Volviste (cinco y tn)

Capítulo 7: El peso de las pastillas y el fantasma en la pared

Narra Pogo

Había pasado una semana desde el colapso de la pequeña Número Ocho. El silencio que reinaba en la Academia era denso, como si las paredes mismas estuvieran conteniendo el aliento. T/N permanecía en su cápsula de radiación térmica, una figura inerte atrapada en una prisión de hielo que ni siquiera nuestra mejor tecnología lograba derretir.

Grace visitaba la bóveda cada mañana con una esperanza que, a estas alturas, parecía más un mecanismo programado que un sentimiento real. Reginald, por su parte, se había recluido en su oficina. Lo veía a través del cristal: horas enteras escribiendo en aquel cuaderno rojo, descifrando la lógica de una catástrofe que él mismo no podía controlar. Buscaba frenéticamente cómo descongelar a la niña y, en el fondo, cómo encontrar a Número Cinco, pero los resultados eran nulos. El tiempo, para nosotros, se había vuelto un enemigo estático.

Los niños, mientras tanto, se marchitaban. Sus rostros habían perdido la chispa de la juventud; la ausencia de Cinco los había convertido en sombras de lo que eran. Pero Vanya era quien más me preocupaba. Su ansiedad no era solo un tema de conducta; era una fuerza física. Por las noches, los objetos en su habitación se movían solos, las paredes vibraban y el aire se cargaba de estática. Reginald, ante la falta de alternativas, había intensificado su medicación. «Antidepresivos», los llamaba. Pero yo sabía que eran algo más: eran cadenas químicas diseñadas para mantener el caos a raya. Nada en esta casa volvería a ser igual.

Narra T/N

Si alguien me hubiera dicho que morir se sentía como estar atrapada en una habitación de cristal, les habría dicho que estaban locos. Pero ahí estaba yo. Llevaba siete días fuera de mi cuerpo. Mi espíritu flotaba por los pasillos de la Academia Umbrella, invisible para casi todos, excepto para una persona.

Klaus.

Sentarme con él en su habitación era lo único que me impedía perder la cabeza. Él era el único que podía verme, el único que podía escuchar mis sollozos silenciosos. No le conté sobre Cinco; no pude. Inventé una historia sobre un accidente, sobre una caída en la bóveda, y él, en su estado de embriaguez constante, me creyó. Sin embargo, mi espíritu vagaba mucho más allá de Klaus.

Fue así como descubrí la obsesión de Vanya.

La vi entrar al cuarto de Cinco una y otra vez. Se sentaba en su cama, acariciaba sus sábanas, y lloraba. Pero no era un llanto de hermana. Era el llanto de alguien que se siente traicionado por un amor prohibido. El día en que me desmayé, mi espíritu vagó hasta su habitación por accidente y la vi. Tenía una carta en sus manos. Mi carta. La que le escribí a Cinco. La que él guardaba bajo llave.

Verla ahí, leyendo mis palabras privadas, sintiendo esa furia posesiva, me hizo hervir la sangre. Y sí, si los fantasmas pueden sentir celos, yo estaba ardiendo en ellos. Vanya no buscaba a un hermano desaparecido; buscaba a un hombre que nunca le pertenecería.

Narra Vanya

La ansiedad era una marea negra que subía por mi garganta. Mi cuarto se sentía como una celda, y las cartas que encontré en la habitación de Cinco eran el único hilo que me mantenía conectada a la realidad.

Pogo interrumpió mis pensamientos, golpeando la puerta con esa cortesía irritante. —Número Siete, su padre desea verla en su oficina.

Guardé la carta bajo llave, oculté mi temblor con un suspiro y caminé hacia el despacho de Reginald. El aire en la oficina era gélido. Él ni siquiera levantó la vista de su libreta roja; siempre escribiendo, siempre planeando, siempre juzgando.

—Tome asiento, Número Siete —dijo, sin dejar de escribir—. Últimamente se le nota agitada. Aumentaremos su dosis de antidepresivos.

La rabia explotó en mi pecho antes de que pudiera frenarla. —¡No necesito nada! ¡No estoy enferma! —grité. El sonido de mi voz no fue humano; fue una descarga. Un vaso de cristal en su escritorio estalló en mil pedazos, los fragmentos volando hacia todas partes.

Reginald ni se inmutó. Con un gesto gélido, llamó a Allison. Ella entró, me miró con ojos vacíos —o tal vez llenos de una lástima que odiaba— y, tras un susurro inaudible de mi padre, sentí que la conciencia me abandonaba.

Desperté horas después en mi habitación. Me sentía aturdida, con el sabor amargo de las pastillas aún en la lengua. Bajé al almuerzo, intentando actuar como si nada hubiera ocurrido. Cinco seguía desaparecido. El lugar en su silla estaba vacío, un recordatorio constante de que éramos una familia rota.

—Número Siete, ¿cómo se siente? —preguntó Reginald, mirándome fijamente. —Bien —mentí, sintiendo cómo mis manos se cerraban bajo la mesa.

Más tarde, en el patio, Ben se sentó a mi lado. Era el único que, a veces, parecía recordar que teníamos alma. —Todos lo extrañamos —dijo, mirando al cielo gris. —¿Por qué se tuvo que ir? —pregunté, sintiendo que el pecho se me quebraba. Saqué el frasco de pastillas y me tragué una, sin siquiera buscar agua. —¿Qué es eso? —preguntó Ben, con preocupación. —Antidepresivos. Papá dice que los necesito.

Regresé a mi habitación, consumida por el sueño inducido por la droga. Pero a la mañana siguiente, cuando desperté y me vi sola, la urgencia regresó. Después de mi segunda visita a la oficina de papá, donde confirmó que tendría que tomar esas pastillas el "resto de mi vida", me encerré.

No me importaba si me dormía. No me importaba si mi cuerpo se apagaba. Tenía la carta. Saqué el sobre de debajo del cajón con llave, mis manos temblando de emoción y odio. Abrí el sobre crema y comencé a leer la misiva que Ocho —esa maldita Ocho— le había escrito a mi Cinco.

La carta decía:

"Cinco, todavía recuerdo la primera vez que nos conocimos. Te teletransportaste dentro de la bóveda, y aunque me asustaste, desde ese momento supe que mi vida cambiaba. Dijiste que podíamos ser amigos. Dijiste que me visitarías cada día. Y lo cumpliste.




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