Narra T/N
El silencio en la bóveda se había vuelto mi único compañero. Cinco no había vuelto. Durante cinco días, conté cada minuto, cada segundo, observando el polvo flotar en los rayos de luz que se colaban por las rejillas. Intenté borrar de mi mente la idea de que me había olvidado, de que simplemente se había aburrido de su "juguete" secreto en el sótano, pero el miedo empezaba a corroerme por dentro.
Practiqué mis poderes hasta el agotamiento, esperando que el esfuerzo físico silenciara el ruido de mi cabeza. Dominé el fuego y el viento con una facilidad que me asustaba, pero el hielo... el hielo seguía siendo un eco de mi estado emocional. Cada vez que el dolor en mi pecho se intensificaba, el aire a mi alrededor bajaba de temperatura, formando pequeñas escarchas sobre las mantas de mi cama. Era un poder coordinado con mis sentimientos, y en ese momento, mis sentimientos eran de un frío invernal.
Cuando Grace llegó con el almuerzo de la tarde, mi paciencia se quebró. Me sentía débil, con las manos temblando de una forma que no podía controlar. La agarré del brazo, obligándola a mirarme.
—Mamá... por favor. Necesito saber qué pasa con Cinco. ¿Le ha pasado algo malo? ¿Por qué no viene a verme? —mi voz se quebró, revelando la desesperación que había intentado ocultar.
Ella me miró, y por un momento, vi algo inusual en sus ojos artificiales: una pizca de lástima. Se acercó y, con un susurro que apenas pude escuchar, dijo: —Pequeña, te lo diré, pero debes prometerme que esto se quedará entre nosotras. No digas nada a Pogo.
—Te lo juro, mamá. Solo dime la verdad.
Grace suspiró, un sonido mecánico pero cargado de pesadez. —Cinco desapareció hace días. Hubo una discusión terrible con el señor Reginald acerca de los viajes en el tiempo. Desde ese día, no ha vuelto a aparecer.
El mundo se detuvo. Cada palabra fue como un cuchillo atravesando mi corazón. Había viajado en el tiempo. Había intentado lo que habíamos planeado juntos, pero lo hizo solo. Me había abandonado. La promesa que nos hicimos cuando éramos niños —que estaríamos juntos pasara lo que pasara— se había roto en mil pedazos.
El dolor fue tan físico que sentí cómo la temperatura en la habitación caía drásticamente. El aire comenzó a cristalizarse frente a mis ojos. Empecé a sentir un frío punzante, un frío que venía desde mis propios huesos. Mis manos, mis brazos, mis piernas... todo se sentía entumecido. El corazón me latía con una lentitud aterradora.
—Lo prometiste... —susurré, mientras mis párpados se volvían pesados.
El último recuerdo que cruzó mi mente antes de la oscuridad fue un destello del pasado: un Cinco pequeño, de ojos verdes brillantes, sosteniendo mi mano mientras me prometía bajo juramento que jamás me dejaría sola. El recuerdo era cálido, pero la realidad era un bloque de hielo que me engullía por completo. Caí inconsciente, envuelta en mi propia escarcha.
Narra Pogo
Estaba sumergido en los registros de la biblioteca cuando Grace entró, moviéndose con una urgencia que no le conocía. —¡Pogo! Es la Número Ocho. Algo terrible está pasando.
Corrimos al sótano. El aire se volvió más denso a medida que bajábamos. Al abrir la puerta de la bóveda, el frío nos golpeó como una bofetada. T/N estaba en el suelo, petrificada, envuelta en un aura de hielo puro. Su piel tenía un tono azulado y su pulso era apenas un hilo de vida. Sus últimas palabras, un susurro agónico, quedaron grabadas en mis oídos: "Lo prometiste".
—¡Se está consumiendo con su propio poder! —exclamó Grace.
Corrimos hacia el señor Reginald. No hubo tiempo para reproches. Bajo sus órdenes, trasladamos a la niña a una incubadora de emergencia equipada con ondas de radiación térmica. Era nuestra única oportunidad para derretir esa barrera de hielo sin que su corazón se detuviera por el choque térmico. La pusimos ahí, viendo cómo su cuerpo luchaba contra sí mismo. T/N estaba en coma. No sabíamos si despertaría, pero ver a esa niña —que había vivido toda su existencia entre estas cuatro paredes— luchando por cada aliento, me rompió el alma.
Narra Vanya
La desaparición de Cinco había dejado un vacío extraño en la Academia. Aunque él siempre fue el más arisco, su ausencia se sentía como una herida abierta. Necesitaba respuestas, y sabía que su habitación era el único lugar donde las encontraría.
Entré con sigilo. El cuarto de Cinco siempre olía a café y a libros viejos. Comencé a hurgar entre sus cosas, buscando cualquier rastro de hacia dónde se había ido o por qué se había peleado con papá. Fue entonces cuando, dentro de un libro de física, encontré un sobre color crema. Tenía una carta.
Al abrirla, mis dedos temblaron al leer el remitente: De: Ocho.
¿Ocho? ¿Quién rayos era ella? Empecé a leer, y cada línea era un puñetazo en el estómago. La carta describía un encuentro secreto, una vida compartida en la oscuridad, una relación profunda que Cinco le había ocultado a todo el mundo.
—"Eres mi mejor amigo, mi confidente, el chico de mis sueños..." —leí en voz alta, con un tono cargado de veneno.
La rabia comenzó a bullir. ¿Cinco estaba enamorado de una extraña que vivía en el sótano? ¿Por eso nos evitaba a todos? Cinco era mío. Siempre había sentido que él era el único que podía entenderme, el único que, a su manera, compartía mi dolor de ser "ordinaria". Leer esas palabras de afecto hacia otra mujer, hacia una chica llamada T/N, me hizo sentir una traición que no podía explicar.
Seguí buscando. Bajo su cama, encontré otra carta, más vieja, más íntima. Fue entonces cuando escuché pasos. Papá estaba entrando. Me escondí rápidamente en el armario, conteniendo la respiración, con la carta apretada contra mi pecho como un arma.
Reginald se sentó en la cama de Cinco. Suspiró, un sonido cargado de cansancio y culpa. —Te dije que no lo hicieras, Cinco —murmuró.