Narra T/N
La cafetería se había convertido en un campo de batalla. Los agentes de la Comisión yacían inertes, convertidos en cenizas y recuerdos de una muerte violenta, mientras Cinco, con una indiferencia que me helaba la sangre, extraía el chip localizador de su propio brazo. La sangre goteaba, pero él ni siquiera parpadeó.
—Vámonos —dijo, tomándome de la mano.
No pregunté a dónde. No me importaba si el destino era el infierno mismo, siempre y cuando él estuviera allí. Salimos a la ciudad, un escenario que parecía extraño tras diecisiete años de encierro. Cinco condujo hasta un edificio alto en las afueras, un bloque de apartamentos que olía a humedad y desesperanza.
Antes de entrar, Cinco me detuvo en el pasillo, arrinconándome contra la pared. El frío del edificio contrastaba con el calor de su cuerpo.
—Sabes que odio que te enojes conmigo —susurró, su aliento rozando mis labios.
Sin previo aviso, me besó. Era un beso dulce, cargado de una desesperación silenciosa, un recordatorio de que, aunque estábamos físicamente juntos, el fantasma del apocalipsis aún nos separaba. Me dio un beso corto, casi un suspiro, antes de mirarme con una intensidad que me desarmó.
—Me encantas —dijo antes de entrar al departamento.
El lugar era pequeño, casi claustrofóbico. Cinco me sentó a su lado, sus ojos verdes analizando cada rincón como si esperara que las paredes nos hablaran. Pero la paz no duró ni un minuto. La puerta se abrió. Vanya. Su expresión era ilegible, hasta que sus ojos se clavaron en nuestras manos entrelazadas. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una máscara de odio puro.
—¿Qué haces aquí, Cinco? —preguntó ella, ignorándome por completo. Su voz era un hilo de veneno.
—Necesito hablar con las dos. Son las únicas en las que confío —respondió él, serio.
—Claro, dime —dije, aunque la sola presencia de Vanya hacía que mis poderes de fuego se agitaran bajo mi piel.
Cinco suspiró, su rostro envejeciendo diez años en un segundo. —El fin del mundo está por llegar en ocho días.
El silencio que siguió fue absoluto. —¿Cómo sobreviviste? —pregunté, con la voz rota por la preocupación.
—A base de sobras, comida enlatada, cucarachas... lo que encontrara. ¿Saben lo que dicen sobre que el chocolate jamás se echa a perder? Pues es mentira —respondió con una arrogancia seca.
—No me imagino lo que sufriste —dije, sintiendo una punzada en el corazón al pensar en él, solo, en un mundo muerto.
—Haces lo que sea para sobrevivir o mueres. Nos adaptamos a cualquier obstáculo nosotros .
—¿Quiénes "nosotros"? —preguntó Vanya, con un brillo de sospecha. Cinco evadió la pregunta, su mirada volviéndose distante.
—¿Crees que estoy loco? —preguntó con desdén.
—No, solo me cuesta asimilarlo —respondió Vanya, nerviosa.
—¿Por qué no viajaste de vuelta antes? —insistió ella.
Cinco soltó una carcajada amarga. —¡Ojalá se me hubiera ocurrido! Es una lotería. Me metí en el hielo y no salí como quería. ¿Crees que no traté de regresar por mi familia, por T/N? —dijo, lanzándome una mirada cargada de arrepentimiento.
—Si envejeciste en el apocalipsis, ¿por qué tienes aspecto de niño? —preguntó Vanya, siempre buscando el defecto en su historia.
—Ya lo dije: las ecuaciones salieron mal —respondió él, perdiendo la paciencia.
— ¿Cómo detenemos al fin del mundo?— preguntó tratando de asimilar lo que acababa de escuchar .
Cinco se giró hacia mí. —No lo sé aún, amor.
El uso de la palabra "amor" resonó en la habitación como una campana. Vanya se puso pálida, sus manos cerrándose en puños. —Creo que te equivocaste al llamarla así —dijo con un veneno apenas contenido.
—No me equivoqué. Dije "amor" con toda la intención —respondió él, acercándome y dándome un beso que fue una declaración de guerra ante los ojos de Vanya.
—¡¿Quién diablos eres tú?! —exclamó Vanya, perdiendo finalmente el control.
—¡Hey, no le grites! —saltó Cinco, furioso.
Vanya estalló: —¡Sabes que los viajes en el tiempo te vuelven loco, papá lo dijo! ¿Y regresas diciendo que habrá fin del mundo y resulta que esta tipa es tu novia? ¡Apenas hoy la viste congelada y ya se aman!
Cinco negó con la cabeza, cansado. —Eres demasiado joven para entenderlo, Vanya. No debí decirte nada.
Estábamos por salir, pero Vanya se interpuso en la puerta, con una postura rígida.
—¡Quítate del camino! —bramó Cinco.
—¡No! No te vayas, apenas te recuperé. Quédate esta noche, hablemos con calma. Ella también se puede quedar... —añadió el "ella" con un desprecio tan evidente que casi pude sentir el peso de su odio.
Cinco cedió por agotamiento, sentándose. Me atrajo hacia sus piernas. Juro que mi cara debía ser del color de un tomate encendido.
—Aquí no es un burdel —espetó Vanya desde la cocina.
Cinco me besó, ignorándola por completo. Susurró contra mi oído: —Vete a dormir un rato. Voy a fingir que voy al baño. En cuanto ella cierre los ojos, nos largamos de aquí. Te amo.
Se alejó y fue hacia el baño. Vanya aprovechó el momento. Se acercó a mí como una pantera, su rostro contorsionado por una envidia que me dio lástima.
—Mira, mocosa —susurró, arrastrando las palabras—. No sé quién eres y no me importa. Pero te advierto: mantente lejos de Cinco.
La miré con una frialdad que la tomó desprevenida. —Primero, no soy ninguna mocosa. Segundo, la que no quiere a nadie cerca de Cinco no eres tú soy yo y déjame decirte algo: él me ve como la mujer que ama, a ti solo te ve como a su hermanita. Tercero, si me vuelves a hablar así, no sabrás ni qué te golpeó.
Vanya levantó la mano, lista para soltarme una bofetada. De repente, Cinco apareció frente a nosotros en un parpadeo, deteniendo la mano de Vanya en el aire.
—¿Qué diablos te pasa, Vanya? —rugió él.
—¡Es que ella empezó a molestarme! ¡Me pegó y solo me defendí! —chilló ella, soltándose a llorar con una falsedad que me dio náuseas.