Volviste (cinco y tn)

Capítulo 9: El regreso de los fantasmas

17 𝒂𝒏̃𝒐𝒔 𝒅𝒆𝒔𝒑𝒖𝒆́𝒔

El tiempo había esparcido a los hermanos Hargreeves como hojas secas en una tormenta. Cada uno había intentado huir de la sombra de su padre a su manera. Luther se había exiliado en la soledad gélida de la Luna; Diego patrullaba las calles con su complejo de héroe; Allison era la reina de los tabloides, una superestrella cuya voz podía manipular la realidad; y Klaus... bueno, Klaus seguía siendo la decepción de la familia, luchando contra sus propios demonios en los pasillos de una clínica de rehabilitación.

Cinco seguía siendo un mito, un desaparecido en el vacío del tiempo. Y Vanya, la olvidada, se había perdido en la música, tocando el violín en una orquesta barata, habiendo dejado atrás el recuerdo de un chico que le prometió el mundo y simplemente se desvaneció.

Pero el destino tiene una forma irónica de reunir a los condenados.

La noticia se propagó como una mancha de aceite. «Murió el millonario más excéntrico y solitario». El anuncio de la muerte de Reginald Hargreeves llegó por radio, televisión y noticieros digitales. Fue la noticia que obligó al tiempo a detenerse.

Narra T/N

Mis días se medían por la ausencia de color. Yo era un espectro, una presencia estática atrapada en los terrenos de la Academia Umbrella. Había pasado casi dos décadas en este limbo. Mi espíritu vagaba por los jardines mientras mi cuerpo, preservado por esa extraña criatura de hielo que yo misma había invocado, permanecía en la bóveda, suspendido en una muerte que no terminaba de cumplirse.

Extrañaba a Ben. Su muerte había sido el golpe más duro; cuando él falleció, me quedé sin la única persona que, además de Klaus, podía verme. Klaus era mi ancla a la cordura, pero Ben... Ben era mi consuelo. Tras su partida, verlo aparecer como un fantasma fue como recuperar una parte de mi alma perdida.

Ese día, sentí un cambio en la atmósfera. Un ruido metálico, voces desconocidas, el olor a tabaco y desesperación llenó la casa. Pogo bajó al sótano, ignorando mi presencia espectral. Lo seguí, curiosa.

—Ah, Ocho —susurró Pogo, deteniéndose ante mi cuerpo petrificado en la incubadora—. Tu padre ha muerto.

Me quedé estática. ¿Muerto? Sentí un vacío extraño, no de tristeza, sino de indiferencia. Reginald nunca me vio como su hija, solo como un arma con fecha de caducidad.

—No fue muerte natural, pequeña —continuó Pogo, casi para sí mismo—. Se suicidó. Necesitaba reunirlos a todos. Algo grande viene, algo que requiere que estén preparados. Especialmente tú... y alguien más.

Mis sentidos se agudizaron. ¿Alguien más? ¿Cinco? Antes de que pudiera procesar la información, Grace entró, anunciando la llegada de los hermanos. Pogo se retiró apresurado. Salí al patio, donde la lluvia caía sin mojarme, y vi rostros que conocía, pero que el tiempo había transformado en extraños.

Divisé una silueta familiar. Un chico con una chaqueta oscura estaba de espaldas, hablando con otro. Cuando se giró, el aliento —si tuviera pulmones— se me habría escapado. Era Ben.

Corrí hacia él, olvidando toda lógica. —¡Ben! —grité.

Él se giró y, al verme, sus ojos brillaron con una intensidad que no había visto en años. Corrió hacia mí y me estrechó en un abrazo que sentí con la misma fuerza que si estuviera viva.

—¡T/N! ¡Tanto tiempo! —exclamó.

—¡Te extrañé tanto, Ben! —respondí, aferrándome a él. Entonces, él se echó a reír, separándose para mirarme de pies a cabeza.

—Te ves tan tierna... te quedaste pequeña —dijo con una chispa de picardía.

—A veces eres un idiota, Ben —bufé, aunque no podía dejar de sonreír.

—¿Qué has hecho todos estos años? —preguntó mientras caminábamos por el jardín.

—Caminar de aquí para allá, observar cómo la Academia se desmorona. Lo de siempre. ¿Y tú? ¿Cómo has estado?

—Pues, Klaus está hecho un desastre. Se ha vuelto un adicto, no puede controlar las visiones. Pero, bueno, ya sabes cómo es él —dijo suspirando.

—Aun así, es mi osito —dije, sintiendo un cariño infinito por el desastre que era nuestra "familia".

—T/N, dime la verdad... ¿todavía no has logrado entrar en tu cuerpo? —preguntó, bajando la voz. Era el único, además de Klaus y un panda espiritual que llamaba Luis, que sabía todo sobre mi situación.

—Lo he intentado cientos de veces. Es como si rebotara, como si mi cuerpo me rechazara. Pero Ben... descubrí algo nuevo.

—¿Qué cosa?

—Puedo revivir a los muertos —dije, y mis palabras vibraron con una energía eléctrica—. No importa si no tienen cuerpo. He estado leyendo sobre necromancia cuántica. Si lograra entrar en mi cuerpo, podría traerte de vuelta, Ben. Podrías dejar de ser un fantasma.

Ben se quedó helado, sus ojos abiertos de par en par. —¿Hablas en serio? ¿Podrías traerme de vuelta?

—Claro, pero necesito el receptáculo físico, necesito mi cuerpo. Y para eso, debo resolver el enigma de esta prisión de hielo.

En ese momento, el chico con el que Ben hablaba se acercó. Era Klaus. Parecía demacrado, con ojeras profundas y un abrigo de piel que no pegaba con nada.

—Oh, mira quién salió a jugar. La pequeña T/N —dijo Klaus con su tono sarcástico, aunque sus ojos mostraban una chispa de alivio.

—Tantos años, Klaus —fue todo lo que logré decir.

—Te olvidaste de mí, parece que el tiempo no te hizo crecer nada —se burló, aunque en el fondo ambos sabíamos que era su forma de esconder el dolor.

—Sigue siendo el mismo idiota de siempre, solo que un poco más... desmejorado —le devolví el golpe.

—¡Hey! Respétame, soy mayor —dijo él, tratando de parecer ofendido.

—¡Tenemos la misma edad, imbécil! —exclamé mientras Ben estallaba en carcajadas.

Caminamos bajo la lluvia fría, disfrutando de ese momento de normalidad dentro de la tragedia. Me detuve en seco, recordando algo que me hizo estremecer.

—Ben, ¿te acuerdas de aquella noche? Dijiste que ni siquiera habías dado tu primer beso antes de morir... ¿y que luego lo diste?




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