Volviste (cinco y tn)

Capítulo 26: Sombras en la biblioteca y el precio de la inocencia

Narra T/N

La decisión estaba tomada. Después de una larga charla con Mark y Nicol, en la que me ayudaron a procesar el torbellino de energía y descargas eléctricas que se había desatado en mi interior, supimos que necesitábamos respuestas. La Academia Umbrella nunca había sido mi hogar —para mí, el único refugio real siempre había sido Pogo, quien me trató con la paciencia de un padre verdadero—, pero sabía que allí estaban los registros. El plan era sencillo: iríamos al baile de graduación de Mark por la noche, y al terminar, nos adentraríamos en la mansión Hargreeves para investigar los archivos de Reginald.

Esa noche, la cena transcurrió entre risas, bromas tontas de Mark y la calidez de su familia. Sin embargo, conforme avanzaban las horas, mis párpados comenzaron a pesar como plomo.

—Chicos, ya tengo sueño —dije, bostezando con fuerza.

—Vamos a dormir —respondió Nicol con dulzura.

Me prestó algo de su ropa cómoda y caí en un sueño profundo. Pero la tranquilidad duró poco. A la mañana siguiente, me desperté con un peso descomunal aplastándome el pecho.

—¡Mark, bájate, pesas! —grité entre risas al ver al chico encima de mí.

—¿Me has dicho gordo? —bromeó él, fingiendo una ofensa exagerada.

—Tal vez, pero ¡bájate ya!

—Jajaja, chistosita. Bueno, baja a desayunar —dijo antes de salir corriendo de la habitación.

Al bajar las escaleras, el ambiente era hogareño. —Hola, linda. Siéntate, ahorita te sirvo —dijo la mamá de Mark con una amabilidad infinita.

Mark la miró con una falsa indignación. —A ella la atiendes como si fuera la reina de la casa y a mí ni un "buenos días" me dices, mamá.

—Ya, Mark, no empieces —contestó ella mientras yo soltaba una carcajada.

—No te burles, T/N —me retó él. Alcé las manos en son de paz.

Desayunamos entre risas, bromas y chistes malos. Estar con ellos me hacía olvidar por momentos que el fin del mundo estaba a la vuelta de la esquina y que mi cuerpo albergaba un poder que apenas comenzaba a comprender.

Narra Cinco

La resaca me taladraba el cráneo, pero la urgencia era mayor. Cuando logré estabilizarme, regresé a la Academia Umbrella, esperando encontrar a mi Ocho, mi refugio, la única persona que entendía mi locura. En su lugar, me encontré con una mansión destrozada y a Luther tirado en el suelo, gimiendo de dolor.

—¡Qué rayos pasó aquí! —grité, recorriendo el vestíbulo con la mirada.

—¿Que qué pasó? ¡Unos tipos vinieron a buscarte e intentaron matarnos, eso pasó, Cinco! Tienes que decirnos en qué demonios andas metido —bramó Diego, con los nudillos ensangrentados y la vena del cuello a punto de reventar.

Respiré hondo, intentando contener la furia. —Okay, les contaré todo... pero necesito ver primero a Ocho. Ella me ayudará a explicarles.

—La chica que se fue contigo jamás regresó —respondió Allison, cruzándose de brazos con una expresión fría.

—¡¿Cómo que no regresó?! —grité, sintiendo que el suelo se desvanecía bajo mis pies.

—No. Pensé que la chica estaría contigo cuando volvieras —contestó Diego con molestia.

Luther se puso de pie con dificultad, sosteniéndose el hombro herido. —Chicos... tengo que decirles algo sobre esa chica.

—¡De qué diablos hablas, Luther! —le exigi, perdiendo los últimos gramos de paciencia que me quedaban.

—Ella es una amenaza para el mundo. No debe estar libre en las calles —sentenció él con una autoridad absurda.

—¿De qué estás hablando?

—Fui a investigar sobre ella. Quería saber por qué papá la escondía en el sótano, por qué la mantenía oculta. Sus poderes son destructivos, pero hay dos en especial que podrían acabar con todos nosotros... y con el planeta —dijo Luther, mirándome fijamente.

—¡Estás loco! Ella no puede dañar a nadie, ella no es así —le grité, la ira nublándome la vista. No iba a permitir que repitieran las mentiras de Reginald.

—Cinco, ¿a dónde vas? —preguntó Allison al ver que me daba la vuelta.

—¡A detener el fin del mundo y a demostrar que ella no tiene nada que ver en esto! —contesté con furia, saliendo de la estúpida Academia a zancadas.

Subí a una camioneta robada y me dispuse a vigilar el laboratorio del médico de la clínica. Tenía que encontrar el origen de ese maldito ojo. Esperé horas, inmóvil, hasta que vi al doctor acercarse a un auto y entregar un paquete sospechoso. Lo seguí sigilosamente hasta un vecindario oscuro. Cansado por el estrés acumulado, me quedé profundamente dormido en el asiento del conductor. Mañana hablaría seriamente con ese maldito doctor. Zzz...

Mientras tanto, en un rincón oscuro de la ciudad, el caos tenía otra cara.

—¡Dinos dónde está! —gritó Chacha, propinándole un golpe seco a Klaus, quien se encontraba atado a una silla, siendo sometido a un interrogatorio brutal por parte de los dos agentes de la Comisión.

—Jaja... si sabía que me faltaba un poco de adrenalina —contestó Klaus, completamente drogado, con una sonrisa estúpida en el rostro.

Hazel enterró un cuchillo en la pierna del prisionero, provocando que Klaus soltara otra carcajada lunática en lugar de un grito de dolor. —Te lo preguntaré otra vez: ¡¿Dónde está Cinco?!

—Jaja... no lo sé —respondió con una alegría desmedida.

Chacha, cansada de los métodos tradicionales con un drogadicto inmune al dolor físico, decidió cambiar de táctica. —Probemos otra cosa.

—¿Cómo qué? —preguntó Hazel, frotándose la sien.

—¿Te acuerdas del protocolo 1561?

—¡Chacha, cómo me voy a acordar si llevamos años haciendo esta mierda! —replicó Hazel con fastidio.

—Bueno, si queremos que hable, tenemos que aprender a conocer con quién tratamos —dijo la mujer, acercándose amenazantemente a la ropa de Klaus.

Horas más tarde, el panorama era desolador: un hospital abandonado y parcialmente quemado reflejaba el paso de la Comisión.

Por su parte, T/N sentía una extraña punzada en el pecho. Decidió regresar a la Academia por un libro que solía leer antes de que todo se torciera. Fue sola; todos en la casa de Mark ya estaban durmiendo. Entró sigilosa a la biblioteca oscura, tomó el volumen entre sus manos y, de repente, escuchó un crujido a sus espaldas. Escondió el libro contra su pecho y trató de correr hacia la salida, pero una sombra la interceptó. Un golpe seco y certero en la nuca la hizo perder el conocimiento al instante. Lo último que vio antes de caer en la oscuridad fue la silueta imponente de un hombre grande.




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