El vestuario antes del derbi olía a linimento y a miedo. Nadie hablaba. Solo se escuchaba el ruido de los botines ajustándose, las cintas ciñéndose, la respiración contenida.
Torres entró sin decir nada. Nos miró uno por uno. Cuando llegó a mí, se detuvo.
—Figueroa. La espalda. ¿Cómo está?
—Bien.
—Mentís.
—Sí.
—¿Podés jugar?
—Sí.
—Entonces jugás.
Cervera estaba a mi izquierda. Apretaba los cordones con las manos temblorosas. Las líneas grises en sus tobillos eran más visibles que nunca. Solo yo las veía.
Salimos al túnel. El ruido de la hinchada llegaba como un tren subterráneo. El Espanyol había traído gente. Se sentía la hostilidad en el aire.
—Cervera —le dije antes de salir.
—¿Qué?
—Quedate cerca mío. No te alejes. Cuando te grite, te tirás.
—Ya me lo dijiste anoche.
—Te lo digo otra vez. Por las dudas.
El árbitro pitó. Empezó el partido.
Los primeros veinte minutos fueron un infierno. El Espanyol metía pierna fuerte. El número ocho, un rubio de cuello grueso, era el peor. Miraba a Cervera como un perro de caza. Lo seguía. Lo marcaba.
Yo no le sacaba los ojos de encima. Pase iba, pase venía. Corría con la espalda protestando. Pero mi cabeza estaba en el minuto veintitrés.
Minuto veintiuno. Veintidós.
Y entonces pasó.
El ocho del Espanyol recibió una pelota en el mediocampo. Cervera fue a marcarlo. El rubio no miró la pelota. Miró la rodilla de Cervera.
Levantó el pie. Con los tapones de frente. Apuntando a romper ligamentos.
—¡CERVERA, TIRATE! —grité.
Cervera lo hizo. Se tiró al piso sin pensarlo. Sin preguntar. Como me había prometido.
Me lancé yo también. Me metí entre los dos. El impacto fue en el muslo. Un dolor blanco que me subió por toda la pierna. Los dos caímos.
El árbitro pitó. Roja para el ocho del Espanyol. Los jugadores se amontonaron. Gritos. Empujones.
Yo estaba en el suelo. La pierna me latía. Pero Cervera estaba parado. Entero. Sus rodillas intactas.
—¿Qué hiciste, boludo? —me dijo, arrodillándose a mi lado.
—Te dije que te tiraras.
—Y me tiré. ¿Pero vos?
—Yo me meto en el medio. Es lo que hago.
El médico entró. Me revisó. Contusión en el muslo. Podía seguir. Seguí.
El partido terminó dos a cero. Gol de Cervera al minuto cuarenta y uno. Un zurdazo desde afuera del área que se clavó en el ángulo. Gol mío al setenta y ocho. Un taco de espaldas que ni yo sabía que podía hacer.
En el túnel, después del partido, Cervera me esperaba. Con la camiseta en la mano.
—¿Por qué lo hiciste? Ayer no me podías ver. Hoy casi te rompés la pierna por mí.
—Porque sos mi compañero.
Cervera se quedó callado. Después extendió la mano.
—Marc. Me llamo Marc.
—Mateo. Pero ya lo sabías.
Sonrió. Una sonrisa de verdad. La primera que le veía.
—Sí. Pero quería que me lo dijeras vos.
Entramos juntos al vestuario. Emilio nos esperaba en la puerta. Cuando nos vio entrar juntos, levantó una ceja.
—¿Todo bien, boludos?
—Todo bien —dije.
—¿Seguro? Porque parece que se hubieran declarado la paz.
—Algo así.
En el espejo del vestuario, las letras aparecieron. Pero esta vez no eran azules. Eran doradas.
MALDICIÓN ROTA. VÍCTIMA SALVADA: MARC CERVERA.
RECOMPENSA DE SALVACIÓN: VISIÓN PRECOGNITIVA MEJORADA (48 HORAS).
PENALIZACIÓN: LA PRÓXIMA VÍCTIMA ES MÁS DIFÍCIL DE SALVAR.
Y después, una línea que parpadeó dos veces antes de desaparecer:
NUEVA VÍCTIMA: IKER VEGA. VASCO. BILBAO.
PLAZO: 21 DÍAS.
CONDICIÓN ESPECIAL: ESTA VÍCTIMA NO CONFIARÁ EN VOS.
Me sequé la cara con la toalla. Iker Vega. El vasco del cuaderno de dibujos. El que observaba desde las sombras de la grada. El solitario.
Veintiún días. Y esta vez, la víctima no me iba a creer.
Editado: 22.06.2026