El entrenamiento del jueves fue un desastre.
Torres seguía en el hospital. Puig, el interino, era un tipo de cincuenta años que había dirigido al Juvenil B durante una década sin que nadie se fijara en él. Su método era simple: disciplina, orden, y cero creatividad. A los diez minutos de rondo, Iker ya estaba pateando solo contra la pared.
—¡Vega! —gritó Puig—. Al círculo.
—Estoy bien acá.
—No te pregunté si estabas bien. Te dije que vengas.
Iker pateó la pelota una vez más. Despacio. Sin apuro. Después caminó hacia el círculo con las manos en los bolsillos.
El ejercicio siguió. Pases rápidos. Al primer toque. Cuando la pelota le llegó a Iker, él la retuvo. Dos toques. Tres. Amagó. Perdió la pelota.
—¡Vega! Al primer toque. Como todos.
Iker no respondió. La siguiente pelota que le llegó, la devolvió al primer toque. Pero mal. Un pase flojo, sin dirección, que se fue a los pies de un defensor.
—¿Qué te pasa? —le pregunté en voz baja cuando nos cruzamos.
—Nada.
—No es nada. Es algo.
Iker me miró. Sus ojos claros tenían algo que no había visto antes. No era tristeza. Era bronca.
—Vos no sos mi entrenador. Torres está en el hospital y vos no sos nadie para decirme qué hacer.
Se fue al otro extremo de la cancha. Emilio, que había visto todo desde el arco, se acercó.
—¿Qué le pasa al vasco?
—No sé. Pero no es bueno.
Esa noche, lo busqué en el gimnasio. No estaba. Lo busqué en el comedor. Tampoco. Lo encontré en la cancha principal, solo, pateando penales contra el arco vacío. La pelota golpeaba la red una y otra vez. El ritmo era distinto al de Emilio. No era toc-toc-toc. Era pum. Pum. Pum. Como martillazos.
—Iker.
—Otra vez vos. ¿No tenés a nadie más a quien molestar?
—Necesito que me digas qué te pasa.
—¿Qué te pasa a vos? Vas por ahí salvando gente. Emilio. Cervera. Torres. ¿Y yo? ¿Qué soy yo para vos? ¿Otra víctima? ¿Un número en tu sistema?
Me quedé helado. No por lo que dijo. Porque lo que dijo era verdad.
—Sos más que un número.
—¿Ah, sí? ¿Cuánto más?
—Sos el pibe que se quedó sin padre a los doce años. El que entrena a las dos de la mañana porque no puede dormir. El que no confía en nadie porque la única persona que confió en él se murió.
Iker dejó de patear. La pelota rodó hacia el arco.
—¿Y eso qué importa?
—Importa porque yo también soy ese pibe. Yo también me quedé sin algo. Yo también entreno cuando no puedo dormir. Y yo también tengo miedo de que la gente que me importa se muera.
Iker me miró. La bronca en sus ojos se mezclaba con algo más. Algo que no sabía nombrar.
—Mañana hay partido de prueba contra el Juvenil B —dije—. Si no confiás en mí, no puedo salvarte. Pero si confiás, aunque sea un poco, puedo intentarlo.
—¿Y si fallás?
—No voy a fallar.
—¿Cómo sabés?
—Porque nunca fallé.
Iker se quedó callado. La pelota seguía rodando hacia el arco vacío. Después asintió.
—Bueno. Mañana. Pero si esto sale mal...
—Me vas a putear desde la camilla. Ya me lo dijiste.
Sonrió. Apenas. Una sonrisa de medio lado. Pero una sonrisa.
Esa noche, en el espejo del baño, el sistema mostró:
CONFIANZA DE IKER VEGA: 12% → 22%.
PROBABILIDAD DE INTERVENCIÓN EXITOSA: 34% → 41%.
UMBRAL MÍNIMO ALCANZADO. INTERVENCIÓN POSIBLE.
ADVERTENCIA: LA CONFIANZA DE LUCÍA VIDAL SE MANTIENE EN 65%. PERO SU NÚMERO SUBIÓ A 19 DURANTE LAS ÚLTIMAS 12 HORAS POR ALEJAMIENTO DEL PORTADOR.
Y después, las opciones de nuevo:
OPCIÓN A: PRIORIZAR A IKER (PROBABILIDAD DE SALVACIÓN: 41%. RIESGO: NÚMERO DE LUCÍA SUBE A 30+).
OPCIÓN B: PRIORIZAR A LUCÍA (PROBABILIDAD DE SALVACIÓN: NO DETERMINADA. RIESGO: CONFIANZA DE IKER CAE POR DEBAJO DEL UMBRAL).
OPCIÓN C: DIVIDIR TIEMPO ENTRE AMBOS (PROBABILIDAD DE SALVAR A AMBOS: 12%. RIESGO DE PERDER A AMBOS: 64%).
Toqué el vidrio. Las opciones desaparecieron.
No había buena elección. Solo había elecciones. Y yo tenía que hacer una.
Esa noche no dormí. Me quedé mirando el techo, escuchando la respiración de Emilio. En el bolsillo de la campera, la moneda de 1930 estaba fría. El diario de Tomás Vidal estaba sobre la mesa de luz.
Cuatro mil trescientos veintisiete. El número más alto que Lucía había visto.
¿Qué significaba? ¿Era lo que me quedaba de vida? ¿Era lo que me quedaba por salvar? ¿Era otra cosa?
No lo sabía. Pero iba a averiguarlo.
Editado: 22.06.2026