Narra Cinco
Estaba a solo centímetros de T/N, con el aliento contenido y el corazón martilleando contra mis costillas, cuando un crujido en el pasillo me obligó a reaccionar. Me teletransporté debajo de la cama justo antes de que la puerta se abriera. Era mamá.
—Dulces sueños, mi niña —susurró Grace, arropándola con esa calidez artificial que siempre me ponía los pelos de punta.
Esperé a que sus pasos se desvanecieran. Salí de mi escondite y, con suavidad, le di un beso en la mejilla, incapaz de irme. Sin embargo, antes de que pudiera alejarme, sentí su mano firme sujetando mi brazo.
—Quédate conmigo —murmuró, aún entre sueños.
No pude negarme. Me acosté a su lado, buscando un consuelo que nadie más podía darme en este lugar. Desperté a las seis de la mañana, besé su frente con delicadeza y regresé a mi habitación en un salto espacial. Pero mi sorpresa fue encontrar a Vanya sentada en mi cama, esperándome.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, con la irritación subiendo por mi garganta.
—Te vine a buscar y no estabas. ¿Dónde te habías metido? —su tono era seco, casi acusador.
—No te incumbe. Lárgate, Vanya. Ahora. —Abrí la puerta, señalando el pasillo con firmeza.
—¡Cinco, deja de evitarme! —gritó, con los ojos llenos de rabia y dolor.
—No te evito, solo me fastidia que te metas en mis asuntos. ¡Fuera!
Se fue corriendo, visiblemente herida. Me dejé caer sobre la cama, sintiendo el peso de la culpa, pero mi prioridad era otra. Abrí la caja que T/N me había regalado: una pluma con el número ocho grabado. Me disponía a leer su nota cuando la campana del desayuno nos llamó a todos.
El ambiente en la mesa era insoportable. Reginald entró y, con un seco "¡Sentados!", nos obligó a comer en un silencio sepulcral, como si fuéramos perros esperando órdenes. Apenas terminamos, la alarma de emergencia nos sobresaltó.
Llegamos al banco. Vanya, la "ordinaria", se quedó atrás, como siempre. Allison entró primero.
—Oí el rumor de que le disparaste a tu compañero —susurró al oído de uno de los ladrones. El hombre, bajo el control de Allison, disparó sin dudar.
—¡Los cobardes usan balas, los hombres cuchillos! —gritó Diego mientras lanzaba sus proyectiles con precisión letal.
Me puse en posición, un ladrón me apuntaba desde la mesa. —¡Atrás, fenómenos! —gritó.
—Baja de ahí, no queremos que te lastimes —dije, con un cinismo que apenas lograba ocultar mi aburrimiento.
Me disparó. Antes de que la bala recorriera un milímetro, ya estaba a sus espaldas. Le quité el arma y, al notar que solo tenía una engrapadora, le solté un golpe seco en la nuca. Cayó como un saco de papas. "Qué tremenda arma", pensé con ironía.
Ben entró en la bóveda, y los gritos de los ladrones fueron el último sonido antes de que saliera bañado en sangre, como siempre. Reginald nos dio el discurso de siempre ante las cámaras, mintiendo sobre nuestra existencia y ocultando la verdad sobre T/N y Vanya. El cinismo de mi "padre" me revolvía el estómago.
Al regresar a casa, Vanya me acorraló de nuevo. —¿Por qué te has vuelto tan grosero? Antes éramos cercanos...
—Vanya, te quiero, eres mi hermana —dije, tratando de ser sincero pero firme—. Pero no voy a permitir que me interroguen. Si tú no te metes en lo mío, yo no me meteré en lo tuyo. Es un trato.
Después de una conversación tensa, acordamos una tregua. Reginald anunció que saldría de viaje con Vanya por dos semanas. Por fin, un poco de paz. Mañana volvería con T/N.
Narra T/N
Me desperté con una energía extraña, casi eléctrica. La pulsera con el número cinco brillaba en mi muñeca, un recordatorio de que no estaba sola en mi encierro. Pogo me trajo el desayuno y me animó a entrenar.
La bóveda era inmensa, un espacio frío diseñado para contenerme. Practiqué con el viento, logrando mover objetos con mayor precisión, pero el fuego fue un error; las llamas se descontrolaron tanto que tuve que apagarlo por puro miedo. El hielo, sin embargo, fue lo que me consumió. Intenté cristalizar el aire, pero el esfuerzo me dejó vacía, desplomada en el suelo mientras sentía que mis fuerzas me abandonaban.
Lo último que recuerdo antes de caer en un sueño profundo fue a mamá entrando en la bóveda, con su rostro impasible, tratando de ayudarme a recuperar el aliento.
Mis poderes crecen a una velocidad aterradora. Reginald lo sabe, y teme lo que pueda pasar. ¿Soy su arma definitiva o la causa de su ruina? Poco importa. Solo sé que, mientras Cinco esté cerca, hay una razón para seguir luchando. Y esta historia... esta historia apenas comienza.
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