Volviste (cinco y tn)

Capítulo 30: El choque de las hermanas estelares y el fin de los inocentes

Narrador

Era algo inevitable. Ambas chicas, dos fuerzas de la naturaleza contenidas en moldes humanos, se encontraban por fin atrapadas en la misma habitación, y la historia entre ellas jamás había sido sencilla. Sus dones poseían una naturaleza inigualable, un voltaje místico capaz de desatar la bendición más pura o la perdición absoluta. Lo que ni T/N ni Vanya sabían en ese momento de confusión y encierro era que sus energías estaban intrínsecamente conectadas por un hilo invisible del destino. Si ambas liberaban su potencial sin saber cómo controlarlo, todo lo conocido quedaría pulverizado, y el oscuro secreto que el difunto patriarca, Reginald Hargreeves, había guardado celosamente durante tantos años saldría finalmente a la luz, dejando un rastro de cenizas a su paso.

Horas antes...

Narra Cinco

Me desperté con el cráneo latiendo como si un batallón de tambores marchara dentro de mis sienes. Estaba en una de las camillas de la enfermería de la Academia. Apenas logré ponerme de pie, nos movimos rápido con los chicos para alcanzar a Allison, quien se había adelantado sola a buscar a Vanya. Tenía un mal presentimiento que me helaba la sangre, una coraza de plomo en el pecho.

Cuando llegamos a la cabaña, la puerta principal estaba abierta de par en par. Al entrar, el horror nos recibió de golpe: Allison yacía inmóvil en el suelo, sobre un charco de sangre espesa. Su garganta había sido desgarrada limpiamente con el arco de un violín. Vanya la había atacado. En ese momento, todos creímos que el miserable de Harold Jenkins era el titán detrás de los hilos. Tras una búsqueda frenética, Diego, Luther y yo encontramos el cuerpo sin vida de Harold en otra habitación, acuchillado y rodeado de vidrios rotos. Vanya lo había matado; ella era la responsable directa de esa carnicería. Pero al menos, con su muerte, pensé con ilusa esperanza que el fin del mundo por fin se había evitado.

Salí disparado de regreso a la Academia con un solo objetivo en mente: encontrar a T/N, besarla y confesarle lo mucho que la amaba. Tenía que explicarle que Dolores no era más que un tonto maniquí de plástico que me había servido de muleta durante mis treinta años de infinita soledad. El pánico me carcomía porque recordaba claramente que, en las visiones del futuro, la había visto tirada en el suelo frío con un cuchillo clavado en el corazón. Ese recuerdo me ahogaba de terror; no quería perderla de nuevo, no otra vez, no después de haberla rescatado del hielo.

Fui directo a la casa de Mark para saber si había regresado allí, y lo que descubrí me hizo hervir la sangre hasta desintegrarme: el estúpido de mi hermano Luther la había torturado y encerrado en la bóveda del sótano. A mi hermosa T/N. La había dañado, la había mantenido oculta en la oscuridad durante días enteros. Estaba furioso. Luther me había mentido, la había lastimado, y juro por mi vida que pagaría cada segundo de ese sufrimiento.

Narra T/N

Yo no tenía la menor idea de qué demonios hacía Vanya en esa celda junto a mí, pero su mirada irradiaba un odio denso, un rencor acumulado que quemaba el aire. Estaba herida, dolida por la traición, aunque no precisamente por Cinco —él no era el responsable de esto—, sino por el maldito de Luther. Él iba a pagar con creces lo que me había hecho.

De repente, mi cuerpo comenzó a desprender una energía extraña, un calor magnético e inigualable que se sentía aterradoramente poderoso. Mis ojos empezaron a mutar hacia un tono blanco resplandeciente, mientras que los de Vanya adoptaban un brillo azul eléctrico profundo. Mis manos comenzaron a irradiar arcos de electricidad pura de color azul, y las suyas despedían destellos magnéticos de color blanco puro.

Vanya dejó de llorar por un segundo, y por primera vez en mucho tiempo, habló con un tono que no reconocí:

—¡Tenemos que salir de aquí! —gritó.

—No me grites, estúpida. Sé perfectamente que no nos llevamos bien, pero tenemos que largarnos de este infierno y haré que el imbécil de Luther pague por esto —le contesté con la misma moneda.

—¿Él te encerró? —preguntó, arqueando una ceja con incredulidad.

—Sí. El maldito lo hizo. Es la segunda vez que me arrebata la libertad, y juro que lo haré sufrir.

Ella esbozó una sonrisa macabra. —Yo te ayudaré. Pero primero hay que salir y sé exactamente cómo hacerlo.

Su mirada ya no era la de la chica rota que había entrado llorando; era la de un depredador. Se acercó lentamente a mí y el aire comenzó a crujir a nuestro alrededor. Cuando estuvo frente a mí, extendió la mano y la tomó con firmeza.

En ese preciso instante, una descarga brutal recorrió cada terminación nerviosa de nuestro ser. Ambas activamos nuestros poderes al unísono, canalizando la energía combinada en una sola onda expansiva magnética que estalló contra la puerta de la bóveda, arrancándola de cuajo y convirtiendo los cerrojos de acero en polvo.

Salimos disparadas al pasillo. Las puntas de mi cabello se habían vuelto de un azul eléctrico incandescente. Vanya comenzó a desatar su furia, derrumbando los marcos, los cuadros y todo lo que encontraba a su paso. A mitad del pasillo, nos topamos con Pogo.

—Señorita Vanya, por favor, tranquilicense. Esta no es la manera... —suplicó el viejo chimpancé, levantando las manos.

Vanya se detuvo, pero su voz era un filo de navaja bañado en bilis: —Pogo... tú lo sabías todo, ¿verdad?

—Señorita, todo lo que hicimos fue por su propio bien... y por el de la señorita T/N —respondió Pogo con la voz temblorosa.

—¿De qué diablos hablas, Pogo? ¿Crees que fue por mi bien pasar toda mi niñez encerrada en una bóveda oscura como si fuera un animal peligroso? ¡¿En serio crees eso, Pogo?! —grité fuera de mí, con el corazón destrozado por la traición del único padre que reconocía.

—Lo siento mucho, mis niñas... pero el señor Reginald lo hizo porque ustedes dos juntas son una bomba viviente. Destruirían el mundo tal como lo conocemos —interrumpió Grace, apareciendo al final del pasillo con los ojos anegados en lágrimas—. Ambas nacieron el mismo día, pero no como sus hermanos por separado. Ustedes son...




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