Habían pasado tres años desde que Sir Reginald Hargreeves adoptara a los siete niños. Sin embargo, había un octavo miembro del que nadie hablaba. T/N, con solo tres años, poseía una habilidad tan inmensa y volátil que el mundo aún no estaba preparado para ella. Por orden de Hargreeves, permanecía oculta en una bóveda de alta seguridad en el sótano de la Academia Umbrella.
Mientras sus hermanos entrenaban duramente día tras día, la rutina de T/N se limitaba a esperar en su aislamiento. Pogo era el único encargado de bajarle comida, siempre con extremo cuidado.
Cinco, por otro lado, siempre había sido el más travieso y curioso de la camada. Una noche, cuando el resto de la Academia dormía profundamente, Cinco bajó al sótano buscando algo que hacer. Al ver a Pogo con una bandeja de comida, su curiosidad se disparó y decidió seguirlo sigilosamente.
Pogo abrió una puerta secreta que conducía a un pasillo oscuro. Cinco, usando su habilidad, se teletransportó justo detrás de él sin hacer ruido. Vio cómo el chimpancé abría una pesada puerta de acero y entraba en una habitación. Desde las sombras, Cinco observó, asombrado, a la pequeña niña que estaba sentada en la cama.
En cuanto Pogo se retiró, Cinco dio un pequeño salto espacial y apareció dentro de la bóveda. T/N, al ver a un extraño, se sobresaltó.
—¡AHHHH! ¡¿QUIÉN ERES?! —gritó la niña, asustada.
Cinco reaccionó rápido y puso un dedo sobre sus labios, intentando calmarla.
—Tranquila, no grites, o nos escucharán —susurró él.
T/N lo miró, más calmada pero aún cautelosa. —Nadie escuchará nada. Esta bóveda es a prueba de ruidos. Pero... ¿quién eres tú? —preguntó, inclinando la cabeza.
—Soy el Número Cinco. ¿Y tú? —dijo el niño, ofreciéndole una pequeña sonrisa.
—Soy la Número Ocho, pero mamá me dice T/N —respondió ella, tomando la mano que él le ofrecía.
Cinco miró a su alrededor, inspeccionando la habitación con curiosidad. Parecía una celda decorada como una habitación infantil. —¿Y qué haces aquí? —preguntó.
—Aquí duermo y vivo —dijo la pequeña, recostándose de nuevo en su cama con tristeza.
Cinco notó algo en su tono y se acercó a ella. —Pero... ¿no puedes salir? —preguntó, confundido.
—No. Papá me lo tiene prohibido. Me aburro mucho estando sola aquí abajo —dijo T/N, suspirando.
Cinco, con esa determinación que lo caracterizaba, sintió una punzada de empatía y atracción inmediata hacia la niña misteriosa. —Si quieres, podemos ser amigos. Puedo venir a visitarte a escondidas —propuso tímidamente.
Los ojos de T/N se iluminaron. —¡Claro! Sería lindo tener un amigo.
—¡Genial! Le puedo decir a todos mis hermanos para que vengan a jugar contigo —dijo Cinco, emocionado por la idea de compartir su secreto.
La expresión de T/N cambió a una de terror puro. —¡No! ¡Tiene que ser un secreto! Papá me prohibió tener contacto con los de afuera. Me prometiste que no le contarías a nadie que sabes de mí. ¡Júralo! —dijo ella, tomándolo de las manos seriamente.
Cinco, un poco intimidado por su intensidad, asintió. —Lo prometo —dijo el pequeño solemnemente.
Esa noche, el tiempo se les pasó volando jugando e imaginando historias. Cinco tuvo que regresar a su habitación justo antes del amanecer para evitar ser descubierto.
A la mañana siguiente, Cinco se levantó temprano y, en cuanto tuvo oportunidad, volvió a verla. Con el paso de los años, el secreto los unió de una manera profunda. Se volvieron inseparables. Todas las noches, Cinco se escabullía para visitarla e intentaba ayudarla a controlar sus poderes, una tarea titánica dado que T/N poseía al menos cinco habilidades distintas y peligrosas. Cinco se quedaba maravillado al ver el esfuerzo y la determinación de ella, la única forma en que algún día podría salir de aquel encierro.
Cada día, Cinco le llevaba un pequeño regalo. Era cariñoso y atento con ella, pues realmente sentía algo especial por T/N, pero una sombra de duda lo atormentaba: el miedo al rechazo.
Llegó el día en que ambos cumplían doce años. Cinco le compró un regalo muy significativo: una pulsera con dijes de sus números. Él usaría la del número Ocho, y ella recibiría la del número Cinco, un símbolo de que siempre estarían conectados.
Por su parte, T/N se había esforzado por conseguir que "mamá" (Grace) le comprara un lapicero y una hoja de papel. Había escrito una carta muy tierna y romántica para su edad. Ella sabía que, como siempre, él vendría de noche, y esperaba con ansias el momento de verse y celebrar su cumpleaños en secreto.
Narra ocho
Mientras el reloj avanzaba hacia la medianoche, T/N no podía contener los nervios. Aquel era su duodécimo cumpleaños, pero para ella, el regalo más importante no era material.
Grace había accedido a darle un pequeño obsequio, y T/N no dudó: pidió una pluma especial, una que tuviera grabado el número cinco. Era un detalle pequeño, pero cargado de todo el significado que una niña encerrada podía expresar. Quería dársela a Cinco para que, sin importar lo que pasara, él siempre la tuviera presente.
Junto al regalo, una carta descansaba sobre su cama. En ella había plasmado todo lo que sentía, cada palabra escrita con una mezcla de torpeza y sinceridad absoluta. Cinco no solo era quien la visitaba a escondidas; se había convertido en su ventana al mundo, su mejor amigo, su confidente y, poco a poco, en su razón de ser.
«Si lo perdiera, no sé qué sería de mí», pensó mientras recorría con la yema de los dedos la superficie de la pluma. Para T/N, él era su todo, y esa noche, mientras esperaba el sonido de su teletransportación, su corazón latía con la esperanza de que, al leerla, él entendiera que, a pesar de las paredes de acero que los separaban, ella ya le pertenecía por completo.