Volviste (cinco y tn)

Capítulo 29: El despertar de la tormenta y el secreto del despacho

Narra Cinco

Después de soltar la bomba sobre el chico que supuestamente desataría el Apocalipsis, no podíamos quedarnos de brazos cruzados. Nos montamos en el primer auto disponible y fuimos directo a la estación de policía. Necesitábamos respuestas, y rápido.

Mientras revisábamos los expedientes, Allison detuvo la marcha, con el rostro pálido como el papel al ver una fotografía en particular.

—¡Ese chico... es con el que Vanya ha estado saliendo! ¡Yo sabía que él ocultaba algo, lo sabía! —gritó, llevándose las manos a la cabeza.

—¿Cómo que Vanya lo conoce? —preguntó Diego, incrédulo.

Allison asintió frenéticamente, con los ojos anegados en terror. —Tenemos que ir a buscarla, chicos. ¡Ese tipo puede ser extremadamente peligroso para ella!

—Dennos eso. Aquí debe estar su dirección —ordené, arrebatándole el papel de las manos. Tenía razón. Estaba escrito en una vieja factura.

A pesar de que mi cuerpo aún protestaba por las heridas de la pelea con la Comisión, no teníamos tiempo para descansar. Teníamos que movernos antes de que fuera demasiado tarde.

Narra T/N

Me encontraba sola en la habitación de invitados de la casa de Mark, devorando las páginas de un viejo libro que había logrado rescatar de la Academia. Los chicos habían salido a buscar pistas, pero mi atención estaba completamente atrapada en los párrafos que hablaban de mis habilidades.

Había detalles que me helaron la sangre: mis poderes eran inmensos, sí, pero había uno en particular que amenazaba con destruirme desde adentro. El texto explicaba con precisión quirúrgica que mi energía era tan volátil que necesitaba ser canalizada de manera obligatoria con un objeto muy específico: un collar de diamante de dinamita, una reliquia mítica utilizada por los mismísimos dioses antiguos para enseñar a sus hijos a dominar el caos de sus dones.

Siguiendo las notas manuscritas que el viejo Reginald había dejado intercaladas en los márgenes, descubrí que el collar estaba guardado bajo siete llaves en la caja fuerte de su despacho en la Academia. Llevaba años buscando esa información, y ahora la tenía frente a mí. Sin esa joya para equilibrar mis pulsos de electricidad y consumo de energía, mi cuerpo colapsaría. Era un peligro constante para mí y para todos los demás.

No lo pensé dos veces. Tenía que volver a esa maldita casa.

Salí de la casa de Mark a paso veloz y caminé hacia la mansión Umbrella. Llegué minutos después. Al cruzar el umbral, el silencio era sepulcral; no había rastro de nadie. Entré con pies de plomo, deslizándome por los pasillos oscuros hasta llegar al despacho de Reginald. La caja fuerte estaba oculta tras un panel en el estante de los libros antiguos. Me acerqué con el corazón en la garganta y me disponía a forzarla cuando recordé el pequeño detalle de que no tenía la maldita combinación.

Empecé a tantear combinaciones al azar, frustrada. De pronto, un jarrón cercano se sacudió y cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos con un estruendo metálico que resonó en toda la planta alta. Me sobresalté. Al mirar el suelo, vi una nota tirada junto a los añicos con una serie de números escritos a mano. Iba a agacharme a recogerla cuando...

¡Zas!

Un par de brazos pesados como vigas de acero me tomaron por sorpresa, tapándome la boca e inmovilizándome contra un cuerpo gigante. Latió el pánico; forcejeé con todas mis fuerzas, pateando y lanzando chispas, pero fue inútil. Luther. El idiota de Luther me había atrapado de nuevo.

—¡Suéltame, pedazo de imbécil! —intenté gritar a través de su mano enguantada.

En ese exacto momento, Pogo apareció en el umbral de la puerta, alarmado por el escándalo.

—¡Joven Luther, ¿qué cree que hace? ¡Sueltela en este mismo instante! —exigió Pogo, avanzando con su bastón.

Luther lo apartó del camino con un empujón brutal sin soltarme. —¡No lo entiendes, Pogo! ¡Lo hago por la seguridad de todos!

—¡Sácame de aquí, maldito sea, Luther! ¡Necesito ese collar! —grité pataleando, pero ya era tarde. Me arrastró por los pasillos hasta la planta baja y, sin piedad, me lanzó al interior de la fría bóveda del sótano, cerrando la puerta de golpe y echando el cerrojo exterior.

La oscuridad me envolvió de nuevo. Me quedé pegada al suelo, consumida por la rabia. Juro que cuando salga de aquí, te haré pagar caro, pensé.

Aun así, apreté el libro contra mi pecho. Tenía que empezar a practicar de inmediato. Las páginas describían mi don como una combinación híbrida entre electricidad, consumo de energía y ondas de choque expansivas. Me senté en el suelo frío de la bóveda, concentrándome en leer las pautas de control bajo la débil luz que se filtraba por las rendijas. Comencé a canalizar los impulsos, absorbiendo y liberando chispas de luz azuladas, intentando equilibrar la balanza en mi interior, hasta que el agotamiento extremo me venció y caí en un profundo y pesado sueño.

Horas más tarde...

Me desperté sobresaltada por un ruido seco y metálico que provenía del exterior de la cápsula, seguido por un sollozo ahogado. Abrí los ojos con pesadez. La escasa luz de la bóveda me permitió ver algo que me dejó sin aliento: conectada a mi mirada estaba la persona que menos esperaba ver allí abajo.

Vanya. Estaba tirada en el suelo, llorando desconsoladamente. ¿Qué hacía ella en este infierno?

Narra Pogo

Me encontraba encerrado bajo llave en el despacho del señor Reginald. El joven Luther había tomado la drástica decisión de encerrarme allí para evitar que interfiriera o liberara a la número Ocho. Pero el muchacho era un ignorante; no tenía la más remota idea de las consecuencias catastróficas de sus actos.

Me acerqué con sigilo a la caja fuerte oculta detrás del estante. Con las manos temblorosas, introduje la combinación maestra que el difunto Reginald me había confiado. Sabía perfectamente para qué era: el collar de diamante de dinamita era vital para que la señorita T/N pudiera canalizar su energía sin autodestruirse. Sin él, todos corrían un peligro mortal. Pero lo peor no era eso... si los poderes desatados de Vanya llegaban a cruzarse y resonar con los de T/N en un mismo espacio cerrado, la reacción en cadena borraría del mapa a esta ciudad y a todos nosotros. Tenía que sacarla de ahí.




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