Volví al Mundial para Ganar Todo

Capítulo 9: El vasco

El muslo me dolía con cada paso. La rehabilitación de la espalda iba bien —el moretón ya estaba amarillo, casi curado—, pero ahora era el muslo derecho el que me jodía. Una contractura de tanto correr en la bicicleta fija. El médico me había dado diez días de reposo. Ya habían pasado nueve. Pero yo no podía quedarme quieto. No con Iker marcado. No con tantas preguntas sin responder.

—¿A dónde vamos? —preguntó Emilio, mientras me seguía por los pasillos de la Ciutat Esportiva.

—A la biblioteca.

—¿Biblioteca? ¿Vos? Si en la escuela te quedabas dormido en las clases de literatura.

—Necesito buscar algo sobre 1930. El Mundial. La final. Mi bisabuelo.

Emilio me miró raro. Pero no preguntó más. Caminamos juntos hasta un edificio viejo, de ladrillos grises, que estaba en un rincón del complejo que nadie visitaba nunca. Olía a papel viejo y a humedad. La señora de la entrada, una mujer de unos setenta años con anteojos colgando del cuello, nos dejó pasar con cara de pocos amigos.

—Cierren al salir. Y no se roben nada.

—No somos ladrones, señora.

—Eso decían los otros. Y desaparecieron tres libros sobre la historia del club.

Adentro encontramos de todo. Revistas viejas apiladas en estanterías de metal. Diarios amarillentos atados con piolín. Y una carpeta gruesa, polvorienta, con un título escrito a mano en tinta negra: "1930 - Primera Copa del Mundo".

La abrí sobre una mesa de madera. Emilio se sentó enfrente, sacudiendo el polvo de las páginas con cara de asco.

—Esto tiene olor a muerto —dijo.

—Son diarios viejos. Es normal.

—¿Qué buscás exactamente?

—No sé. Algo. Cualquier cosa que mencione a Pedro Figueroa o a Los Doce o algo que no suene normal.

Emilio hojeó sin muchas ganas. Hasta que se detuvo en una foto. Se quedó quieto. La miró fijo.

—Boludo. Mirá esto.

Era una foto del equipo uruguayo de 1930. Jugadores posando con la camiseta celeste. En el centro, un tipo alto, de barba negra espesa. El pie de foto decía: "Pedro Figueroa, autor del segundo gol uruguayo en la final del Mundo."

Emilio me miró.

—Figueroa. Como vos.

—Es mi bisabuelo.

—¿Tu bisabuelo era uruguayo?

—No sabía. Hasta ahora.

Seguí hojeando. Encontré un recorte más pequeño, amarillento. Un diario argentino de 1930. El titular decía: "TRAICIÓN EN EL CENTENARIO". El artículo hablaba de un arquero suplente de la selección argentina que había dejado entrar a personas no autorizadas al vestuario antes del partido. Un tal Carrasco.

—Carrasco —dijo Emilio, con la voz rara—. Como yo.

—Tu apellido.

Nos miramos en silencio. No hacía falta decir nada más.

Encontré una página arrancada de un cuaderno, sujeta con un clip oxidado. Escrita a mano, con letra temblorosa. Decía: "Los Doce del Centenario no perdonan. La sangre derramada en la cancha debe ser pagada con sangre. Hasta que el campeonato vuelva a Montevideo y la gloria sea restituida."

—¿Los Doce? —dijo Emilio—. ¿Qué es eso?

—Raúl los mencionó. El viejo cuidador que me dio la moneda de 1930.

—¿Qué mierda quieren?

—No sé. Pero algo quiere de mí. Algo que tiene que ver con el Centenario.

Seguí revisando la carpeta. Al final, casi escondida entre dos páginas pegadas, encontré una hoja suelta. Escrita con tinta roja, más reciente que el resto. Una sola línea:

"El asiento 17. Él es el verdadero líder. Los otros once son siervos."

—Diecisiete —dije en voz baja.

—¿Qué?

—El líder de Los Doce. Se sienta en el asiento 17 del Centenario.

—¿Y eso qué significa?

—No sé. Pero Pedro usaba el dorsal 17 en la final de 1930. Algo importante pasa en ese asiento.

Salimos de la biblioteca cuando ya era de noche. La señora nos echó con un gesto. Caminamos en silencio hasta la residencia. Mi cabeza daba vueltas. Figueroa. Carrasco. Los Doce. El asiento 17. Todo apuntaba a lo mismo.

Esa noche, en el espejo del baño, las letras azules volvieron:

NUEVA VÍCTIMA: IKER VEGA. EDAD: 16. ORIGEN: BILBAO.
MALDICIÓN: RUPTURA DE TENDÓN DE AQUILES.
ACTIVACIÓN: PARTIDO CONTRA EL REAL MADRID CASTILLA.

Y después, una línea adicional:

LA VÍCTIMA NO CONFIARÁ EN EL PORTADOR.
PARA GANAR SU CONFIANZA, EL PORTADOR DEBERÁ COMPARTIR UNA VERDAD QUE NADIE MÁS SABE.

Una verdad que nadie más sabía. Como la que yo le había contado a Cervera en el césped, de madrugada. Como la que Emilio había visto en mis ojos sin que yo dijera nada.

Iker necesitaba algo así. Algo que rompiera la coraza que se había construido desde que un auto se llevó a su padre.

Apagué la luz.

Iker Vega. Dieciséis años. Un vasco que no confiaba en nadie. Y yo tenía que ganarme su confianza antes de que el minuto cincuenta y ocho le rompiera el tendón de Aquiles.



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En el texto hay: maldicion, renacimiento, futbol

Editado: 22.06.2026

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