(Recuerdo)
El jardín de la Academia estaba en penumbra. El pequeño Ben, con sus inseguridades infantiles a flor de piel, miraba a T/N como si fuera la única criatura real en un mundo de autómatas.
—Sabes, T/N... nunca he besado a una chica —confesó, con la voz apenas un susurro.
—Yo sí —respondí, mirando hacia las sombras del sótano, recordando al chico de ojos verdes que solía ser mi luz—. Di mi primer beso con un chico... mi primer amor. Pero me abandonó.
Ben se sonrojó, un color intenso que le trepaba por el cuello. —No sabe la chica tan maravillosa que se perdió.
—Gracias, Ben —dije, sintiéndome extrañamente nerviosa. Él no se detuvo ahí. Me tomó de la barbilla con una delicadeza que me cortó la respiración.
—No hay de qué. Eres una niña hermosa —dijo. Su rostro se acercó al mío. Ben me besó. Fue un contacto fugaz, lleno de una ternura que me dejó paralizada. Cuando se separó, estaba tan rojo como un tomate, pero sus ojos brillaban. —Gracias por ser mi primer beso —dijo, y salió corriendo hacia la casa, buscando a Klaus para contarle su pequeña victoria.
(Fin del recuerdo)
—Claro que recuerdo ese día —dije, mientras Ben soltaba una risa nostálgica—. Aunque, una semana después, Klaus me dijo que tú me habías mandado a la friendzone porque estabas obsesionado con Vanya.
Ben me miró como si hubiera perdido la cabeza. —¡¿Qué?! ¡Claro que no! ¿Por qué haría eso si me gustabas tanto?
—Klaus me juró que tú solo me veías como tu mejor amiga. Me sentí tan humillada que me volví cortante contigo para proteger lo poco que me quedaba de dignidad.
—¡Maldito Klaus! —rugimos ambos al unísono.
El aludido apareció de repente en el jardín, tropezando con sus propios pies, con esa expresión desorientada de siempre. —¡¿Qué pasa, chicos?! —preguntó riendo, hasta que vio nuestras caras.
—¡Me hiciste creer que Ben estaba enamorado de Vanya! —le grité. Klaus soltó una risa nerviosa, se puso pálido y, sin decir una palabra, salió corriendo hacia la casa antes de que Ben pudiera alcanzarlo.
—Ese maldito... —masculló Ben.
—Entonces... ¿siempre pudimos ser algo más? —preguntó él, mirándome con una tristeza infinita.
—Quizás —dije, sintiendo que el aire se volvía pesado—. Pero ahora... ahora todo se arruinó.
El cielo, reaccionando a mi inestabilidad emocional, comenzó a rugir. Mis poderes de aire se descontrolaron; el viento levantaba las hojas muertas y los objetos del jardín en un remolino caótico. De repente, una estática azul comenzó a abrirse en medio del jardín. Un hueco en la realidad. Un pliegue espacio-temporal.
—¿Qué es eso? —preguntó Ben, protegiéndome con su cuerpo fantasmal.
—Es un portal —dije, observando cómo un hombre de mediana edad intentaba cruzar el umbral, volviéndose más joven a medida que el tiempo lo retrocedía—. Un salto temporal forzado.
—Vaya, sí que eres inteligente cuando te lo propones —dijo Ben, intentando aligerar el ambiente con una burla.
Me sonrojé, un gesto que se volvió automático cada vez que me llamaba "osito" o me halagaba. —Lo sé, la vieja confiable —reí.
De pronto, un cuerpo cayó al suelo. Un niño pequeño, con el uniforme de la Academia. El silencio fue sepulcral hasta que Klaus, desde el umbral de la puerta, balbuceó: —¿Alguien más está viendo al pequeño Número Cinco, o es idea mía?
Mi corazón se detuvo. El tiempo se congeló. Ahí estaba él. Después de diecisiete años, Cinco había vuelto. Pero no estaba solo. Tenía una mirada cargada de un cinismo y un cansancio que no pertenecían a un niño de doce años.
Narra Cinco
El dolor de la transición era repugnante, como si alguien hubiera desmontado mis moléculas y las hubiera vuelto a unir sin seguir el manual. Caí al suelo del patio. Al levantar la vista, vi a mis hermanos. Luther, Diego, Allison, Klaus, Vanya. Todos estaban allí, mirándome como si fuera un fantasma.
—Carajo —dije. La frustración me quemaba. No quería estar aquí, quería estar en el futuro, quería tener las respuestas.
Me ignoraron por un segundo, luego el caos habitual. Todos entraron a la casa. Mi hambre era voraz; diecisiete años comiendo ratas y restos en un apocalipsis te quitan el refinamiento. Tomé un trozo de pan.
—¿Qué fecha es? ¡La fecha exacta! —exigí.
—24... —balbuceó Vanya, mirándome con una mezcla de horror y fascinación.
—De... —insistí, arrogante.
—Marzo —dijo Allison.
—Bien.
Luther intentó interponerse. —¿Podemos hablar de lo que pasó? ¡Han pasado diecisiete años!
—Han pasado más que eso —solté, irritado. Me teletransporté hacia la crema de maní.
—No extrañaba eso —dijo Luther.
—¿A dónde fuiste? —preguntó Diego.
—Al futuro y es una mierda —respondí.
—Se los dije —murmuró Klaus.
Ben y T/N... sentí un escalofrío. —Debí hacerle caso a Ocho y al viejo —dije, más para mí que para los demás. El nombre "Ocho" pareció confundirlos.
—¿De qué diablos hablas, Cinco? Somos siete, contando a la ordinaria —dijo Diego, señalando a Vanya. La falta de respeto hacia ella seguía siendo su especialidad.
—¿Dónde está Pogo? —pregunté, ignorando las estupideces de Diego.
En cuanto el chimpancé entró, lo agarré por la camisa. Mi paciencia era inexistente. —Joven Cinco, ¿qué hace? —preguntó Pogo, visiblemente asustado.
—¿Dónde está ella? —rugí.
—¿De qué habla, Joven Cinco?
—No estoy para juegos. ¿Dónde está T/N?
Pogo palideció. —Usted... ¿cómo sabe...?
—¡Cinco, cálmate! —Luther intentó separarme.
—¡No te metas, Luther! ¡Esto no es asunto tuyo! —le grité. Me acerqué a Pogo de nuevo, mis ojos ardiendo con la furia de alguien que ha visto morir a todo el planeta. —¡Dime dónde está Ocho ahora mismo!
—En el sótano —susurró Pogo.
Solté a Pogo y corrí. Ni siquiera escuché las preguntas de mis hermanos. Mis pies apenas tocaban el suelo. Bajé las escaleras del sótano, el lugar donde pasamos nuestras mejores noches, donde resolvimos las ecuaciones que debieron salvarnos.