Volviste (cinco y tn)

Capítulo 11: La promesa que el tiempo no pudo congelar

Narra Cinco

El camino al sótano se sintió como una procesión hacia mi propia condena. Mis hermanos me seguían, con sus pasos resonando como latidos de un reloj en cuenta regresiva, pero yo ya no estaba allí. Estaba en el pasado, en el futuro, en el vacío. Cuando llegué a la puerta secreta, mi mano tembló. La abrí de un golpe seco, casi rompiéndome los nudillos, y me teletransporté directamente al interior de la bóveda.

El frío me golpeó como una bofetada, un gélido recordatorio de lo que mi ausencia había provocado. Allí, en la incubadora, estaba ella. T/N. Mi hermosa Ocho. Seguía petrificada, suspendida en el tiempo, con el mismo rostro angelical y los mismos rasgos que dejé atrás hace diecisiete años. La abracé a través del cristal, incapaz de entender cómo la vida podía haber seguido para todos mientras ella se quedaba atrapada en un invierno sin fin.

—No sabes cuánto te extrañé... —susurré, y mi voz se quebró, liberando el dolor que había acumulado durante años—. Me aterrorizaba la idea de no poder volver, de que el mundo te borrara antes de que yo pudiera encontrarte. Pequeña... ¿qué te hicieron? ¿Por qué estás así?

Pogo, que había entrado sigilosamente con mis hermanos, se detuvo a mi lado con la mirada baja. —No lo sabemos con certeza, Joven Cinco. Solo cinco días después de tu desaparición, ella empezó a perder el control. Su angustia se convirtió en un arma, y terminó siendo víctima de su propio poder. Se congeló desde adentro hacia afuera, atrapada en este estado desde entonces.

Antes de que pudiera responder, la puerta de la bóveda se abrió. Era Grace. Se acercó con paso lento, mirando a T/N con una tristeza que parecía demasiado humana para ser una máquina.

—Yo sé qué pasó —dijo ella, con una calma que me hizo estremecer.

—¡¿Qué pasó?! —exigí, sintiendo cómo el resto de mis hermanos se tensaba en la habitación.

Grace suspiró. —Ella pasaba las noches en vela, esperándote. Cuando se dio cuenta de que no volverías, empezó a estar inquieta, nerviosa... la ansiedad la consumía. Un día, cuando fui a dejarle su desayuno, me suplicó que le dijera la verdad. No pude mentirle más. Le confesé que habías discutido con el señor Reginald y que simplemente habías desaparecido. Ella se negó a creerlo al principio, pero luego... —Grace hizo una pausa, sus ojos escaneando el rostro inerte de T/N—, la temperatura en la bóveda empezó a caer. El aire se volvió blanco. Ella temblaba, me dijo "lo prometiste" con un hilo de voz, y luego, su piel se cubrió de esta escarcha. Quedó inconsciente y así ha permanecido desde entonces.

El dolor que sentí fue una quemadura de tercer grado. —¡No! ¡Ella se puso así por mi culpa! —grité, abrazando el cristal de la incubadora con todas mis fuerzas.

Klaus y Luther estaban en silencio, pero Vanya... Vanya se adelantó con una mirada cargada de un veneno que no pude identificar. —¡Ella era de la que estabas enamorado! —gritó Vanya, su voz resonando en el sótano como un trueno.

La miré, mi furia ascendiendo por mi garganta como bilis. —¿A ti qué te importa quién me gusta o quién no? No eres nadie para cuestionarme. ¡Lárgate de aquí! —mi arrogancia era un escudo, una defensa contra su juicio.

Vanya no se movió. Su rostro, antes lleno de ansiedad, ahora mostraba una rabia destructiva. —¡Claro que me importa! ¡Siempre me has importado, pero estabas tan embobado con esta que nunca te diste cuenta de lo que yo sentía por ti!

Me separé de T/N y caminé hacia Vanya, invadiendo su espacio personal. Mi paciencia se había agotado hace décadas, en el apocalipsis, y no tenía energía para sus juegos. La tomé del brazo con firmeza. —En primera, no la insultes —dije, bajando mi voz a un susurro peligroso—. En segunda, ¿quién te dio permiso para meterte en mi vida? ¡Lárgate y deja de husmear donde no te llaman!

Vanya me miró con furia pura, sus ojos brillando de una forma antinatural. —Te vas a arrepentir de esto, Cinco —dijo, y salió corriendo, dejando el sótano sumido en un silencio tenso.

Me volví hacia T/N. Mis hermanos salieron, dejándonos solos. Apoyé mi frente contra el cristal y cerré los ojos. —Linda... no sabes cuánto te extrañé. El mundo que encontré allá afuera es cenizas, un lugar de destrucción total. Sé que puedes despertarte, es cuestión de voluntad. Tienes que activar el calor, disipar el hielo con tus emociones. Solo confía en ti, Ocho. Por favor, vuelve conmigo.

Narra T/N

Estaba en un limbo, un lugar entre el sueño y la nada. Podía oír todo: la respiración agitada de Cinco, sus súplicas, la presencia de Ben que se desvanecía, y la extraña energía que él emanaba. Tenía que intentarlo.

Intenta activar el calor, decía él. Es cuestión de emociones.

Intenté mover un dedo, pero mi cuerpo era una piedra de granito helado. Mi mente gritaba, pero mis nervios no respondían. El rechazo de mi propio ser era absoluto. Me concentré, cerrando los ojos en mi mundo espiritual, visualizando una llama, un destello, un rayo de sol. Invoqué todo mi poder de fuego. Sentí una chispa, pero el hielo era demasiado espeso, demasiado viejo.

Entonces, me enfoqué en él. En el beso bajo la luz de la luna, en nuestras noches estudiando cuántica, en la forma en que él decía mi nombre. El calor no es fuego, es él. Sentí que el hielo empezaba a ceder, un crujido sordo resonó en la bóveda. Era lento, dolorosamente lento, pero estaba ocurriendo. Mi cuerpo empezaba a descongelarse, milímetro a milímetro.

Narra Vanya

La academia me asfixiaba. Saqué una de las pastillas del frasco que papá me obligaba a tomar, sintiendo cómo el sedante nublaba mi juicio de inmediato. Necesitaba aire, necesitaba alejarme de ese sótano, de ella y de la mirada de desprecio de Cinco.

Llegué a mi apartamento, un lugar vacío que solía ser mi único refugio. Me senté frente a mi violín, intentando que la música calmara el ruido en mi cabeza. Estaba a punto de tocar cuando alguien golpeó la puerta.




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