Narra Cinco
—¡Carajos, todo me sale mal! —rugí, golpeando la pared del taxi con una fuerza que me dolió hasta el alma.
Klaus, sentado a mi lado, ni siquiera se inmutó, más preocupado por sus alucinaciones que por el hecho de que el fin del mundo nos respiraba en la nuca.
—No entiendo por qué demonios se tenía que enojar —mascullé, aunque en el fondo sabía exactamente por qué. La mención de Dolores, de mi vida en el apocalipsis, fue el clavo final en el ataúd de mi paciencia.
—Cinco, amigo, mírame —dijo Klaus, girándose—. Prácticamente le dijiste a la chica que te gusta, esa que estuvo congelada por tu culpa, que tuviste una "relación" de treinta años con alguien que por lo que terminaste de comentar es un maniquí. ¿Qué esperabas? ¿Que te lanzara pétalos de rosa? T/N es inteligente, se dio cuenta de que pasaste tres décadas con otra, aunque fuera de plástico. Y por cierto, dame mis veinte dólares.
—¡¿Tus veinte dólares?! —grité, ahogado en rabia—. ¡Se acerca el fin del mundo en siete días y tú solo piensas en tu próxima dosis de estupidez!
—También tengo hambre, mis tripas rugen.
—¡Todos son unos malditos inútiles! —rugí hacia el conductor—. ¡No pares, sigue conduciendo!
Me asomé por la ventana. La ciudad me parecía una tumba esperando a ser sellada. Tenía que llegar a la tienda "Hermanos Gimbel". Dolores estaba allí, y si ella era mi única ancla a la cordura, la recuperaría. Klaus siguió gritando sobre su dinero hasta que lo silencié con una mirada de puro odio. Luego, me despedí de él. Tenía cosas más importantes que hacer; arreglar las cosas con Ocho tendría que esperar a que no nos convirtiéramos en polvo cósmico.
Narra Allison
La parte más alta de la Academia era el único lugar donde podía respirar. Encendí un cigarrillo, dejando que el humo se mezclara con la noche gris. No vi a Pogo acercarse; su bastón apenas emitía sonido sobre la madera.
—Joven Allison, la estaba buscando —dijo. Apagué el cigarrillo al instante, avergonzada.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—Es el lugar al que siempre venías cuando estabas molesta. Es una triste costumbre.
—¿Quién te lo dijo? ¿Luther?
—En realidad, fue Vanya. Está preocupada por ti.
Me quedé helada. Vanya... la chica a la que había tratado con tanto veneno. —Le dije cosas horribles. No me merezco su preocupación.
—Es tu hermana, Allison. Sabe que fue sin intención.
—Lo dudo. Ella no sabe nada de mí, y lo peor es que yo no sé una mierda de ella. Ni de quién es realmente, ni de qué es capaz.
Pogo me llevó a ver las cintas. Ver esos videos de seguridad, ver a mi padre grabándonos como si fuéramos objetos de estudio en lugar de niños, me hizo sentir náuseas. Encontré una cinta escondida, algo que Pogo intentó evitar que viera. Al ponerla, vi a Reginald Hargreeves en una conversación que cambiaría todo lo que creíamos saber. Mis manos empezaron a temblar. El secreto de papá no era solo una disciplina estricta; era una traición absoluta.
Narra Cinco
Entré en la tienda "Hermanos Gimbel" con la precisión de un depredador. La linterna cortaba la oscuridad mientras recorría los pasillos. Allí estaba. Mi objetivo. Mi consuelo.
—Dolores... qué gusto verte. Te extrañé, obviamente. Bueno, han sido días difíciles —susurré, acariciando la mejilla fría del maniquí.
—¡NO! —el grito de un agente de la Comisión resonó en el lugar.
La tienda se iluminó con destellos de disparos. Chacha y Hazel habían llegado. Las balas arrancaron pedazos de la tienda, destruyendo estantes y maniquíes, pero no me importó. Me abalancé sobre Dolores, protegiéndola con mi cuerpo.
—No te muevas. Ahora vuelvo —le dije al trozo de plástico, esperando una respuesta que sabía que no llegaría.
Me teletransporté. Mi cuerpo protestó; la energía que me quedaba era mínima, una reserva de emergencia. Golpeé a Chacha con un palo de madera, luego tiré un estante sobre Hazel. Intenté saltar de nuevo, pero el salto fue un fracaso: mi cuerpo me abandonó a mitad del aire, y caí, dolorido, entre los restos de un maniquí destrozado.
Las sirenas de la policía empezaron a sonar a lo lejos. Era mi única oportunidad. Agarré a Dolores, sentí el peso de sus extremidades de plástico y corrí hacia la salida trasera.
Narra T/N
Mientras Cinco luchaba por su vida, yo estaba en la Academia, en la biblioteca secreta, leyendo sobre los eventos que precedieron a la muerte de Reginald. Mis poderes, antes inestables, ahora empezaban a responder a mi voluntad. Podía sentir la electricidad recorriendo mis venas, una red de energía que me conectaba con la casa.
Había encontrado algo. En los archivos personales de papá, había una mención a un "Número Ocho" que no era yo. Había alguien más. Alguien que fue borrado de los registros antes de que yo fuera siquiera una idea en la cabeza de Reginald.
—¿Qué nos hiciste, viejo? —murmuré para mí misma.
La casa estaba llena de secretos, y Cinco estaba ahí fuera, buscando respuestas en los lugares equivocados. Tenía que encontrarlo. Si Cinco moría, Dolores sería lo único que le quedaría, y yo no pensaba permitir que fuera su consuelo final.
Narra Diego / Patch
Diego estaba furioso en la parte trasera de la patrulla. Patch lo miraba con esa mezcla de desdén y deber profesional que tanto irritaba a Diego.
—¡Te lo puedo explicar! —rugía Diego, pero Patch no cedía.
—Agente Patch, tenemos otra escena de crimen cerca de la tienda "Hermanos Gimbel". Se reportan disparos —dijo el compañero de Patch por radio.
—Vamos —ordenó Patch, encendiendo las sirenas.
Diego, viendo la oportunidad, comenzó a forzar las esposas con una herramienta que había robado del cinturón del oficial. Sabía que Cinco estaba en esa tienda.
Narra Cinco
Estaba acorralado. Hazel y Chacha se acercaban, sus máscaras infantiles —el oso y el conejo— brillando bajo la luz de la policía que ya rodeaba el edificio.