Volviste (cinco y tn)

Capítulo 13: El sabor de la pólvora y el café amargo

Narra Cinco

El auto avanzaba por las calles de una ciudad que, para mí, se sentía como un decorado de teatro. Mi mente era un torbellino. No podía dejar de pensar en lo que Klaus había dicho sobre Ben; los celos, una emoción que creía haber enterrado bajo montañas de cadáveres en el futuro, me quemaban como ácido.

T/N, sentada a mi lado, parecía ser la única constante en este mundo fracturado.

—Ahora, ¿qué demonios te pasa? —gritó, rompiendo mi silencio.

—Nada —respondí, con la voz ronca. Mi mandíbula estaba tan tensa que temía que mis dientes se rompieran.

—¡Dime qué tienes!

—¡Nada!

—Eres peor que una mujer —bufó ella, cruzándose de brazos.

Aquello fue el detonante. Mi paciencia, ya de por sí inexistente, voló en mil pedazos. —¡¿Qué demonios me dijiste?!

—¡Lo que escuchaste, idiota!

—Mira, no tengo tiempo que perder con una niña inmadura como tú —dije, sintiendo cómo el desprecio y el miedo se mezclaban en mi voz. Fui demasiado lejos, lo supe al ver el destello de dolor en sus ojos, pero mi orgullo era un muro difícil de derribar.

—¡Pues el que me trajo fuiste tú!

—No sé ni por qué —respondí mientras cambiaba de carril, el motor del auto rugiendo como una bestia herida.

—Debí hacerle caso a Luis. Me dijo que eras un imbécil y no le creí. Pensé que cuando regresaras serías el mismo, pero soy una maldita estú...

No la dejé terminar. Pisé el freno de golpe, obligando al coche a derrapar hasta detenerse en medio de la nada. Sin pensarlo, me abalancé sobre ella y la besé.

Fue un beso que cargaba con diecisiete años de abstinencia, de soledad, de apocalipsis y de búsqueda incesante. T/N se quedó rígida un segundo, antes de que su cuerpo se fundiera contra el mío. En un movimiento casi sobrenatural, ella terminó montada sobre mi regazo, sus dedos enredándose en mi cabello, buscando un ancla en medio de nuestro desastre compartido. Nuestras frentes quedaron pegadas cuando nos separamos por pura falta de oxígeno. Yo no pude evitarlo: una sonrisa inmensa, casi estúpida, se dibujó en mi rostro.

—No te muevas —ordené, aunque sonó más como una súplica—. Quiero estar un rato contigo así.

La besé de nuevo, con la lentitud de quien saborea una vida recuperada. El sabor de sus labios era lo único que me devolvía la cordura.

—No sabes cuánto te extrañé. Busqué una salida cada maldito día. Me hiciste falta tú... tu aroma, tus mimos, el calor de tu piel en este mundo frío. Y me dolió lo que dijo Klaus, pensé que me habías reemplazado —confesé, dejando escapar una lágrima que ella limpió con una ternura que no merecía.

—Tú eres irreemplazable —susurró, besándome otra vez—. Nunca te olvidé. Ben fue mi mejor amigo, solo eso. Siempre te esperé, cada día, cada hora, incluso cuando mi espíritu vagaba por los pasillos de la Academia.

—Sí que necesitaba un beso tuyo —dije, antes de morderle el labio con posesividad. Su estómago rugió, recordándome que ella había estado en animación suspendida mientras yo sobrevivía a base de comida enlatada y desesperación.

—Te llevaré a comer. Debes estar hambrienta.

No quería soltarla, pero no podía conducir con ella encima. T/N se bajó a regañadientes, lanzándome una mirada llena de reproche que solo me hizo amarla más. Entrelacé nuestros dedos, una cadena de acero que prometí no soltar nunca más.

Llegamos a la vieja cafetería de mi infancia. Estaba vacía, salvo por un hombre mayor sentado en una mesa cercana. Pedimos nuestros cafés y una rosquilla de chocolate para ella. Mientras esperábamos, el hombre se acercó, entrometiéndose en nuestro espacio.

—¿Y cuéntame qué hiciste durante todo este tiempo? —preguntó, con una curiosidad que me pareció sospechosa.

—¿Recuerdas que te dije que las ecuaciones no estaban listas? —le dije a T/N, ignorando al extraño. Ella asintió, con la mirada ensombrecida por la tristeza—. Pues tenías razón.

—Siempre la tengo —replicó ella con amargura—. Sabías que no estaban listas, ¿por qué tuviste que hacerlo? ¡¿No podías esperar?!

—Me ganó la desesperación. Creí que si lo lograba, él estaría orgulloso. Que finalmente vería que soy algo más que un arma.

—Él jamás tuvo sentimientos por nosotros —dijo T/N, su tono volviéndose gélido—. A mí no me tuvo piedad; me mantuvo años encerrada como un espécimen de laboratorio. La única vez que bajó fue para decirme que era un desperdicio.

Íbamos a continuar, pero la mesera llegó, interrumpiendo el momento. Después de que el hombre pagara nuestra cuenta —insistiendo en invitar— y se marchara, un escalofrío recorrió mi nuca.

—Dime qué estás tramando —dijo T/N, su voz bajando de tono.

—Yo...

No pude terminar. El reflejo en el cristal de la ventana me mostró a tres hombres entrando con paso militar. Trajes negros, miradas vacías, armas en mano. La Comisión.

—Vaya, qué rápido me encontraron. Creí que tardarían más —dije, poniéndome en pie.

Uno de ellos nos apuntó con un arma con silenciador. —Acompáñennos. No queremos llegar a casa con la muerte de dos niños en la conciencia.

—Tranquilo —dijo T/N, su voz sonando extrañamente calmada—. No llegarán a casa.

En un parpadeo, ella desapareció. Vi un destello plateado: un cuchillo de cocina que había tomado de la mesa voló por el aire, enterrándose en la garganta del primer agente. Antes de que los otros dos pudieran procesar la caída de su compañero, T/N reapareció. Sus manos brillaron con una luz violenta y las balas disparadas por los agentes giraron en el aire, regresando a sus dueños. Un segundo después, los cuerpos caían, envueltos en una llamarada intensa que ella provocó con un simple chasquido.

Me quedé estupefacto. —Eso pasa cuando me hacen enojar —dijo ella, sentándose de nuevo y tomando un trozo de su rosquilla.

—¿Eres real? —pregunté, asombrado por su letalidad.

—Cállate y come —dijo, molesta.

Me concentré en mi brazo, donde sabía que el chip localizador estaba implantado bajo la piel. Con un cuchillo de mesa, hice una incisión profunda y lo saqué. La sangre goteó, pero el dolor era un recordatorio de que estaba vivo.




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