Tres días después, la espalda me dolía menos. El médico me había dado el alta condicional: podía entrenar sin contacto, sin sprints, sin nada que forzara la columna. Básicamente, podía mirar.
Esa tarde, salí de la Ciutat Esportiva por la puerta de atrás. La que daba al estacionamiento de visitantes. Era más larga, pero tenía menos gente. Menos preguntas. Menos miradas.
Una chica estaba apoyada contra un Seat Ibiza rojo. Veintipocos años. Pelo negro recogido en una cola de caballo. Ojos color avellana. En la solapa de la campera, un clavel rojo. En la mano, una grabadora pequeña. En la otra, un cuaderno de tapas rojas.
—Mateo Figueroa —dijo. No era una pregunta.
—¿Quién sos?
—Lucía Vidal. Periodista. Freelance. —Mostró una credencial que no miré—. Te estuve buscando.
—¿Para qué?
—Para hacerte una pregunta. Una sola.
Me detuve a dos metros. La moneda de 1930 en mi bolsillo estaba fría. Muy fría. Más fría que nunca. Como si alguien la hubiera sacado del congelador.
—¿Qué pregunta?
Lucía se separó del auto. Dio dos pasos hacia mí. Sus ojos me miraron fijo. No como una periodista. Como alguien que ya sabía la respuesta antes de preguntar.
—¿Vos también ves números sobre la gente?
Se me heló la nuca. Literalmente. Como si alguien apoyara un cubo de hielo en mi piel. La marca palpitó. Cuatro líneas. Cuatro pulsaciones.
—No sé de qué me hablás.
—Sí sabés. —Abrió el cuaderno. Me mostró una página. Dibujos. Bocetos de jugadores en movimiento. Pero sobre cada figura, flotando en lápiz rojo, había números. 37. 12. 98. 4.327—. Los veo desde los doce años. Sobre la gente. Como relojes digitales. Pero no marcan la hora. Marcan la cuenta regresiva.
Cerré la distancia entre nosotros. Le agarré el cuaderno. Las páginas estaban llenas de anotaciones. Fechas. Nombres. Números que bajaban.
—La primera vez fue con mi abuela —dijo Lucía. Su voz era tranquila, pero sus dedos temblaban alrededor de la grabadora—. Yo tenía doce años. Sobre su cabeza flotaba un tres. Tres días después, se cayó en la bañera y se rompió el cuello.
—Lucía...
—Después fue mi padre. Un siete. Siete días. Atropello. El conductor se fugó. Nunca lo encontraron. —Cerró el cuaderno—. Ahora tengo un número yo.
En mi visión periférica, las letras azules parpadearon:
NUEVA VÍCTIMA DETECTADA: LUCÍA VIDAL.
OCUPACIÓN: PERIODISTA FREELANCE. 24 AÑOS.
MARCA: LÍNEAS DORSALES EN MANOS (VISIBLES SOLO PARA ELLA Y EL PORTADOR).
CONDICIÓN ESPECIAL: ESTA VÍCTIMA SABE QUE ESTÁ MARCADA. POSEE HABILIDAD PREMONITORIA PARCIAL (VISIÓN DE CUENTA REGRESIVA).
—¿Qué número tenés? —pregunté.
—Ahora mismo, diecisiete.
—¿Diecisiete qué?
—No sé. Días. Horas. Minutos. La primera vez que lo vi, hace un mes, era noventa y ocho. Después de verte en el partido contra el Castilla, bajó a treinta y siete. Después de que salvaras a Torres, veintitrés. Y ahora, diecisiete. Sigue bajando cada vez que me acerco a vos.
Me tomó la mano. Su piel estaba caliente. La mía también. Y cuando nuestros dedos se tocaron, sentí algo. Una descarga. Como cuando toqué los nudillos de Emilio en San Justo.
—No tengo miedo —dijo—. Por primera vez en doce años, no tengo miedo. Porque vos también ves cosas. Porque vos también sabés.
—Lucía. Tengo que contarte algo.
—Ya sé. Voy a morir. Como mi abuela. Como mi padre. Pero esta vez es distinto. Esta vez hay alguien que puede cambiarlo.
En mi visión periférica, el sistema mostró:
VÍNCULO EMOCIONAL DETECTADO.
EL NÚMERO DE LUCÍA VIDAL BAJA CUANDO ESTÁ CERCA DEL PORTADOR.
PERO SU CONFIANZA AUMENTA CADA VEZ QUE ÉL LE REVELA UNA VERDAD.
LA CONFIANZA DE LUCÍA VIDAL ES LA LLAVE PARA SU PROPIA SALVACIÓN.
La solté. Di un paso atrás. El número en su cabeza —aunque yo no podía verlo como ella— probablemente subió.
—¿Qué hacés? —preguntó.
—Probando algo. ¿Subió?
—Sí. Dieciocho. ¿Por qué?
—Porque cuando me alejo, tu número sube. Y cuando estoy cerca, baja.
—Entonces no te alejes.
—No puedo estar pegado a vos las veinticuatro horas. Tengo otras personas que salvar.
Lucía guardó la grabadora en el bolsillo. Me miró fijo.
—Entonces enseñame. Enseñame a ver lo que vos ves. A cambiar lo que yo veo.
—No sé si se puede.
—Yo tampoco. Pero quiero intentarlo.
Se metió la mano en el bolsillo. Sacó algo. Un diario pequeño, de tapas de cuero gastadas. Lo reconocí. Era igual al que había visto en las fotos de la biblioteca.
—Esto era de mi abuelo —dijo—. Tomás Vidal. Periodista. Cubrió el Mundial de 1930 para un diario de Montevideo. Escribió cosas que nunca publicó. Cosas sobre un pacto. Sobre doce familias. Sobre un tipo llamado Pedro Figueroa.
—Mi bisabuelo.
—Lo sé. Por eso estoy acá.
Me entregó el diario. Pesaba más de lo que debía. Como la moneda. Como la pelota de Pedro. Como todo lo que venía de 1930.
—Leelo —dijo—. Después hablamos.
Se fue caminando hacia la salida del estacionamiento. Sus pasos resonaron en el cemento. Antes de desaparecer, giró la cabeza.
—Ah, Mateo. Una cosa más. El número que tenés vos. Es cuatro mil trescientos veintisiete. El más alto que vi en mi vida. No sé qué significa. Pero sé que es importante.
Y desapareció.
En mi bolsillo, la moneda de 1930 estaba cada vez más fría.
Esa noche, en el espejo del baño, el sistema mostró:
VÍCTIMA CONFIRMADA: LUCÍA VIDAL.
PLAZO ESTIMADO: 14 DÍAS (VARIABLE SEGÚN PROXIMIDAD AL PORTADOR).
CONDICIÓN DE SALVACIÓN: NO DETERMINADA AÚN. REQUIERE MÁS INFORMACIÓN.
ADVERTENCIA: EL NÚMERO DE LUCÍA SUBE CUANDO SE ALEJA DEL PORTADOR. LA ÚNICA FORMA DE ESTABILIZARLO ES LA CERCANÍA CONSTANTE.
Y después, otra línea:
CONFLICTO DE PRIORIDADES DETECTADO.
IKER VEGA: 15 DÍAS. CONFIANZA: 12%. UMBRAL: 40%.
LUCÍA VIDAL: 14 DÍAS. CONFIANZA: 65%. CONDICIÓN: PROXIMIDAD.
Editado: 22.06.2026