Volviste (cinco y tn)

Capítulo 28: Cartas no leídas, tratos en la sombra y la tormenta que regresa

Narra Luther

Después de que los chicos salieron disparados de la mansión para buscar a ese tal Harold Jenkins, me quedé con una picazón extraña en la nuca. Algo no encajaba. La desaparición repentina de T/N y la forma en que Cinco había perdido la cabeza me empujaron a bajar al sótano. Tenía que comprobar por mí mismo lo que había debajo de nuestros pies, en esa zona que papá siempre mantuvo bajo siete llaves.

Al final del corredor, empujé la pesada puerta de la bóveda. Allí estaba ella, encerrada en la misma cápsula de contención donde había permanecido congelada durante diecisiete años. Estaba empezando a recuperar el conocimiento, parpadeando con confusión y debilidad.

—Qué bueno que despiertas. Ahora tú y yo tendremos una gran charla —dije, cruzándome de brazos en la entrada.

T/N me miró con una furia tan intensa que casi podía sentir el calor de su hostilidad. —¡Eres un tremendo imbécil! ¿Qué pretendes hacer conmigo? ¿Torturarme para que, cuando Cinco lo sepa...?

—No, Cinco jamás lo sabrá —la interrumpí con frialdad—. Tú te quedarás aquí. Eres un peligro para todos. Por alguna razón mi padre te mantuvo oculta, y no me importa que Cinco crea que eres inofensiva; a mí no me engañas. Te quedarás encerrada un buen tiempo.

—¡No soy un monstruo como tú crees! —gritó con desesperación, forcejeando contra las cuerdas—. ¡Solo trato de ayudar, yo jamás lastimaría a alguien!

—Eso es lo que tú crees, pero mi padre tenía un propósito para mantenerte bajo llave. Eres peligrosa, y te aseguro que se lo demostraré a los demás. Ya tengo suficientes sospechas sobre lo que eres capaz de hacer. Muéstrame tus poderes; quiero saber contra qué nos estamos enfrentando.

Ella negó con la cabeza rotundamente, con lágrimas de impotencia rodando por sus mejillas. —Jamás. Escúchame bien, Luther: cuando salga de aquí, te daré la paliza de tu vida. Te enseñaré que por las buenas soy una gran persona, ¡pero por las malas soy el mismísimo diablo!

De pronto, sus ojos se transformaron por completo, volviéndose de un azul eléctrico tan brillante que me obligó a retroceder un paso, cegado por el destello.

—¿Qué diablos...? —balbuceé, sintiendo un sudor frío recorrer mi espalda.

Al segundo siguiente, el brillo se apagó y sus ojos volvieron a su color natural. T/N parpadeó, mirándose las manos con desconcierto. —¿Qué... qué me pasó?

—Eres peor de lo que pensaba —dije, endureciendo mi tono para ocultar el miedo que acababa de sentir—. Te quedarás aquí, y nadie te encontrará jamás. ¿Oíste?

—¡No, por favor! ¡Sácame de aquí! ¡Yo no le haría daño a nadie, te lo juro, Luther, sácame! —sus gritos suplicantes se quedaron atrás mientras cerraba la puerta de golpe, asegurando el cerrojo exterior.

Con el corazón latiéndome a mil por hora, subí hasta el despacho de mi padre. Necesitaba despejar la mente, buscar las pruebas definitivas de mis años en la luna. Esos reportes que le envié religiosamente día tras día, semana tras semana, contándole cada detalle de mi soledad en el satélite. Tenía la certeza absoluta de que el fin del mundo estaba vinculado a lo que viví allá arriba.

Estaba abriendo cajones y apartando carpetas con desesperación cuando la puerta del despacho se abrió con suavidad. Pogo entró con su bastón.

—Pogo... ¿sabes dónde se encuentran los reportes de la luna que le envié a mi padre durante todos estos años? —pregunté, consumido por la frustración.

—Yo... no lo sé, joven Luther —respondió el chimpancé, esquivando mi mirada y luciendo inusualmente nervioso.

—Pogo, tú eras su mejor amigo, su confidente. Debes saber dónde están. ¡Dime, Pogo! —exigí, perdiendo los estribos.

Pogo se quedó petrificado, mirando fijamente un punto específico en la alfombra persa. Me acerqué con el ceño fruncido, arrodillé y tiré de la esquina del tapete. Para mi sorpresa, debajo había una pequeña compuerta secreta en el suelo. Al abrirla, el estómago se me encogió: ahí estaban. Todos los sobres que le envié a mi padre a lo largo de los años.

Estaban intactos. Sellados. Ni uno solo había sido abierto. Jamás los leyó.

Me quedé inmovilizado, mirando a Pogo con los ojos anegados en lágrimas. Diecisiete años de mi vida. Diecisiete años de aislamiento, de dolor físico, de mutilación... reducidos a papel basura acumulado en un escondite secreto.

—Tu padre... se sintió profundamente culpable por lo que te había hecho —susurró Pogo con pesar.

—¿Y su brillante manera de lidiar con la culpa era mandándome lejos? ¡ME CONVIRTIÓ EN UN MONSTRUO Y ME ALEJÓ DE TODO! ¡¿CREES QUE ESO ES JUSTO?! —estallé, la ira ciega borrando cualquier respeto hacia el único hogar que conocía.

—Lo hizo por su propia forma de protegernos... —intentó justificar Pogo.

No quise escuchar más. Salí del despacho como un tornado, pisando con fuerza los pasillos de la Academia. Necesitaba apagar el ruido de mi cabeza. Salí a la calle y caminé sin rumbo fijo hasta que encontré un bar de mala muerte. Me senté en la barra y pedí un trago tras otro, intentando ahogar la verdad. Alguien me ofreció una pastilla para "calmar los nervios", la acepté sin importarme las consecuencias, y en cuestión de segundos, todo a mi alrededor se desvaneció en un remolino de oscuridad y pérdida total de conciencia.

Narra T/N

Seguía llorando en la oscuridad de la bóveda, con las muñecas destrozadas y el alma rota.

—Yo no soy mala. Jamás lo he sido... No entiendo por qué me odian tanto, si nunca les hice nada —murmuré contra mis propias rodillas.

—Tú no lo eres, querida. Son ellos los que se están equivocando contigo —una voz suave, elegante y helada resonó de la nada en la habitación.

Levanté la vista de golpe. De las sombras de la bóveda emergió una mujer de cabello rubio impoluto y mirada calculadora, con un traje impecable que parecía desafiar la mugre del sótano. Me sobresalté tanto que intenté retroceder, chocando contra el metal de la cápsula.




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