Tomás Vidal era el capitán del Espanyol juvenil. Un defensor de metro noventa, pelo corto al rape y una mirada que yo conocía bien. La misma mirada de los que crecían con hambre. Con bronca. Con algo que demostrar.
Nos encontramos en un entrenamiento conjunto. La federación catalana organizaba esos eventos una vez al mes. Teóricamente, para fomentar el fair play. En la práctica, para que los pibes se sacaran las ganas de romperse.
Lo vi desde el túnel. Tomás estaba en el círculo central, con los brazos cruzados. Cuando me vio, dejó de hablar. La mandíbula se le tensó. Los dedos le crujieron al apretar los puños.
—Ese es el hermano de Lucía —dijo Cervera, que estaba a mi lado haciendo elongaciones.
—Sí.
—Te odia.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque cree que salgo con su hermana.
—¿Salís con su hermana?
—No. Todavía no.
—Entonces imaginate cuando salgas.
El entrenamiento fue una guerra. Tomás me marcaba como si fuera una final del mundo. Cada pelota era un duelo. Cada disputa, una declaración de principios. Me empujaba, me metía el cuerpo, me hablaba al oído en cada saque de banda.
—Dejá a mi hermana en paz, argentinito.
—No sé de qué hablás.
—Sabés perfectamente de qué hablo. La vi salir de la Ciutat Esportiva hace dos días. Con la misma campera de cuero que usa siempre.
En una jugada recibí de espaldas al arco. Tomás me metió el cuerpo. Me empujó contra la pared del túnel que separaba las dos canchas. El cemento estaba frío y áspero.
Y entonces pasó algo.
La nuca me palpitó fuerte. Un calor que no era normal. Como si alguien apoyara una mano caliente en mi piel. Tomás también lo sintió. Dio un paso atrás. Me miró el cuello. Se tocó el suyo.
—¿Qué mierda es eso? —preguntó. Su voz ya no era agresiva. Era otra cosa.
—¿Qué cosa?
—Eso. En tu nuca. Lo sentí. Como si me hubieras tocado sin tocarme.
Me toqué la nuca. La marca ardía. Pero no era el frío de siempre. Era calor. Un calor fuerte, como si estuviera respondiendo a algo. A alguien.
—Vos también la tenés —dije.
Tomás me miró. Sus ojos —avellana, como los de Lucía— se entrecerraron. Dudó un segundo. Después se bajó el cuello de la camiseta.
Una línea. Negra. Delgada. Como la mía. Justo en la base del cuello.
—Nunca se la mostré a nadie —dijo. Su voz era más baja ahora—. Me apareció a los quince. El mismo día que mi abuela se cayó del balcón.
—Lucía me contó.
—Lucía no sabe la verdad. —Tomás apretó los puños. Los nudillos se le pusieron blancos—. Mi abuela no se cayó. La empujaron. Yo lo vi. Tenía ocho años. Estaba escondido detrás de la cortina. Un tipo de traje negro entró al departamento. Mi abuela lo conocía. Le dijo "vos no podés estar acá". Él no respondió. La empujó. Y después se fue.
El estómago se me contrajo. Literalmente. Como un puñetazo desde adentro.
—¿Por qué no se lo dijiste a Lucía?
—Porque era un pibe. Porque nadie me creyó. La policía dijo que fue suicidio. Mi vieja me dijo que estaba imaginando cosas. Pero yo sé lo que vi. —Tomás me miró con odio. Pero también con miedo—. El tipo del traje negro tenía un pin. Una pelota de fútbol dorada. Como la que tenés vos en la moneda.
—¿Cómo sabés lo de la moneda?
—Porque Lucía investiga. Y yo investigo a Lucía. Sé que te dio el diario del abuelo Tomás. Sé que encontraron cosas. Y sé que mi hermana está en peligro.
—No puedo dejar que le pase nada.
—No. No podés. —Tomás me agarró de la camiseta con las dos manos. Me levantó unos centímetros del suelo—. Porque si le pasa algo, te juro que te mato. Y no en la cancha. En la calle. Sin testigos.
—No voy a dejar que le pase nada.
Tomás me soltó. Se pasó la mano por la cara. El cansancio le marcaba ojeras profundas.
—Tengo un partido contra Portugal el mes que viene. El nueve de ellos es un animal. Se llama Ferreira. Dicen que rompió tres piernas en lo que va del año.
—¿Y?
—Y que tiene una marca. Como la tuya. Pero la de él no es negra. Es roja. Como sangre. —Tomás me miró fijo—. Lo investigué. Ferreira no salva gente. Ferreira ejecuta. Es lo que llaman un Verdugo.
—¿Un qué?
—Un portador que elige el otro camino. En lugar de salvar víctimas, las ejecuta. Y por cada ejecución, su marca se vuelve más roja.
En mi visión periférica, el sistema parpadeó:
NUEVA INFORMACIÓN: EXISTEN PORTADORES INVERSOS. LOS VERDUGOS.
FUNCIÓN: EJECUTAR VÍCTIMAS EN LUGAR DE SALVARLAS.
RECOMPENSA PARA EL VERDUGO: ABSORCIÓN DE LA MARCA DE LA VÍCTIMA (PODER ACUMULATIVO).
ADVERTENCIA: SI UN VERDUGO ACUMULA 12 MARCAS, PUEDE DESAFIAR AL PORTADOR PRINCIPAL.
—Ferreira... —murmuré.
—Sí. Y el mes que viene, voy a estar en la misma cancha que él. —Tomás me dio la espalda y se fue caminando hacia sus compañeros. Antes de llegar, giró la cabeza—. No te lo conté por vos. Te lo conté por Lucía. Si Ferreira viene a por mí, quiero que alguien sepa por qué.
Desapareció entre los jugadores del Espanyol.
Cervera se acercó mientras Tomás se alejaba.
—Emilio preguntó por vos. Dice que Iker está raro. Que entrena solo otra vez. Que no quiere hablar con nadie. Ni con vos.
—Iker siempre está raro.
—Esta vez es distinto. Dice que evitás el gimnasio. Que ya no vas a las dos de la mañana.
Me quedé callado. Porque era verdad. Con Lucía, con Tomás, con la investigación de Los Doce, había descuidado a Iker. Y el partido contra el Castilla estaba cada vez más cerca.
Afuera, la lluvia empezó a golpear las ventanas del estadio. En algún lado, alguien pateaba una pelota contra una pared. Toc. Toc. Toc. El sonido de siempre. El sonido que ya no me tranquilizaba.
Editado: 22.06.2026