Volviste (cinco y tn)

Capítulo 22: El ojo que todo lo ve (y nada comprende)

Narra T/N

Cuando Cinco cerró la puerta de la habitación, el aire pareció abandonar el lugar. Me dejé caer en la cama, envuelta en una marea de llanto que no lograba contener. Las palabras de Cinco —no somos nada— seguían resonando en mi mente, quemando como ácido. No era solo la ruptura; era la traición de la desconfianza. Tras diecisiete años esperando, el hombre que amaba me había cambiado por una sospecha sembrada por una hermana celosa.

Pero entonces, sentí unos brazos familiares rodeándome. El perfume a ozono y café amargo me golpeó antes de que pudiera registrar quién era. Traté de zafarme, de mantener el orgullo intacto, pero su agarre era firme y desesperado.

—Perdóname —susurró Cinco contra mi cuello, su voz cargada de un arrepentimiento que me desarmó—. Estaba muerto de celos. Cuando te vi con ese chico, cuando vi que te sonreía... perdí la cabeza. No son palabras que piense, T/N. Son palabras de un hombre que se siente insuficiente para ti.

—Me dolió, Cinco. Me presentaste como tu novia y a los cinco minutos me borraste. Eso no se hace. Y tienes razón, quizá no somos nada... porque lo que yo sentía por ti era algo que requería confianza.

Él me tomó de la barbilla, obligándome a mirar sus ojos verdes, que brillaban con un deseo que no había cambiado en casi dos décadas. Me besó con una delicadeza que contrastaba con su arrogancia habitual. Sus manos bajaron a mi cintura, atrayéndome a él, y por un momento, en el refugio de ese beso, el tiempo se detuvo. Sus manos acariciaron mi cuello, provocando espasmos de deseo que me dejaron sin aliento. Estábamos a punto de cruzar un límite cuando un golpe seco en la puerta nos obligó a separarnos de golpe.

Ben y Klaus estaban allí. La cara de Ben era un poema de incomodidad, mientras que Klaus parecía haber salido de una fiesta de los años setenta.

—Perdón, no quería interrumpir la luna de miel —dijo Klaus, con esa sonrisa cínica que tanto lo caracterizaba—. Pero, Cinco, tengo prisa. Necesito mis veinte dólares.

—¡Lárgate de aquí! ¡Ahora mismo! —rugió Cinco, mientras yo trataba de cubrirme el rostro, roja como un tomate.

—Uy, qué humor. Además, no sé cómo te soportas, T/N. El chico de hace rato tenía mucho más estilo —soltó Klaus antes de salir corriendo, seguido por la sombra de Ben.

Cinco me miró, con el ceño fruncido pero una chispa de diversión en sus ojos. —¿A dónde vas a ir? —pregunté, tratando de recuperar la compostura.

—A buscar al dueño del ojo. Es la clave para detener el Apocalipsis.

—Quiero ir —dije, desafiante.

Él me miró sorprendido, pero luego sonrió, un gesto que me hizo sentir que, después de todo, él todavía me veía como a una igual. —Claro, siempre y cuando me perdones del todo. Tenemos que hablar sobre... ya sabes.

—Ve a bañarte —le dije, dándole un empujón—. Tenemos una cita con Mark a las cinco, y si no estamos a tiempo, voy a tener que explicarle por qué mi novio es un neurótico.

Él rio y volvió a besarme antes de ir al baño. Cuando salió, ya estaba con el uniforme de la Academia, luciendo como el Cinco que recordaba antes del fin del mundo. Klaus, desde el pasillo, no dejaba de gritar sobre el dinero. Tomé a Cinco de la mano, sintiendo que nuestra alianza se fortalecía, a pesar de las grietas.

Narra Cinco

La clínica a la que llegamos olía a muerte y desinfectante barato. Entrar con T/N y Klaus fue como entrar a una convención de gente inadaptada. Klaus estaba en su modo más caótico, riendo y haciendo comentarios que solo él entendía.

En la oficina del doctor, las cosas se pusieron tensas rápidamente. Un sujeto con bata blanca nos miraba con desprecio desde su escritorio.

—Ya le dije a su hijo que esa información es confidencial —dijo el doctor, ignorándome para dirigirse a Klaus, quien seguía intentando hacerse pasar por el viejo Reginald.

Klaus, fiel a su estilo, estalló. —¡¿Quién le dio permiso para herir a mi hijo?! ¡Y no le llames "nena"! —gritó señalando a T/N.

—¡No me llames así! —rugió Cinco, sintiendo que sus celos volvían a asomarse.

—Cálmense los dos —dijo T/N, y su voz tuvo un efecto tan potente que incluso el doctor se quedó callado. Pero entonces, la arrogancia de Cinco tomó el mando.

—Bueno, T/N... ya que eres tan valiente, ¿por qué no le pegas a Cinco? Desquítate por lo de hace rato —bromeó Klaus, disfrutando del caos.

El doctor nos miró con miedo. —Si alguien golpea a alguien, llamo a seguridad.

Sin previo aviso, le solté un puñetazo al médico. Fue impulsivo, fruto de la frustración acumulada, pero T/N no se quedó atrás. Con un golpe seco y certero, le dio un derechazo en la mandíbula que hizo que el tipo se tambaleara.

—¡Eso es para que no me vuelvas a llamar "frágil", imbécil! —exclamó ella, con sus ojos brillando de ese tono azul eléctrico que siempre me causaba una mezcla de miedo y fascinación.

El doctor, sangrando, nos miró con terror. —¡¿Qué pensarán cuando vean a mi padre sangrando?! —dijo Klaus, que no dejaba de reír.

Cinco, ignorando la escena, tomó al doctor por la camisa. —No me importa tu padre, ni la seguridad, ni las leyes. Dame el maldito historial.

El doctor nos condujo a los archivos. El silencio era tenso mientras buscaba. De pronto, el hombre se detuvo, con la cara pálida.

—Esto es imposible —murmuró.

—¡¿Qué?! —exclamé, sintiendo que la sangre se me subía a la cabeza.

—Este ojo... el número de serie... es un error. Este ojo ni siquiera se ha fabricado todavía. Ni siquiera existe en nuestro inventario. ¿De dónde sacaron esto?

Nos miramos los tres. Un error en el tiempo. Un ojo que no debería existir. El misterio se volvía más profundo, más oscuro. T/N me tomó de la mano, y por un momento, en esa oficina llena de polvo y documentos prohibidos, sentí que estábamos al borde de un abismo que podría tragarnos a todos.

—Si no se ha fabricado —dijo T/N, su voz apenas un susurro—, significa que el dueño del ojo no solo viene de otro tiempo... significa que alguien está jugando con nosotros desde un punto que ni siquiera podemos calcular.




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