul.
—Sentate.
Me senté. La silla crujió bajo mi peso. El dolor en la espalda me recordó que estaba ahí.
—¿Cómo está la espalda?
—Bien.
—Mentís.
—Sí.
Torres dejó el café sobre el escritorio. Abrió la carpeta. Adentro había fotos viejas, en blanco y negro, sujetas con clips oxidados. Fotos de equipos antiguos, de jugadores con pantalones cortos y botines de cuero marrón.
—Ese es mi abuelo —dijo, señalando a un tipo alto con bigote—. José Martínez. Utilero de Nacional. Estuvo en el Centenario el día de la final del primer Mundial, en 1930.
Me quedé helado. El Centenario. 1930. Como la moneda que Raúl me había dado.
—¿Por qué me cuenta esto?
Torres me miró. Sus ojos eran chicos, oscuros, cansados.
—Porque la semana pasada te vi mirándote la nuca en el espejo del vestuario. Y porque hace dos meses, apareció esto. —Se bajó el cuello de la camisa. Una línea negra. Fina. Sobre el esternón—. La misma noche que vos llegaste a Barcelona.
—¿Usted también?
—Yo también. Pero no sé qué significa. No tengo un espejo que me hable. Solo tengo esto. —Se tocó el pecho—. Y las historias de mi abuelo.
Me incliné hacia adelante. Las manos apoyadas en las rodillas.
—¿Qué historias?
Torres dudó. Miró la puerta. Después me miró a mí.
—Mi abuelo vio cosas en el Centenario. Cosas que le comieron la cabeza. Murió hablando de un pacto, de una maldición, de un tal Figueroa. —Hizo una pausa—. Como vos.
—¿Pedro Figueroa?
Torres levantó la vista. Algo en sus ojos cambió.
—¿Conocés ese nombre?
—Es mi bisabuelo.
Torres se reclinó en la silla. Me miró durante un largo rato. Después asintió, despacio, como quien termina de atar cabos sueltos.
—Mi abuelo siempre dijo que Pedro Figueroa no era uruguayo. Era argentino. Jugó para Uruguay porque lo obligaron. Metió el gol de la final. Y después... desapareció. En 1934. Lo encontraron muerto en su casa de Montevideo. Dijeron que se suicidó. Mi abuelo decía que lo mataron. Porque sabía demasiado. Porque quiso romper el pacto y no lo dejaron.
—¿Qué pacto?
—No sé. Mi abuelo nunca quiso decirlo. Pero dejó cosas. Cartas, diarios, fotos. Cosas que quizás te interesen. —Cerró la carpeta—. Pero solo si vos querés. Yo no te voy a obligar.
Me levanté. Caminé hacia la puerta. Antes de salir, me detuve.
—Míster —dije sin girarme.
—¿Qué?
—¿Cuándo apareció su marca? Exactamente.
—El 15 de octubre. El mismo día que vos aterrizaste en El Prat. Como si tu llegada la hubiera activado.
Salí. Cerré la puerta. En el pasillo, me apoyé contra la pared. El corazón me latía tan fuerte que sentía el pulso en las sienes. Torres también estaba marcado. Y Pedro Figueroa... Pedro Figueroa era mi bisabuelo. El hombre que había metido un gol en la final del primer Mundial y que después había muerto.
Algo había pasado en 1930. Algo que todavía no entendía. Pero el sistema, la marca, las víctimas... todo venía de ahí. Del Centenario. De Montevideo. De un partido que se jugó hace cien años.
Esa noche, en el espejo del baño del hotel, las letras volvieron:
NUEVA VÍCTIMA CONFIRMADA: MARC CERVERA.
PLAZO: 13 DÍAS.
ACTIVACIÓN: DERBI CONTRA EL ESPANYOL.
Me pasé la mano por la nuca. La marca palpitaba. El sistema no solo me mostraba víctimas. Me mostraba plazos. Me daba fechas exactas. El futuro ya estaba escrito y yo era el único que podía cambiarlo.
Torres también estaba marcado. ¿Era una víctima más? ¿Un aliado? ¿O algo distinto?
No lo sabía. Pero iba a averiguarlo.
Editado: 22.06.2026