Volviste (cinco y tn)

Capítulo 5: El precio de la arrogancia

Desperté con el peso de la soledad, pero al abrir los ojos, el mundo pareció iluminarse. Cinco estaba ahí, observándome en silencio desde el borde de la cama, con una expresión que alternaba entre la adoración y la melancolía.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —pregunté, estirándome mientras el sueño abandonaba mi cuerpo.

—Lo suficiente para saber que te ves increíble incluso durmiendo —respondió con esa sonrisa pícara que aceleraba mi corazón.

Se acercó a mí, su presencia invadiendo mi espacio vital. Me sentí vulnerable, pero en el mejor sentido posible. Cuando sus labios se posaron sobre los míos, el mundo exterior, el sótano y las paredes de acero desaparecieron. Fue un beso breve, una descarga eléctrica que me dejó queriendo más.

—¡Oye! —protesté, fingiendo indignación ante lo corto del contacto.

Él soltó una carcajada suave, iluminando sus ojos verdes. —No me digas que no te gustó —dijo, arqueando una ceja.

Bajé la mirada, sintiendo el calor subir a mis mejillas. Me tomó de la barbilla, obligándome a sostener su mirada. Sus ojos, profundos y cargados de una emoción que solo compartíamos nosotros, me hicieron sentir, por primera vez, que yo era lo único que importaba.

—Eres la persona más especial en mi vida —dijo, rodeándome con sus brazos en un abrazo que prometía protección eterna.

—Tú también —murmuré contra su pecho.

Nos separamos un momento para revisar el cuadernillo de las ecuaciones. Era nuestra conexión, nuestro lenguaje secreto. —¿Me lo puedo llevar? —preguntó—. Necesito terminar de ajustar las variantes.

—Está bien, pero ten cuidado con los cálculos —le advertí, preocupada por la complejidad de lo que estábamos intentando—. Revisa las variantes de los pliegues espaciales, no estoy segura de que el resultado sea estable.

—Lo haré, hermosa. Gracias —se despidió con un último beso rápido y desapareció en un parpadeo.

Me quedé sola. El resto del día transcurrió en una bruma. Mamá me trajo el desayuno, amable como siempre, pero mi mente estaba en los libros sobre física cuántica que Cinco me había traído. Cada vez entendía más, pero me inquietaba la ausencia de Cinco al final del día. Seguro tiene algún inconveniente, me convencí a mí misma. Cerré los ojos, esperando que el mañana trajera su rostro de vuelta a la bóveda.

Narra Cinco

Llegué a mi habitación con el cuaderno pegado al pecho. Mi mente estaba en las ecuaciones, pero sobre todo en ella. Estaba tan absorto que no noté cuando Vanya entró.

—¿Qué es eso? —preguntó, curioseando.

—Ecuaciones para un viaje en el tiempo —respondí sin levantar la vista de la cama.

—¿Por qué tienes esto? ¿Vas a decirle a papá?

—No lo sé... —dije, sintiendo la presión de nuestra ambición.

La campana del almuerzo cortó nuestra conversación. Al bajar, el aire en la mesa era denso. Reginald presidía la comida con su rigidez habitual, ignorando a mis hermanos, quienes estaban en sus mundos. Yo no podía aguantarlo más. El viaje en el tiempo no era un capricho, era una necesidad, un puente hacia un futuro donde T/N no estuviera encerrada.

Clavé un cuchillo en la mesa con fuerza, silenciando el comedor.

—Número Cinco —dijo Reginald, con un tono que advertía peligro.

—Tengo una pregunta —mi voz sonó firme, desafiante—. Quiero viajar en el tiempo.

—¡No! —sentenció él, sin siquiera mirar su plato.

—¡Estoy listo! ¡Practiqué los saltos espaciales como me exigiste! —Me puse de pie, sintiendo el ardor de la adrenalina. Me teletransporté a su lado y regresé a mi silla en un segundo—. ¿Lo ves?

—Un salto espacial es insignificante comparado con las incógnitas del viaje en el tiempo —dijo, con esa arrogancia fría que me quemaba por dentro—. Uno es como deslizarse por el hielo; el otro es como descender a ciegas en aguas heladas y reaparecer como una botella rota.

—¡No entiendo qué quieres decir! —grité, harto de sus metáforas vacías.

—Y es por eso que no estás listo.

—¡No tengo miedo!

—No es una cuestión de valentía, sino de supervivencia. Los efectos en tu cuerpo y mente serían impredecibles. ¡Te prohíbo volver a hablar de esto!

Mi paciencia se fracturó. Me levanté, tirando la silla, y caminé hacia la salida.

—¡Número Cinco, vuelve aquí! ¡No te he dado permiso para retirarte!

Sus gritos se desvanecieron cuando salí a la calle. «No estoy listo...», repetía en mi cabeza. Furioso, decidí demostrarle que estaba equivocado. Me concentré, cerré los ojos y forcé las ecuaciones que T/N y yo habíamos trabajado durante tres años.

Salté una vez. Luego otra. Todo funcionaba. La euforia me invadió, pero de pronto, el mundo cambió. El cielo se tiñó de un gris cenizo, el aire dejó de tener oxígeno y el silencio que encontré no era de paz, sino de muerte. Estaba en el futuro. Todo estaba destruido. Edificios reducidos a escombros, fuego lamiendo las calles, cuerpos esparcidos por todas partes.

Corrí a la Academia. Estaba en ruinas.

—¡T/N! ¡Ben! ¡Papá! —grité, mi voz quebrándose—. ¿Hay alguien aquí?

Nadie respondió. El pánico me golpeó cuando intenté usar mis poderes para regresar y descubrí que no funcionaban. Estaba atrapado. Solo. En medio de un cementerio de proporciones mundiales. Perdí el conocimiento mientras el peso del apocalipsis caía sobre mis hombros.

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