Volviste (cinco y tn)

Capítulo 20: El límite de la paciencia

Narra Mark

Caminábamos por las calles de la ciudad, un silencio cómodo envolviéndonos. No sabía qué me impulsaba, pero cada vez que miraba a T/N, sentía que estaba frente a un enigma fascinante. La invité al baile de la escuela, más por instinto que por lógica, y cuando aceptó con esa timidez eléctrica, sentí una victoria que no recordaba haber experimentado antes.

Pero la vida es experta en arruinar momentos.

—¿Con que por esto me cambiaste? ¿Ya no querías ir al baile conmigo? —la voz de Emelie cortó el aire como un látigo. Estaba allí, bloqueando nuestro camino con una mirada que destilaba resentimiento.

T/N se tensó a mi lado. —No le hables así —dije, sintiendo la rabia hervir en mi sangre. T/N me tomó de la mano, un gesto protector que me desconcertó.

—Vámonos, Mark —murmuró ella.

Emelie, cegada por el despecho, se interpuso en nuestro camino. —¡No te vas a ningún lado, zorra!

El aire cambió. No sé cómo describirlo; la atmósfera se volvió densa, cargada de una estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. T/N no gritó. Simplemente, con una rapidez que el ojo humano apenas pudo registrar, le dio una cachetada a Emelie que la hizo tambalearse.

—Yo no soy ninguna zorra —dijo T/N, con una voz gélida que no le conocía—. Tú eres la que engañó a su pareja. No proyectes tu basura en mí.

Emelie intentó abalanzarse sobre ella, pero cuando sus manos estuvieron a punto de tocarla, los ojos de T/N se transformaron. Un azul eléctrico, intenso y violento, surgió de su iris. Emelie se detuvo en seco, como si una fuerza invisible la hubiera golpeado. T/N la soltó, su mirada volviendo a la normalidad mientras la inseguridad regresaba a su rostro, esta vez mezclada con un miedo genuino.

—¿Viste lo que pasó? —preguntó, temblando.

—No sé ni qué fue eso —respondí, atónito.

Ella comenzó a llorar. No era llanto de despecho, era miedo puro. Intenté abrazarla, ofreciéndole el refugio que su cuerpo necesitaba. Fue entonces cuando me contó sobre la Academia Umbrella. Al principio, pensé que eran historias de fantasía, pero ver su angustia me hizo entender que para ella, la Academia no era un lugar de héroes, sino una prisión.

Nos despedimos frente a la mansión. Me sentía protector, casi posesivo. —La propuesta del parque sigue en pie —le dije, intentando sonreír, pero antes de que pudiera responder, una voz cortante nos interrumpió.

—¿Se podría saber cuál propuesta?

Un chico estaba ahí. No sé de dónde salió, pero su presencia era imponente. Tenía la mirada de alguien que queria matarme.

—¿Y tú quién eres? —le pregunté, plantándome frente a T/N.

Él no me miró a mí, sus ojos estaban fijos en ella, con un fuego que me hizo retroceder un paso. —Soy su novio —dijo, rodeándola con la cintura en un gesto de absoluta propiedad.

—Ah, ya veo. Tú eres el idiota que la hizo llorar —repliqué, sintiendo cómo el desprecio por aquel chico, que parecía un niño pero actuaba como un veterano de guerra.

Se despidió de mí con un beso en la mejilla que se sintió como una despedida definitiva. Me fui, pero cada paso me pesaba; sabía que ese chico, a pesar de sus aires de grandeza, era un peligro para alguien tan frágil como ella.

Narra T/N

Sentí que el corazón se me salía del pecho cuando Cinco me tomó de la cintura. No era un abrazo, era una reclamación. Cuando Mark se fue, me giré hacia Cinco, decidida a no ser su juguete emocional.

Entramos en la casa y bajamos al sótano. Él no esperó a llegar a la habitación; apenas cerramos la puerta, empezó a gritar. Su frustración era tan grande que las paredes de la bóveda vibraron.

—¡NO PUEDO CREER QUE APENAS NOS PELEAMOS Y VAS A BUSCAR A OTRO! —bramó, con los ojos inyectados en sangre.

—¡No busqué a nadie! —le grité de vuelta, la indignación borrando cualquier rastro de miedo—. Y no tengo por qué darte explicaciones. No eres mi dueño.

—¡SABES QUÉ! ¡NO TENGO POR QUÉ PERDER EL TIEMPO CONTIGO! ¡AL FINAL DE TODO, TÚ Y YO NO SOMOS NADA!

Aquellas palabras golpearon mi pecho con más fuerza que cualquier bala. El silencio que siguió fue absoluto. Cinco se quedó helado, dándose cuenta de la gravedad de lo que había dicho, pero mi orgullo no me dejó ver el remordimiento en sus ojos.

—Tienes razón —dije, sintiendo que mi voz se rompía pero manteniendo la cabeza en alto—. Tú y yo no somos nada.

—T/N, yo... —intentó acercarse, con la mano extendida hacia mi rostro.

—Ni te me acerques. Lárgate de aquí. No quiero verte.

Lo vi salir. Su espalda se veía derrotada, una silueta pequeña en un pasillo enorme. Cerré la puerta y me desplomé. El dolor era físico, un agujero negro que se expandía dentro de mí. Había intentado recuperar mi vida, pero me di cuenta de que mi vida siempre había estado ligada a él, y ahora, al romper ese vínculo, me sentía más vacía que cuando estaba congelada en la incubadora.

Narra Cinco

Salí de la bóveda como un condenado. ¿Qué acababa de hacer? Las palabras "no somos nada" todavía me sabían a ceniza en la lengua. La frustración con Vanya, los celos hacia Mark y el miedo por el fin del mundo habían convergido en un momento de estúpida arrogancia.

Caminé dos pasos y regrese no podia dejar todo así.¿Cómo pude dejar que la duda me convirtiera en el hombre que detesto? Reginald siempre quiso que fuéramos soldados, máquinas sin sentimientos, y al decirle a T/N que "no éramos nada", le di la victoria al viejo.

¿Y si ella no me perdona? La pregunta me taladraba el cráneo. Mi arrogancia, mi complejo de superioridad, mi necesidad de control... todo eso era lo que me había mantenido vivo en el futuro, pero era exactamente lo que me estaba matando en el presente.

"Al final de todo tú y yo no somos nada".

Qué mentira tan grande. Ella era lo único real en este siglo lleno de gente falsa.Si el fin del mundo llega en siete días, no me importa. Pero si tengo que morir, prefiero hacerlo pidiéndole perdón una última vez. Me prometí que o ella me perdonaba, o terminaría de destruir lo poco que me quedaba de alma. La guerra con Vanya, la Comisión, el apocalipsis... todo podía esperar. Primero, tenía que recuperar a mi Ocho.




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