El vestuario antes del partido contra el Real Madrid Castilla olía a linimento y a nervios. Nadie hablaba. Solo se escuchaba el ruido de los botines contra el piso —tac, tac, tac— y las cintas ajustándose alrededor de las tobilleras.
Torres entró sin hacer ruido. Dejó la tablilla sobre la mesa y nos miró uno por uno.
—Hoy no hay discurso. El Castilla viene a pegar. Ustedes vienen a jugar. El que tenga miedo, que se quede en el banco.
Nadie se quedó.
En un rincón del vestuario, Iker estaba sentado solo. Las manos apoyadas en las rodillas. Los ojos fijos en sus botines. No hablaba con nadie. Nadie hablaba con él. Su respiración era corta, superficial, como la de un animal acorralado que espera el golpe.
En mi visión periférica, las letras azules parpadearon:
VÍCTIMA: IKER VEGA.
MALDICIÓN ACTIVA: RUPTURA DE TENDÓN DE AQUILES.
MECANISMO: ENTRADA CRIMINAL DE MÁRQUEZ (NÚMERO 4 DEL CASTILLA).
MINUTO ESTIMADO: 58.
PROBABILIDAD DE INTERVENCIÓN EXITOSA: 34%.
El porcentaje más bajo que había visto. Emilio había sido 78%. Cervera, 62%. Iker era 34%. Porque Iker no confiaba en nadie. Y sin confianza, no me dejaría ayudarlo.
El túnel estaba oscuro. El ruido de la hinchada del Castilla llegaba como un río crecido. Habían viajado desde Madrid en micros alquilados, con banderas y bombos. Se sentía la hostilidad en el aire.
—Iker —le dije antes de salir.
—¿Qué?
—Quedate cerca mío. No te alejes. Pase lo que pase, no te separes de mí.
Me miró raro. Sus ojos claros me evaluaron.
—¿Por qué?
—Porque Márquez, el número cuatro, te va a romper el tendón de Aquiles en el minuto cincuenta y ocho. Lo vi. Como vi lo de Emilio en la escalera. Como vi lo de Cervera en el derbi.
Iker parpadeó. Algo en sus ojos cambió. No era confianza. Era otra cosa. Curiosidad.
—¿Cómo sabés eso?
—Porque es lo que hago. Veo cosas que van a pasar. Y las cambio.
—¿Siempre?
—Siempre.
No respondió. Pero asintió. Apenas. Un milímetro. Suficiente.
El árbitro pitó. Empezó el partido.
Los primeros veinte minutos fueron una guerra. El Castilla metía pierna fuerte. El número cuatro, un rubio de cuello grueso y mirada de perro rabioso, era el peor. Miraba a Iker como un cazador mira a su presa. No solo con intención de golpear. Con deseo. Con hambre. Cada vez que Iker tocaba la pelota, Márquez se relamía los labios.
Yo no le sacaba los ojos de encima. Pase iba, pase venía. Pero mi cabeza estaba en el minuto cincuenta y ocho.
Cincuenta y uno. Cincuenta y dos. Cincuenta y tres.
Iker recibió una pelota en la banda. Encaró. Dejó a un defensor con un recorte seco —un movimiento que le salió del alma, no del entrenamiento—. Quedó mano a mano con el arquero. Toda la tribuna se puso de pie.
—¡Pasala! —grité.
Iker me miró. Dudó un segundo. En sus ojos vi la lucha —el ego contra el equipo, el instinto contra la disciplina—. Después, en lugar de patear, abrió los brazos buscando falta.
El árbitro pitó. Penal.
Cervera lo cambió por gol. Disparo seco, al palo derecho. El arquero ni se movió. 1-0.
Iker volvió al círculo central. Me miró. Asintió. Acababa de hacer lo más difícil de su vida: confiar.
Cincuenta y cinco. Cincuenta y seis. Cincuenta y siete.
El número cuatro del Castilla se acercaba. Yo lo veía. Pelo corto. Cuello grueso. Los ojos fijos en el tobillo de Iker. Los dedos de Márquez se curvaban formando garras. La boca le temblaba. Era un perro al que acababan de soltar la correa.
Cincuenta y ocho.
Márquez recibió un pase largo. Iker fue a marcarlo. El rubio no miró la pelota. Levantó el pie. Los tapones —esos tapones de aluminio que brillaban bajo el sol— apuntaban directamente al tendón de Aquiles. No era una entrada de fútbol. Era un tajo de carnicero.
—¡TIRATE! —grité. El grito me salió de la garganta como un ladrido.
Iker se tiró al piso sin dudar. Se acordó de lo que le había dicho. Confió.
Yo llegué un segundo después. Me interpuse. El golpe fue en la espalda. Otra vez. Justo sobre la cicatriz anterior. El dolor fue blanco, cegador, un relámpago que me subió por la columna.
Los dos caímos al pasto. Iker se levantó primero.
—¡Mateo! —gritó, arrodillándose a mi lado.
Yo tenía los ojos cerrados. El aire no me entraba. Pero sonreí.
—¿Te tocó? —pregunté con un hilo de voz.
—No. No me tocó. Te tocó a vos. Otra vez.
—Entonces sirvió.
El médico entró. Torres también. Me dieron vuelta. La espalda me latía con un corazón en cada vértebra.
—No puedo seguir —dije.
—Te llevamos al hospital —dijo el médico.
—No. Déjenme en el banco. Quiero ver el final.
Me llevaron al banco con hielo en la espalda. El partido terminó 2-0. Gol de Cervera de penal. Gol de Ribas en tiempo agregado.
Iker se acercó al banco cuando todo terminó. Se quedó parado enfrente. Las manos en los bolsillos. Los ojos húmedos pero sin llorar.
—Gracias —dijo. Solo eso.
Y se fue.
Esa noche, en el espejo de la clínica, las letras aparecieron con un brillo más intenso que nunca:
MALDICIÓN ROTA.
VÍCTIMA SALVADA: IKER VEGA.
MÉTODO: INTERVENCIÓN DIRECTA CON CONSENTIMIENTO PARCIAL.
RECOMPENSA NIVEL 3: VELOCIDAD DE REACCIÓN +15%. RESISTENCIA AL DOLOR MEJORADA (48 HORAS).
PENALIZACIÓN NIVEL 3: MARCA DEL PORTADOR SE EXPANDE (3 LÍNEAS → 4 LÍNEAS).
NUEVA VÍCTIMA: PENDIENTE DE DETECCIÓN.
Me toqué la nuca. La cuarta línea palpitaba. Más fina que las otras. Más fría.
Tres salvados. Cuatro líneas. Y el sistema ya estaba calculando la próxima víctima.
PRÓXIMO CAPÍTULO: TORRES CAE EN EL BANCO.
UN INFARTO FULMINANTE. UN ENTRENADOR QUE SE DESPLOMA.
Y MATEO QUE DEBE USAR ALGO QUE NUNCA USÓ: SUS MANOS PARA CURAR.
¿PODRÁ EL SISTEMA ENSEÑARLE A SALVAR A ALGUIEN SIN INTERPONER SU CUERPO?
(El siguiente capítulo estará disponible para lectores registrados.)
Nota del autor: Este capítulo marca el final del primer arco. Tres víctimas salvadas. Tres cicatrices nuevas. A partir del capítulo 11, la historia se vuelve más intensa. Si te gustó, guardá el libro en tu biblioteca para no perderte las actualizaciones.
Editado: 22.06.2026