Narra Cinco
El futuro es un desierto de acero y cenizas, un lienzo en blanco pintado con los colores de la muerte. Estaba buscando entre los escombros de lo que alguna vez fue una tienda de discos, intentando encontrar algo, cualquier cosa, que me hiciera sentir humano de nuevo. Mis manos, ahora más ásperas y curtidas por los años de supervivencia, rozaron una superficie familiar. Un disco. El disco que le regalé a T/N.
El impulso de escucharlo fue tan violento que no pude evitarlo. Encontré un reproductor portátil en los restos de un almacén cercano y lo conecté. Las primeras notas comenzaron a sonar, llenando el vacío del apocalipsis con una melodía que juré jamás olvidar.
(Recuerdo)
El sótano estaba iluminado solo por unas pocas luces que habíamos instalado nosotros. T/N estaba ahí, vendada de los ojos, con esa sonrisa nerviosa que siempre me hacía querer protegerla del resto del universo.
—¿Qué haces, Cinco? —preguntó ella, con la voz suave, mientras yo terminaba de configurar el viejo reproductor.
—Espera, linda. Es una sorpresa —le dije, acercándome con cuidado para quitarle la venda. La luz reveló su rostro iluminado por la expectativa—. ¿Quieres bailar?
Le tendí la mano. Ella se sonrojó, un tono de rosa que competía con el que seguramente teñía mis propias mejillas. —Cinco, no sé bailar —dijo, con esa timidez que me resultaba encantadora.
—Yo tampoco sé —respondí, tomándola de la cintura—. Pero podemos intentar no matarnos en el proceso.
Se movió al compás, sus manos delicadas reposando sobre mi cuello. En ese momento, el mundo exterior no importaba. Reginald, las misiones, el encierro... todo se desvaneció. Solo éramos nosotros dos, moviéndonos en una burbuja de tiempo que parecía no tener fin.
—Te quiero mucho —susurré, acortando la distancia.
—Yo también te quiero —respondió ella, recargando su cabeza en mi pecho. Podía sentir el latido de su corazón, un tambor rítmico que marcaba el tiempo de nuestra propia existencia—. Esta canción... describe exactamente lo que siento por ti.
La música fluyó, envolviéndonos. Nos acercamos tanto que nuestras respiraciones se fundieron. A mis doce años, yo estaba convencido de que el mundo empezaba y terminaba en ella. —No puedo aguantar más —dije, y la besé.
Fue nuestro primer beso. Un beso que sabía a inocencia, a futuro y a una promesa silenciosa que ambos sellamos esa noche. Recordar eso aquí, en este futuro devastado, fue como recibir un disparo en el alma.
(Fin del recuerdo)
Apagué el reproductor de golpe. El silencio que siguió fue peor que el ruido de los escombros. Necesitaba verla. Necesitaba confirmar que ella estaba bien. Corrí por las calles destruidas, buscando la Academia.
Encontré a mis hermanos. O lo que quedaba de ellos. Los vi caer uno a uno mientras intentaban defender lo que quedaba del mundo, pero cuando llegué al banco de escombros donde debía estar la bóveda, la realidad me golpeó con la fuerza de un huracán.
Caminé entre los restos calcinados hasta que la vi. Estaba boca abajo, con un cuchillo hundido en la espalda. Mis piernas cedieron. Me hinqué en el suelo, mis manos temblando mientras la volteaba. Era ella. Mi hermosa T/N. Mi T/N muerta.
El grito que salió de mi garganta no parecía el de un ser humano, sino el de un animal herido. Abracé su cuerpo, aún tibio por el sol del apocalipsis, y lloré hasta que mis ojos no pudieron producir una lágrima más. ¿Cómo pudo pasar esto? Ella estaba encerrada, protegida por muros de acero... alguien la encontró. Alguien la mató.
El apocalipsis ya no era solo la destrucción del mundo; era la destrucción de mi razón de ser.
Narra Vanya
La carta de Cinco era un veneno que se filtraba por mis venas. La leí una y otra vez, buscando una grieta, una mentira, algo que me dijera que todo era una broma pesada de mi hermano.
"Para: Ocho, mi princesa. De: Cinco, el amor de tu vida."
Cada palabra era un puñetazo. Descubrí que la llamaba "Ocho", que tenían su propia canción, que tenían un lenguaje secreto que yo, su propia hermana, nunca pude descifrar. La descripción de su primer beso, la confesión de amor... todo estaba ahí. Cinco no estaba enamorado de una extraña cualquiera; estaba obsesionado con alguien que él consideraba perfecta, valiente y atenta. Alguien que, por lo visto, era todo lo que yo nunca pude ser para él.
—¿Quién eres, Ocho? —susurré en la oscuridad de mi habitación, con la carta apretada contra el pecho—. ¿Cómo te atreviste a quitarme lo único que me hacía sentir importante?
El dolor de saber que nunca tuve oportunidad, que él siempre tuvo un refugio donde yo no estaba invitada, se convirtió en un odio sordo y palpitante. Me sentía insuficiente, invisible ante sus ojos. Tomé otra de las pastillas que papá me obligaba a ingerir. Tranquilidad, decía él. Olvido, pensaba yo. El sueño me arrastró rápidamente, llevándome a un abismo donde no tenía que enfrentar la verdad.
Narra el Narrador
La Academia Umbrella se había convertido en un tablero de ajedrez donde las piezas estaban rotas. Cinco, lejos en un futuro que nunca debió existir, buscaba respuestas entre los cadáveres de su familia, con el recuerdo de T/N martilleándole la conciencia. En el presente, la propia T/N se encontraba en un estado de limbo, atrapada entre un cuerpo congelado y un espíritu que vagaba como un espectro por los pasillos, siendo testigo silencioso del deterioro de su hogar.
Pogo caminaba por la biblioteca, observando cómo la mansión se caía a pedazos. El señor Reginald Hargreeves permanecía encerrado en su despacho, su cuaderno rojo lleno de anotaciones que, para cualquiera, serían jeroglíficos de locura, pero que para él eran los cálculos de un destino inevitable.
Vanya, por su parte, se movía por la casa como un espíritu vengativo. La carta de Cinco no solo había roto su corazón; había despertado algo en ella, una grieta en su control que las pastillas de Reginald apenas podían tapar. Ella no buscaba justicia, buscaba un culpable. Y el fantasma de Ocho, aunque nadie lo supiera, pronto estaría a su alcance.