Narra T/N
Un dolor punzante, como si mil agujas me atravesaran el cráneo, fue lo primero que me devolvió a la consciencia. Intenté mover las manos para masajearme la sien, pero un tirón seco me detuvo. Al abrir los ojos, la penumbra de la habitación me golpeó de inmediato, seguida por una ola de terror absoluto.
Estaba atada con cuerdas gruesas y ásperas, inmovilizada exactamente en el mismo centro de la cápsula de contención donde había permanecido petrificada durante diecisiete años.
—¡No... no puede ser! —balbuceé, forcejeando con desesperación. Mis muñecas comenzaron a irritarse, la piel cedió y la sangre empezó a teñir las cuerdas de un rojo brillante.
Los recuerdos de la noche anterior eran un torbellino confuso. Había salido de casa de Mark tras dejar la nota, caminando bajo el frío de la madrugada con la intención de buscar aquel libro en la biblioteca de la Academia Umbrella. Recuerdo haber entrado con cautela, sabiendo que todos dormían. Encontré el volumen, sentí un crujido a mis espaldas y... la oscuridad me había tragado tras un golpe seco en la nuca. ¿Quién había sido? ¿Por qué me había encerrado aquí otra vez?
—¡AYUDA! ¡SÁQUENME DE AQUÍ, POR FAVOR! —grité con lo que me quedaba de fuerzas, desgarrando mi garganta.
Pero era inútil. La bóveda estaba diseñada para aislar el sonido; ni un solo eco atravesaría las gruesas puertas de acero. La claustrofobia, mezclada con el pánico de saber que el mundo exterior seguía su curso mientras yo me pudría en este sótano, desató el caos dentro de mí. Mi corazón galopaba a un ritmo frenético, las manos me temblaban y una oleada de energía eléctrica, salvaje e incontrolable, comenzó a brotar de mis palmas. Los rayos azules chisporrotearon a lo largo de las cuerdas, recorriendo cada fibra de mi cuerpo hasta que la sobrecarga fue insoportable. Mis ojos brillaron con intensidad por última vez antes de que la consciencia me abandonara por completo, sumergiéndome en un abismo negro.
Dos días después...
En el exterior, el tiempo no se había detenido, pero para Mark y Nicol, el mundo parecía haberse congelado. Llevaban cuarenta y ocho horas buscando a T/N. Habían acudido a las puertas de la Academia Umbrella una y otra vez, solo para ser espantados por un gigante imponente que les negaba el paso. La angustia carcomía al joven rubio, quien había intentado contactar a Cinco sin éxito alguno.
Desesperado, Mark decidió una última y arriesgada jugada: regresó a la mansión Hargreeves. Para su suerte, las puertas principales estaban entreabiertas. Al cruzar el umbral, se encontró de frente con Cinco, quien lo miró con un desprecio tan denso que podría haber cortado el aire.
—¿Qué haces aquí, imbécil? —preguntó Cinco con voz ronca, la tensión y la falta de sueño marcadas en sus facciones.
Mark no se achicó. Reviró los ojos, conteniendo la frustración. —No vine a pelear contigo.
—¿Entonces a qué vienes? ¿A restregarme en la cara que estás...? —la frase quedó suspendida en el aire.
—¡T/N lleva dos días desaparecida! Yo pensé que tal vez... que tal vez estaría contigo —gritó Mark con la voz quebrada por la desesperación.
El mundo de Cinco se detuvo. El color se le escapó del rostro. —¿Qué T/N está qué...? ¿Cómo que desaparecida?
—No lo sé. Lo último que supe es que vino a la Academia. He intentado hablar contigo, pero hay un hombre gigantesco aquí que no me deja ni acercarme —explicó Mark, con los ojos anegados en lágrimas—. Me dejó esta nota, pero jamás regresó a casa ni fue al baile. Sé que no nos llevamos bien, pero T/N es mi amiga, y estoy aterrado. Ella te ama, Cinco, y lo tengo claro, pero la estás destrozando. No la decepciones... por favor, encuéntrala.
Las palabras de Mark cayeron como bloques de hielo sobre el pecho de Cinco. El remordimiento lo golpeó con la fuerza de un tren de carga.
—Yo también la amo —confesó Cinco, la arrogancia evaporada por completo—. Y no importa lo mal que me caigas, gracias por informarme. No pararé hasta encontrarla.
Antes de que Mark pudiera parpadear, Cinco se desvaneció en un destello azul, directo al interior de la mansión.
Narra Cinco
La furia y el pánico competían por dominar mi mente. Había regresado hacía poco de un intento frustrado en la Comisión para frenar el Apocalipsis, creyendo que tenía tiempo, pero el tiempo se había agotado de la peor manera.
—¡LUTHER! ¡¿DÓNDE ESTÁS?! ¡VEN ACÁ, MALDITO IMBÉCIL! —grité a pleno pulmón, recorriendo los pasillos de la Academia como un animal enjaulado.
Lo busqué en el despacho, pero estaba vacío.
—¿Qué sucede, Cinco? ¿Por qué esos gritos? —preguntó Pogo, apareciendo con su bastón desde la esquina del pasillo, con una expresión de genuina preocupación.
—¿Sabes dónde está Luther, Pogo? Dime, ¡lo necesito ahora mismo! —le exigí, tomándolo de los hombros con una fuerza desmedida.
—Cinco, cálmate. Suelta a Pogo en este preciso instante —bramó Luther, apareciendo de la nada en la entrada del despacho.
Me zafé de inmediato, girándome hacia él con los ojos inyectados en sangre. —¡LO QUE ME PASA ERES TÚ, PEDAZO DE IDIOTA! ¡¿QUÉ HICISTE CON T/N?!
Luther palideció, pero su orgullo pudo más. —No sé de qué diablos hablas.
—¡NO TE HAGAS EL ESTÚPIDO! ¡¿Qué le hiciste a Ocho?! ¡Dime, no seas un maldito cobarde y confiesa qué hiciste con ella!
—No entiendo tus delirios. ¿Te desapareces dos días y ahora me culpas de que tu noviecita se haya largado? —respondió Luther con una mueca de sarcasmo que me hizo perder los estribos por completo.
—Cinco, tienes que calmarte. Ella pudo haber ido a cualquier parte... —intervino Pogo, intentando interponerse.
—¡No, Pogo! Ella no se fue por voluntad propia, ¡y todo apunta a este imbécil! —le grité a Pogo, volviendo la mirada hacia Luther—. Antes de irme, viniste con tus estúpidas teorías de que T/N era un peligro para el mundo. ¡Y ahora que regreso, me entero de que ha desaparecido! ¡No es una maldita coincidencia! ¡Dime DÓNDE ESTÁ!