Narra Cinco
—¡Carajos, todo me sale mal! —rugí, lanzando un puñetazo contra la pared. El ojo de cristal, ese maldito objeto que debió ser la pieza del rompecabezas, solo me había traído más preguntas que respuestas. La frustración era una presión constante en mis sienes.
—Hey, tranquilo, no te pongas así —dijo T/N, acercándose por detrás. Sentí sus manos rodear mi cintura, un gesto que debería haberme calmado, pero que solo avivó la tormenta que tenía dentro.
Me aparté de ella con brusquedad, más por miedo a mi propio descontrol que por desprecio. —No estoy para cariñitos en este momento, T/N. El mundo se está desmoronando y yo sigo atrapado en un laberinto sin salida.
—¿Y por qué es tan importante ese ojo? —preguntó Klaus, que observaba la escena con una mezcla de aburrimiento y resaca—. Pareces un perro persiguiendo su propia cola.
—¡Ya te lo expliqué, pareces un retrasado mental! —grité, perdiendo los estribos. La desesperación de saber que nos quedaban días, mientras ella seguía aquí, en el presente, con un chico que no conocía, me estaba volviendo loco.
—Vale, vale. ¿Me das mis veinte dólares? —preguntó él, ignorando olímpicamente mi estallido de ira.
—¡¿Tus veinte dólares?! ¡¿En serio?! ¡Se acerca el fin del mundo en siete días y tú solo piensas en tu próxima dosis de estupidez!
—También tengo hambre, mis tripas rugen —dijo él, encogiéndose de hombros. T/N soltó una risita ahogada que me hirvió la sangre.
—¿De qué te ríes? ¡Todos ustedes son unos inútiles! —les grité, sintiendo que estaba solo en esto, como siempre.
—Tienes que relajarte, señor viajes-en-el-tiempo —dijo Klaus, sin inmutarse—. Ya sé por qué estás tan estresado. Debes estar caliente como una tetera. Tantos años solo te han vuelto loco.
Me quedé en silencio, un silencio que pesó toneladas. La imagen de Dolores, la maniquí que me acompañó durante décadas en el apocalipsis, cruzó mi mente. —No estuve solo —dije, con una melancolía que no reconocí en mi propia voz.
—¿Ah, sí? ¿Con quién?
—Se llamaba Dolores. Pasé treinta años con ella —dije, mirando al vacío.
—¿Treinta años? ¡Wow! Mi relación más larga ha sido de tres semanas, y fue porque estaba cansado de buscar a alguien que me aguantara —dijo Klaus, intentando romper el hielo con su humor absurdo.
—La extraño mucho. Sus palabras de aliento, su forma de escuchar... —comencé, pero T/N me interrumpió, su voz cargada de un veneno que no esperaba.
—Pues ve a buscarla para que te haga mimos, porque yo ya me cansé de aguantar tus estúpidos celos y tu mal carácter —dijo ella, caminando hacia la salida.
—T/N, ¡no te enojes! ¡Entiende que estaba solo! —le grité, sintiendo cómo el miedo a perderla me dominaba.
—¡¿Y tú crees que yo estaba acompañada?! ¿Crees que me la pasé esperando a que llegaras o intentando rehacer mi vida? —preguntó, sus ojos echando chispas—. No todo gira alrededor de ti. No puedo estar esperando siempre a alguien que ni siquiera sé si volverá.
—¡Pues tienes razón, no todo gira alrededor de ti! ¡Si te vas, es tu decisión! —le respondí, cegado por el orgullo.
—¡Perfecto! ¡Prefiero morir rodeada de gente que me dé amor y confianza antes que estar con alguien que me grita y me mira con odio!
Se marchó. Corrió fuera de la habitación y, por un momento, me quedé paralizado, con el sabor amargo de mis propias palabras en la boca. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo pude ser tan estúpido?
Narra T/N
Corrí hasta el maldito parque, buscando el aire que él me había robado. Estaba destrozada, mi cuerpo vibraba con una energía que no lograba comprender. De repente, mis manos empezaron a chisporrotear; rayos eléctricos saltaban de mis dedos, iluminando el césped como si fuera una tormenta eléctrica privada. Me asusté. ¿Era esto lo que me estaba pasando? ¿Mis poderes se estaban descontrolando, o era solo el reflejo de mi rabia contenida?
Me obligué a calmarme y caminé hacia la casa de Mark. No quería estar sola en la Academia, no con el recuerdo de Cinco acechándome en cada pasillo. Cuando llegué a la puerta, Nicol, la hermana de Mark, me recibió con una alegría que no merecía.
—¡T/N! —gritó, feliz de verme.
—Hola, nena. ¿Cómo estás?
—Extrañándote. Oye, ¿qué pasó ayer? Mark llegó gritando que un "imbécil" lo había insultado...
Mark apareció en el marco de la puerta, un poco avergonzado. —Gracias por avergonzarme frente a mi hermana, Nicol.
—De nada, hermanito. Bueno, los dejo solos —dijo ella, retirándose. Mark me observó, notando mis ojos hinchados.
—¿Qué te hizo ese idiota? —preguntó, abrazándome con una suavidad que me hizo querer llorar de nuevo.
—Me dijo que no todo giraba alrededor de mí. Que me fuera si quería —confesé, dejando que las lágrimas cayeran. Él acarició mi cabello.
—Es un imbécil. No vale la pena que llores por él, aunque sé que lo quieres.
—Mark, me pasó otra vez —dije, sintiendo los restos de la descarga eléctrica en mis palmas.
—¿Cómo fue ahora?
—Electrizante. Fue una descarga real. ¿Solo pasa cuando lloro o me enojo?
Mark me miró, pensativo. —Necesitamos investigar. ¿No tienes libros en la Academia?
—No quiero estar sola allá. ¿Me acompañas? —pregunté, sintiendo que su presencia era la única que podía mantenerme conectada a tierra en ese momento.
Fuimos a casa de Mark para que él se cambiara. Mientras esperaba, me senté en su cama. Él entró, desprevenido, y se quitó la camisa. Me puse roja como un tomate.
—¡Mark, avísame cuando te vayas a cambiar! —exclamé, tapándome los ojos.
Él empezó a reír. —Tranquila, solo me quité la playera. Toma esto, va a llover y no te vayas a resfríar.
Me lanzó una sudadera. Me la puse, sintiendo su aroma, un olor a limpio y a normalidad que era como un bálsamo. Al bajar, su madre y su hermana nos observaban con una curiosidad que me hizo sentir parte de algo.