Narra Cinco
La adrenalina del regreso aún corría por mis venas, pero el ambiente en mi habitación me devolvió a una realidad amarga. Había entrado esperando encontrar algo de paz, pero mi cuarto estaba revuelto. El armario estaba abierto de par en par, solo con los uniformes grises de la Academia, y un silencio sepulcral llenaba el espacio. Sentí una punzada de ansiedad; revisé cada rincón, cada libro, cada escondite.
La carta que T/N me había escrito... ya no estaba.
El aire se volvió pesado. Alguien había estado aquí, alguien que conocía mis secretos más profundos. Un odio frío y calculado comenzó a nacer en mi pecho mientras me ajustaba el uniforme, obligándome a ignorar el nudo en mi garganta. Si alguien se había atrevido a tocar lo único que me quedaba de ella, pagaría las consecuencias. Pero ahora no era el momento. Tenía cosas mucho más urgentes que atender. Tenía a T/N esperándome en el sótano, o eso esperaba.
Narra T/N
Había escuchado absolutamente todo. Estaba en un estado de vigilia constante, un limbo donde mi conciencia flotaba sobre mi cuerpo petrificado. Las voces de mis hermanos, el dolor de Cinco, la frialdad de Reginald... todo me llegaba como ecos a través de una pared de cristal.
Él me abandonó.
La idea era un mantra que me atormentaba. Aunque mi cuerpo empezaba a descongelarse, mi alma seguía resentida. Habían pasado casi dos horas desde que Cinco me dejó sola en la bóveda, y mi temperatura interna, antes glacial, comenzaba a subir a un ritmo angustiante.
Treinta minutos después, el último bloque de escarcha que cubría mis hombros se hizo añicos. El silencio de la bóveda fue roto por el crujido del hielo cayendo al suelo. Desperté con un jadeo, mis pulmones forzando aire tras una eternidad de inercia. Intenté ponerme de pie, pero mis músculos, atrofiados por diecisiete años de estatismo, me traicionaron. Caí al suelo, golpeando el metal con un ruido seco.
—Demonios... —susurré, obligándome a reincorporarme.
Caminé con torpeza, mis pies pesando como plomo, pero la determinación de salir de ese lugar fue suficiente para guiarme. La puerta de la bóveda estaba entreabierta; el caos en la Academia era tal que nadie se había preocupado por sellar mi prisión. Salí del sótano, arrastrándome hacia la cocina, impulsada por un hambre que me devoraba.
Me encontré a Klaus. Estaba apoyado en la encimera, visiblemente confundido. Me vio y sus ojos se abrieron como platos.
—Hola, tonta —dijo, con esa mezcla de sarcasmo y shock.
—Hola, idiota. ¿Y la comida? —respondí, buscando desesperadamente algo que llevarme a la boca. Mis ojos se posaron en un trozo de pan que Cinco había dejado a medio preparar. Cuando estiré la mano, una silueta apareció tras de mí.
—¡¿Despertaste?! —la voz de Cinco retumbó en la habitación, cargada de una emoción que me hizo dudar de mi propia rabia. Corrió hacia mí y me envolvió en un abrazo tan posesivo que me dejó sin aire.
Klaus nos miraba, alternando su vista entre nosotros. —¡¿La puedes ver?! —preguntó Klaus a Cinco, claramente en shock.
—¡Claro que la puedo ver, estúpido! Es Ocho. Es la chica que vivió todo este tiempo en la incubadora, mientras tú estabas ocupado... —Cinco no terminó la frase.
—Espera, ¿o sea que eras T/N? ¿Tú eras el fantasma que rondaba por aquí y me hablaba cuando estaba drogado? ¡Explícame esto! —exclamó Klaus, más asustado que nunca.
—Es uno de mis poderes, Klaus —dije, apartándome de Cinco. Necesitaba espacio. Él se veía tan arrogante, tan dueño de la situación, y eso me enfurecía—. Ahora, si me disculpan, me voy a comer.
Cinco me tomó del brazo, impidiéndome avanzar. —Necesitamos hablar.
—Tú y yo no tenemos nada de qué hablar —le espeté, intentando zafarme de su agarre—. Me abandonaste. Me dejaste sola en este pozo de hielo mientras el mundo se terminaba. Ya no hay nada que decir, Cinco. Suéltame.
Él no se movió. Se quedó allí, con la mandíbula tensa, los ojos verdes fijos en los míos. —Necesito que hablemos. Tienes hambre, ¿cierto? Vamos a una cafetería. Ahora.
—¿Y se supone que voy a ir contigo así, como si nada? —pregunté.
—Voy a conducir —dijo, tomando las llaves del auto de la familia.
—¿Sabes conducir? —pregunté, escéptica.
—No hay nada que no pueda hacer —respondió con esa arrogancia típica de él, que me hacía querer besarlo y golpearlo al mismo tiempo.
—Los detendría, pero prefiero ver cómo termina este drama con la novia de Ben y el tercero en discordia cinco—se rió Klaus, observándonos desde la mesa.
—¡Cállate, idiota! —le grité—. Y dile a Ben que, en cuanto pueda, tenemos que arreglar las cosas que dejamos pendientes.
— Tranquila yo le digo a tu novio— contestó Klaus con una risa macabra.
Cinco se tensó. Su mirada se volvió gélida. —¿Novia? —preguntó con un tono serio que me sorprendió.
—¡Cállate y vámonos! —dije, saliendo de la casa.
El viaje fue una tortura silenciosa. El auto se deslizaba por la ciudad mientras él miraba al frente con la mandíbula apretada, el volante crujiendo bajo la presión de sus manos. Me cansé de la tensión.
—¡Ahora, dime qué demonios te pasa! —grité.
—Nada —respondió él con voz ronca.
—¡Eres peor que una mujer! —exclamé, frustrada.
El auto frenó en seco, con un chirrido de neumáticos que casi nos manda contra el parabrisas. Antes de que pudiera insultarlo de nuevo, Cinco me arrastró hacia él y me besó.
No fue un beso suave. Fue un beso lleno de desesperación, de años acumulados, de la angustia de un futuro apocalíptico y el miedo de volver y encontrarme. Sentí sus manos en mi cintura, tomándome con una urgencia que no me dio opción. En un movimiento, terminé a horcajadas sobre él en el asiento del conductor. Nos separamos por falta de aire, con las frentes apoyadas, jadeando.
Al abrir los ojos, vi que sonreía. Una sonrisa genuina, sin rastro de arrogancia.