Volviste (cinco y tn)

Capítulo 21: Rupturas, disfraces y el precio de un te amo

Antes de la pelea

Narra Cinco

El aire en la habitación de Klaus era una mezcla tóxica de olor a incienso, sudor y las partículas de polvo que bailaban bajo la luz mortecina de la ventana. Klaus, como de costumbre, estaba en su propio mundo, balbuceando cosas sin sentido cerca del cristal. Yo, en cambio, estaba atado a una misión que me resultaba humillante: necesitaba que él se hiciera pasar por mi padre.

—¿Y yo qué tengo que ver en esto? —preguntó, ignorándome mientras observaba algo en el exterior que solo él parecía ver.

—Necesito una reunión, Klaus. Y dado que el "viejo" está muerto y enterrado, tú eres el único que tiene la estatura y la falta de juicio necesaria para no hacer preguntas incómodas —dije, sintiendo cómo la frustración me burbujeaba en la garganta. La ausencia de T/N era un agujero negro que me devoraba.

—¿Y qué gano yo? —insistió, girándose finalmente—. Además, ¿por qué no le pediste ayuda a los demás?

—Porque no están, porque eres un desastre y porque eres el único idiota que cobrará barato por esto —espeté, perdiendo la paciencia—. Te daré veinte dólares.

—Veinte dólares... —Klaus soltó una risita—. Trato hecho. ¿Qué debo ponerme?

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió. Mi corazón dio un vuelco. Por un segundo, una fracción de segundo, deseé con todas mis fuerzas que fuera T/N, que hubiera vuelto para decirme que todo era un error. Pero no. Era Vanya. Su expresión era suave, casi vulnerable, algo que me puso en alerta inmediata.

—Menos mal que estás aquí —dijo, cerrando la puerta tras de sí—. Estaba preocupada. Debo disculparme por lo de ayer. Fui una idiota, debí creerte.

Me levanté de la cama, desconfiando de cada uno de sus movimientos. —No... yo debería disculparme. Fui demasiado rudo.

—Es difícil asimilar que el mundo se acaba —dijo, acercándose—. Tal vez no sea la persona indicada, pero mi terapeuta tenía datos de... bueno, de personas con misiones mentales. Tal vez pueda darte los datos si crees que esto es algo psicológico.

¿Psicológico? La rabia volvió a asomar, pero la reprimí. —Gracias, pero creo que solo necesito dormir.

Cuando Vanya se fue, Klaus salió del clóset, soltando una carcajada. —"Estás emotivo". Todo esto de la familia es un asco, Cinco.

—¡Cállate o te juro que te dejaré mudo! —le grité.

Lo obligué a buscar algo "profesional" en el armario de Reginald. Mientras él hurgaba, me acerqué a la ventana para despejarme. Fue entonces cuando mi mundo se detuvo. En el jardín, T/N estaba ahí, riendo con un chico. Un tipo cualquiera, con una sonrisa estúpida.

La sangre me hirvió. Mis venas parecían contener ácido.

—Ponte eso ahora, nos vamos —gruñí, teletransportándome a la sala con una velocidad que hizo que el aire silbara.

Llegué justo a tiempo para escuchar al tipo —el mismo idiota de la cafetería— soltar una propuesta de baile. Mi arrogancia tomó el control. Salí al encuentro de ambos, viéndolos interactuar con una cercanía que me hizo desear atravesar al chico con la primera cosa afilada que encontrara.

—¿Se podría saber cuál propuesta? —pregunté, con la voz cargada de un veneno que ni siquiera intenté ocultar.

—¿Y tú quién eres? —preguntó el idiota, sin soltarla.

Me acerqué a T/N, invadiendo su espacio, pegándola a mí con un gesto posesivo. —Soy su novio —sentencié.

El tipo sonrió con una arrogancia que me hizo querer romperle la mandíbula. —Ah, ya sé quién eres. El imbécil que la hizo llorar.

Mis ojos se cruzaron con los de T/N. Había decepción en su mirada, un dolor que me clavó mil agujas, pero no podía dar marcha atrás. Después de una despedida cargada de tensión, la seguí al sótano. El griterío fue inmediato. Ella intentaba ignorarme, buscaba su ropa, evitaba el contacto visual.

—¡NO PUEDO CREER QUE APENAS NOS PELEAMOS Y VAS A BUSCAR A OTRO! —le grité, cegado por unos celos que me hacían sentir asqueroso.

—No busqué a nadie. Y no tengo por qué darte explicaciones —replicó ella, su frialdad hiriéndome más que cualquier insulto.

—¡SABES QUÉ! ¡NO TENGO POR QUÉ PERDER EL TIEMPO CONTIGO! ¡AL FINAL DE TODO, TÚ Y YO NO SOMOS NADA!

Las palabras salieron de mi boca antes de que mi cerebro pudiera procesarlas. El silencio que siguió fue peor que el fin del mundo. Vi su cara: no fue una reacción de dolor, fue una aceptación cruel.

—Tienes razón... Tú y yo no somos nada —dijo ella, con una calma que me hizo temblar.

No. Eso no era lo que quería decir.

—T/N, yo... —intenté acercarme, pero ella se alejó como si yo fuera una mancha de aceite.

—Ni te me acerques. Lárgate de aquí. No quiero verte.

Salí de la habitación, sintiéndome como el ser más miserable del planeta. Me quedé en el pasillo, fuera de su vista, escuchando sus sollozos al otro lado de la puerta. Cada uno de ellos era una puñalada. No pude aguantarlo más. Entré de nuevo, ignorando su intención de alejarse. La tomé por los hombros, obligándola a mirarme, y la abracé con tanta fuerza que temí lastimarla.

—Perdóname —susurré, enterrando mi rostro en su cuello—. Estaba muerto de celos. Verla contigo... sentir que te perdía... me vuelve loco. Perdóname.

—Me dolió lo que dijiste, Cinco —dijo ella, todavía sollozando—. Me presentas como tu novia y a los dos minutos dices que no somos nada. Y es verdad... tal vez no lo seamos.

La tomé de la barbilla, obligándola a encontrar mi mirada. En ese momento, no había futuro, no había Comisión, no había apocalipsis. Solo había una chica que me había esperado una vida entera y un idiota que no sabía cómo tratarla. La besé, no con la desesperación de antes, sino con una promesa implícita. Este beso era una rendición.

—Somos todo —dije, separándome apenas unos milímetros—. No vuelvas a decir que no somos nada. Porque si el mundo se acaba en siete días, prefiero quemarme junto a ti que salvarme solo.




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