Volví al Mundial para Ganar Todo

Capítulo 19: El partido del sábado

San Juan, Argentina. El teléfono sonó a las tres de la mañana. Atendí antes del segundo tono. Algo en el pecho ya sabía que no era una llamada buena.

—Mateo —la voz de mi madre era un hilo, una cuerda a punto de cortarse—. Es tu papá.

—¿Qué pasó?

—Se desmayó en el club. Estaba arreglando un motor y de repente se fue al piso. Los compañeros lo llevaron al hospital. Dicen que es el corazón. Pero...

—¿Pero qué?

—Tiene algo en el cuello. Una marca. Negra. Como la tuya. La misma que tenías vos cuando eras chico, antes de que te fueras a Barcelona.

El estómago se me contrajo. Como un puñetazo desde adentro. Mi padre. Héctor Figueroa. También estaba marcado. Después de todos estos años, después de tres temporadas viendo cómo la marca afectaba a mis compañeros, a mis amigos, a mí mismo... ahora era mi viejo.

En el grupo de WhatsApp del equipo, alguien había subido una foto de Torres. Estaba sentado en la cama del hospital, con un pulgar levantado. Clara sonreía al lado. El mensaje decía: "El míster vuelve en dos semanas." Pero yo no podía alegrarme. Porque ahora mi viejo estaba en otra cama de hospital, a doce mil kilómetros de distancia.

—Mamá, escuchame bien. Que se quede en el hospital. Que no se mueva de la cama. Que los médicos lo monitoreen. Que no haga nada. Yo me ocupo.

—¿Cómo te vas a ocupar? Estás en San Juan, a mil doscientos kilómetros de casa. Tu partido es mañana.

—Yo me ocupo —repetí. Y esta vez mi voz no era la de un hijo. Era la del portador.

Colgué. Me quedé sentado en la cama del hotel de concentración. Emilio se despertó con el ruido.

—¿Qué pasó, boludo? Te pusiste blanco.

—Mi viejo. Tiene la marca. Está en el hospital.

Emilio se levantó de golpe.

—¿Héctor? ¿Cómo? Siempre estuvo sano. La última vez que lo vi estaba arreglando un Ford Falcon.

—No sé cómo. Pero el sistema lo confirmó.

Fui al baño. Cerré la puerta. Abrí el grifo. El agua salió helada. Me lavé la cara. Levanté la vista.

El espejo ya tenía mensajes.

VÍCTIMA REMOTA: HÉCTOR FIGUEROA.

CONDICIÓN: SÍNCOPE CARDIOVASCULAR.

DISTANCIA: 1.200 KILÓMETROS.

PROTOCOLO DE SALVACIÓN REMOTA ACTIVADO.

REGLAS:

EL PORTADOR DEBE GANAR EL PARTIDO (LA ENERGÍA DE LA VICTORIA SE TRANSFIERE A LA VÍCTIMA).
EL PORTADOR DEBE REALIZAR UN ACTO DE SACRIFICIO CORPORAL DURANTE EL PARTIDO (LA SANGRE DERRAMADA REFUERZA LA TRANSFERENCIA).
SI EL PORTADOR PIERDE O NO SE SACRIFICA, LA VÍCTIMA NO RECIBIRÁ SUFICIENTE ENERGÍA.
CONDICIÓN DE ÉXITO: VICTORIA + 1 ACTO DE SANGRADO.

Leí dos veces. Ganar el partido. Y sangrar. Como con Emilio en la escalera. Como con Cervera en el derbi. Como con Iker contra el Castilla. Pero esta vez, mi viejo estaba a 1.200 kilómetros de distancia. Y yo no podía tocarlo.

—Entonces voy a ganar —dije en voz baja, mirando mi reflejo—. Y voy a sangrar.

El partido contra Brasil fue una guerra. San Juan era un horno. Cuarenta grados a la sombra. El asfalto derretido en las calles aledañas al estadio. Las tribunas llenas de camisetas albicelestes y brasileñas. El ruido era ensordecedor.

Al minuto veintitrés metí el primero. Un zapatazo desde afuera del área que se clavó en el ángulo superior izquierdo. El estadio explotó. Mis compañeros corrieron hacia mí. Pero yo no festejé. Miraba al cielo. Pensaba en mi viejo.

Brasil empató al minuto cuarenta. Un error de la defensa argentina. Un centro mal despejado. Un cabezazo que el arquero no llegó a tocar.

En el entretiempo, Roberto, el capitán, me agarró del brazo.

—¿Qué necesita tu viejo?

—Dos goles de diferencia. Y que yo me sacrifique.

—¿Sacrificarte cómo?

—Todavía no lo sé. Pero voy a encontrar la manera.

El segundo tiempo fue peor. Brasil metía. Argentina resistía. Los minutos pasaban lentos como camiones cargados. En el minuto sesenta, Roldán entró al campo. Me miró desde el banco. Asintió. Él también sabía.

En el minuto setenta y ocho, vi la oportunidad. Un balón suelto en el área brasileña. El defensor levantó el pie para despejar. Los tapones —esos tapones de aluminio— apuntaban directamente a mi cabeza.

No me aparté.

El golpe me dio en la ceja derecha. Un impacto seco. Primero no sentí nada. Después, el calor. La sangre caliente bajándome por la cara, empapándome la ceja, el pómulo, el cuello de la camiseta. El árbitro pitó penal. Roja para el defensor brasileño.

La sangre me corría por la cara. Pero no me dolía. Porque era para él.

—Es para vos, viejo —dije en voz baja. Nadie me escuchó.

Pateé el penal. Disparo seco, al palo izquierdo. El arquero voló para el otro lado. Gol.

En mi visión periférica, las letras parpadearon:

ACTO DE SACRIFICIO REGISTRADO. SANGRE DERRAMADA.

ENERGÍA TRANSFERIDA: 47%. RESTANTE: VICTORIA.

Dos a uno. Faltaba un gol. Y faltaba la victoria.

Minuto ochenta y ocho. Roldán recuperó una pelota en el mediocampo. Corrió como un cohete por la banda derecha. Llegó al área. Metió un centro bombeado que flotó en el aire caliente de San Juan.

Salté. Cerré los ojos. Cabeceé con el alma. Con todo lo que tenía. Con todo lo que le debía a mi viejo.

La pelota entró por el ángulo. Gol. Tres a uno.

El estadio explotó. Caí al piso. No por el cansancio. Por el alivio. Me quedé en el pasto, con los ojos cerrados, mientras mis compañeros se amontonaban sobre mí.

Cuando el árbitro pitó el final, corrí al banco. Agarré el teléfono. Las manos me temblaban tanto que casi no podía desbloquear la pantalla.

Un mensaje de Emilio.

"Tu viejo despertó. Lo primero que dijo fue tu nombre. Dijo 'Mateo metió un gol'. No sé cómo lo supo. Pero lo dijo. Está bien, boludo. Está bien."

Me senté en el pasto. Las lágrimas me corrían por la cara, mezclándose con la sangre seca de la ceja. No las sequé.

En mi visión periférica, las letras completaron el mensaje:



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En el texto hay: maldicion, renacimiento, futbol

Editado: 22.06.2026

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