Narra Cinco
El camino al apartamento de Vanya fue un ejercicio de contención. El silencio en el auto era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo. Yo estaba furioso, no solo con Vanya, sino conmigo mismo por haber sido tan imprudente al abrir la boca. Mi mente era un torbellino de recuerdos: el sabor de las latas de comida, el frío del apocalipsis, el cuerpo inerte de T/N en la bóveda, y ahora, la maldita carta que alguien me había robado.
Al llegar, caminé con T/N hacia la entrada. La tensión era insoportable. Sin pensarlo, la jalé del brazo, obligándola a pegarse a mí. Su sorpresa fue evidente, pero cuando nuestros ojos se encontraron, todo el ruido del mundo exterior desapareció.
—Sabes que no me gusta que te enojes conmigo —susurré, acortando la distancia. Su aroma, una mezcla de ozono y algo dulce que me recordaba a mi infancia, me devolvió la cordura. La besé, un beso que no tenía nada de la desesperación del auto, sino que era puro, lleno de una devoción que aterrorizaba y fascinaba a la vez.
—Me encantas —murmuré contra sus labios antes de entrar.
Lo que nos esperaba dentro era un desastre en potencia. Vanya estaba allí, y la estática que emanaba de su presencia era casi tan peligrosa como mis saltos temporales. Cuando vio nuestras manos entrelazadas, una chispa de odio puro cruzó su rostro, pero rápidamente fue reemplazada por una máscara de frialdad.
—¿Qué haces aquí, Cinco? —preguntó, ignorando a T/N como si fuera polvo en el aire.
—Necesito hablar con las dos. Son las únicas en las que confío —dije, tratando de sonar lógico, aunque sabía que estaba metiéndome en la boca del lobo—. Sé que hemos tenido roces hoy, pero esto es vital.
T/N asintió, aunque podía ver cómo sus dedos se cerraban en puños. Le conté todo. El apocalipsis en ocho días, las sobras, el hambre, la soledad absoluta de un mundo sin nadie. Pero mientras hablaba, notaba que Vanya no escuchaba las palabras, escuchaba el tono; ella estaba analizando mi devoción por T/N.
—¿Por qué no viajaste de vuelta? —preguntó Vanya, sus ojos fijos en mí.
—Ojalá se me hubiera ocurrido. Es una lotería. ¡Me metí en el hielo y no salí como quería! ¿Crees que no traté de regresar por mi familia, por T/N, por Dios? —estallé.
T/N lanzó una mirada fulminante a Vanya. La tensión era tan alta que podías sentir el aire ionizado. Entonces ocurrió. Me referí a T/N como "amor" y el mundo de Vanya se vino abajo.
—¿Cómo la llamaste? —preguntó Vanya, su voz temblando de rabia.
T/N, nerviosa, lo repitió ella en un susurro: —Me llamaste amor.
La miré y, sin importar que Vanya estuviera presente, la atraje hacia mí, marcando territorio. —No me equivoqué —dije, dándole un beso corto en los labios, un desafío directo—. Si te dije amor, fue con toda la intención del mundo.
Vanya estalló. Sus gritos fueron una sinfonía de resentimiento contenido por años. —¡¿Quién diablos eres?! ¡Apenas hoy la viste petrificada y ya se aman! ¡Eres un loco!
—Eres muy joven para entenderlo —respondí con frialdad—. No debí decirte nada.
T/N, tratando de calmar las aguas, presionó mi mano. Estábamos a punto de irnos, pero Vanya se plantó en la puerta como un centinela obsesionado.
—¡No! No te vayas. Quédate esta noche y mañana hablamos con calma. Y ella... ella también puede quedarse —dijo, pronunciando el "ella" con un desprecio que hizo que mis instintos protectores se dispararan.
Acepté solo por agotamiento. Me senté en el sofá, arrastrando a T/N conmigo. La obligué a sentarse en mis piernas, una decisión impulsiva diseñada para dejarle claro a Vanya exactamente cuál era mi posición.
—Aquí no es un burdel —gritó Vanya desde la cocina, la voz temblorosa por los celos.
Ignoré el comentario. Besé a T/N, saboreando su piel, y le susurré al oído: —Ahorita, voy al baño. Cuando se duerma, nos largamos de aquí. Te amo.
Me levanté. El camino al baño se sintió como una eternidad. Pero cuando salí, la escena me heló la sangre: Vanya tenía la mano levantada, lista para golpear a T/N. Me teletransporté en un parpadeo, atrapando su muñeca en el aire.
—¡¿Qué diablos te pasa, Vanya?! —rugí.
—¡Tu novia me empezó a molestar, diciendo que nadie me quiere! —sollozó Vanya, con una actuación tan perfecta que por un segundo, me sentí confundido—. ¡Solo intentaba defenderme!
Mi mirada se cruzó con la de T/N. Ella no lloraba; su expresión era de indignación pura. La traición me golpeó como un rayo. ¿Ella estaba mintiendo? ¿Vanya era capaz de esto?
—¿Es cierto? —pregunté, con la voz apenas un hilo, necesitando desesperadamente que ella me dijera que no.
T/N me miró con una frialdad que me atravesó el alma. —Si le crees a ella, perfecto. Me voy. No tengo por qué aguantar a una obsesionada.
Vanya palideció cuando notó que me había dado cuenta de su mentira, pero ya era tarde. T/N se alejó de mí, sus ojos brillando con una mezcla de decepción y orgullo. Salí corriendo tras ella, gritando su nombre, pero la noche se la tragó.
Narra T/N
Caminé sin rumbo, con el eco de la voz de Cinco persiguiéndome. ¿Él dudó de mí? Esa pregunta se repetía en mi cabeza como un disco rayado. Me senté en una banca de un parque solitario, bajo la luz mortecina de una lámpara que parpadeaba intermitentemente.
El frío de la noche me recorría la piel, recordándome la vulnerabilidad de volver a respirar, de volver a sentir cada latido en un cuerpo de carne y hueso. Pero este dolor era peor; este dolor estaba arraigado en el pecho.
—¿Tan poco me conoces, Cinco? —susurré al viento.
Mis manos comenzaron a temblar, no por miedo, sino por una furia que empezaba a desbordar mis límites físicos. Las luces del parque empezaron a estallar una a una, como si fuera una cadena de fuegos artificiales silenciosos. No podía controlar del todo la energía que vibraba en mis venas; el fuego, el hielo y el aire amenazaban con desgarrar el entorno.