El vestuario antes del partido contra el Juvenil B olía a linimento y a expectativa. No era un partido oficial. Era una prueba. Pero para Iker era más que eso. Era la primera vez que iba a confiar en alguien desde que su padre murió.
Puig dio las instrucciones. Cuatro-dos-tres-uno. Presión alta. Salida por abajo. Iker escuchaba con los brazos cruzados, sin mirar a nadie. Yo lo miraba a él.
—Vega —dijo Puig—. Hoy jugás de extremo derecho.
—Siempre juego de izquierdo.
—Hoy jugás de derecho. Para eso sos profesional. Para adaptarte.
Iker no respondió. Pero vi sus nudillos. Estaban blancos de apretar los puños.
Salimos al campo. El Juvenil B ya estaba calentando. Eran más chicos, más rápidos. Puig nos había advertido: juegan sin presión porque no tienen nada que perder.
El árbitro pitó. Empezó el partido.
Los primeros quince minutos fueron parejos. Iker tocaba poco la pelota. Cuando le llegaba, la devolvía rápido. Sin creatividad. Sin riesgo. Como un empleado que hace lo mínimo para no ser despedido.
—Iker —le dije en un saque de banda—. Soltate.
—Estoy jugando como me pidió Puig.
—Puig no sabe nada. Jugá como vos sabés.
Me miró. Algo en sus ojos cambió. Una chispa.
Minuto dieciocho. Iker recibió en la banda derecha. Encaró. Dejó a un defensor con un recorte seco. Enfrentó al segundo. Lo pasó con un túnel. Quedó mano a mano con el arquero. Toda la grada —las pocas personas que había— se puso de pie.
Iker pateó. El arquero voló. La pelota se fue al ángulo.
Gol.
Iker no lo gritó. No corrió hacia la banda. Se quedó parado en el área, mirando la pelota dentro del arco. Como si no se lo creyera.
—¡Eso es! —grité, palmeándole la espalda.
Iker me miró. Sonrió. Una sonrisa de verdad. La primera que le veía.
Minuto treinta y uno. Iker volvió a recibir. Esta vez en el centro. Dos defensores le salieron. Pudo haber pateado. Pudo haber forzado. Pero me vio llegar por la izquierda. Y pasó la pelota.
Un pase perfecto. Al espacio. Con la rosca justa.
Yo la recibí en el borde del área. Saqué el remate. El arquero ni se movió. 2-0.
Iker corrió hacia mí. Me abrazó. Emilio, desde el arco, levantó el pulgar. Cervera, en el banco, aplaudía.
En mi visión periférica, el sistema mostró:
CONFIANZA DE IKER VEGA: 22% → 48%.
UMBRAL MÍNIMO SUPERADO.
PROBABILIDAD DE INTERVENCIÓN EXITOSA EN PARTIDO DEL CASTILLA: 34% → 64%.
El árbitro pitó el final. 2-0. Iker había jugado su mejor partido desde que llegó a La Masia.
En el vestuario, Iker se sentó a mi lado. Algo que nunca había hecho.
—Tenía razón —dijo.
—¿En qué?
—En que podía confiar. Al menos un poco.
—Todavía falta para el Castilla. Márquez te va a buscar. Pero si seguís así, cuando te grite, te tirás. Y yo hago el resto.
—Trato hecho.
Esa noche, en el espejo del baño, el sistema mostró algo que no esperaba:
CONFIANZA DE IKER VEGA: 48%.
LUCÍA VIDAL: NÚMERO ACTUAL: 22. MOTIVO DEL AUMENTO: ALEJAMIENTO PROLONGADO DEL PORTADOR.
ADVERTENCIA CRÍTICA: SI EL NÚMERO DE LUCÍA SUPERA 30, LA MALDICIÓN SE ACELERARÁ.
PLAZO RESTANTE PARA LUCÍA: 13 DÍAS. PLAZO RESTANTE PARA IKER: 12 DÍAS.
OPCIÓN RECOMENDADA POR EL SISTEMA: VISITAR A LUCÍA EN LAS PRÓXIMAS 24 HORAS PARA ESTABILIZAR SU NÚMERO.
Toqué el vidrio.
Cuarenta y ocho por ciento de confianza con Iker. Suficiente para salvarlo. Pero Lucía estaba subiendo. Y cada hora que pasaba, su número crecía.
Mañana iría a verla.
Agarré el diario de Tomás Vidal. Lo abrí en la primera página. La letra era temblorosa, de alguien que escribía con miedo. La primera frase decía:
"Hoy vi algo que no debería haber visto. Doce hombres se reunieron en el túnel del Centenario. Llevaban túnicas negras. Uno de ellos tenía una pelota en las manos. No era de cuero. Era de metal."
Seguí leyendo.
Afuera, Barcelona dormía. Pero en alguna parte, Lucía miraba los números bajar. Y yo tenía que estar ahí antes de que fuera demasiado tarde.Capítulo
Editado: 22.06.2026