Narra Hazel y Chacha
El motel era una antítesis de la eficiencia. Una estructura de concreto barato, paredes descascaradas y ese olor a desinfectante industrial que intentaba, sin éxito, ocultar años de suciedad acumulada. Chacha y Hazel caminaron por el pasillo hasta la habitación 225. La mujer de tez morena, con su traje impecable que contrastaba grotescamente con el entorno, golpeó el mostrador.
—Reservación a nombre de Hazel y Chacha.
El encargado, un hombre sudoroso con los ojos cansados, revisó su libro. —Aquí tienen, habitación 225.
—¿Y la otra? —preguntó Chacha, su voz un látigo afilado.
—Solo reservaron una habitación —respondió el encargado, encogiéndose de hombros.
—Joder con los recortes de presupuesto —masculló Hazel, fulminándolo con la mirada.
—Dime al menos que hay dos camas —sentenció Chacha.
—Sí, señora... muy firmes. ¿Cuánto durará su estancia?
—Solo una noche —respondió ella mientras tomaba el paquete que el tipo le entregaba—. Tenemos un trabajo que cerrar.
Entraron a la habitación. El ambiente era sofocante. Chacha lanzó el paquete sobre una de las camas y comenzó a desenrollarlo con una precisión quirúrgica. Máscaras infantiles —de oso y conejo, grotescamente alegres— y un arsenal de armas de alto calibre quedaron expuestos sobre la colcha. Hazel, que parecía estar a punto de estallar, se dejó caer en la cama con un suspiro lastimero.
—Venga, suéltalo —ordenó Chacha.
—¿El qué?
—No sirve de nada reprimirlo, Hazel. Te dará acidez y tendré que soportar tus quejas toda la noche. Suéltalo ya.
—¡Huele a orina de gato! —estalló él—. Primero nos reducen la dieta, luego nos quitan el seguro de vida y ahora tenemos que compartir habitación como dos cadetes en prácticas. ¿Cuándo se acaba esto?
—Cuando nos retiremos o cuando nos maten, lo que pase primero. Al menos no estamos atrapados en una oficina llenando reportes.
Hazel se quejó al moverse, tocándose la muñeca. —Esta maldita muñeca me está matando. ¿No podían habernos dado mochilas?
Se levantó y, con un movimiento rápido, abrió la ventilación del techo. Chacha lo miró horrorizada al verlo esconder allí el maletín.
—¿Qué haces, imbécil? —preguntó—. Va contra el protocolo. Debemos llevarlo siempre.
—Esa norma la escribió un burócrata que jamás ha estado en el campo —replicó Hazel, cerrando la rejilla—. Que se metan su protocolo por donde no les da el sol. A ver si ellos pueden cargar con esa carga ocho horas al día.
Hazel se dejó caer sobre la cama y activó el mecanismo de vibración del colchón, cerrando los ojos. Chacha, por su parte, sacó una fotografía del objetivo: un hombre mayor. Era el Número Cinco.
—Nunca había perseguido a uno de los nuestros —susurró ella—. ¿Qué les pasó a los otros encargados?
—Liquidados —respondió Hazel sin abrir los ojos—. Lugareños tontos. Lo barato sale caro. Donde está nuestro hombre, está el caos.
Narra Agente Patch
La escena del crimen en la cafetería era un acertijo sangriento. Los cuerpos estaban apilados como sacos de harina, pero no había rastro de un incendio provocado, aunque uno de los hombres estaba completamente carbonizado.
—Diría que esto pasa de uvas a peras —dije, mirando el desastre.
—Coincido. La misma arma en todas las víctimas, excepto en ese —dijo mi compañero, señalando al cuerpo quemado—. No entiendo cómo se incendió si no hay un acelerante.
—Todas las balas coinciden con las armas que ellos mismos cargaban —añadí, analizando la trayectoria de los impactos—. Se mataron entre ellos. Rápido y eficiente. ¿Hubo testigos?
—Una. La encargada, turno nocturno.
Me acerqué a Agnes, una mujer de avanzada edad que estaba sentada en una ambulancia, temblando.
—Señora, soy la agente Patch. ¿Vio lo que ocurrió? Empiece por el principio.
Agnes nos contó la historia de un hombre mayor con dos niños. Pidieron un bollo, café y una rosquilla. Cuando ella volvió, estaban muertos. Pero había un detalle extraño: Agnes mencionaba haber contado la historia a "otro agente".
—¿Qué otro agente? —pregunté, sintiendo un escalofrío en la nuca.
Salí corriendo por la parte trasera del local. Un hombre con el uniforme de policía, pero con el rostro inconfundible de un Hargreeves, intentaba escabullirse. Diego.
—¡Mierda! —gritó él al verse descubierto.
Lo inmovilicé contra la pared, esposándolo sin contemplaciones. —No hables con mis testigos, Diego.
—Te pongo al corriente, Udora —intentó él, con esa arrogancia típica.
—¡Agente Patch para ti! Acordamos ser profesionales.
Mientras lo subía al auto, mis ojos se cruzaron con dos figuras en la oscuridad del callejón: Hazel y Chacha, observándonos, evaluando el escenario, buscando rastro de alguien que no estaba allí. El mundo se estaba volviendo un lugar muy peligroso.
Narra Cinco
El dolor de la ausencia de T/N era un veneno que me paralizaba. Después de salir de casa de Vanya, la busqué por cada rincón de la ciudad. Recorrí callejones, revisé las estaciones de tren, busqué su firma energética... pero ella era como un fantasma que se había desvanecido en el aire.
Regresé a la Academia, a esa estructura fría que llamábamos hogar. La busqué en su habitación, en el sótano donde tantas veces nos sentamos a hablar de un futuro que ahora sabía que nunca llegaría. No había rastro.
La desesperación me superó. ¿Había regresado? ¿La habían tomado? ¿Acaso Vanya le había hecho algo? El recuerdo de la discusión me golpeó: ella era tan convincente, tan llena de ese veneno de hermana despechada, que por un segundo, un maldito segundo, dudé de T/N.
—Eres un idiota, Cinco. Arruinaste todo —me dije a mí mismo, encerrado en mi cuarto.
Traté de dormir, pero cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de T/N en la bóveda, congelada. O peor, la veía muerta en los escombros del futuro. No podía dejar de pensar en dónde estaba, si estaba herida, si alguien la estaba tocando. Cada minuto sin ella era una eternidad de tortura.