Narra T/N
Me puse de pie con las rodillas temblando y los ojos anegados en lágrimas. Al girarme, Vanya ya no estaba; se había esfumado como una sombra en la tormenta, mientras los cimientos de la Academia Umbrella crujían y se derrumbaban a nuestro alrededor. Recordé las advertencias de Pogo y los apuntes del viejo Reginald. Con manos temblorosas, me coloqué el collar de diamante de dinamita alrededor del cuello.
En el instante exacto en que la fría joya tocó mi piel, un destello cegador iluminó la habitación. Una corriente de energía pura y voraz se deslizó por todo mi cuerpo, restaurando mis fuerzas y alterando mi gravedad. Sin previo aviso, comencé a flotar a unos centímetros del suelo. Al principio era un caos indomable, un desborde de poder que apenas podía canalizar, pero logré estabilizarme, descender con cuidado y salir disparada hacia la casa de Vanya.
Minutos después, llegué al lugar. Entré de golpe, pero la casa estaba vacía. En la puerta del refrigerador, un recado escrito con prisa por la misma Vanya delataba su rumbo hacia el teatro Icarus. Estaba por dar media vuelta cuando una figura se materializó de la nada frente a mí: era la mujer rubia de traje impecable, la misma autodenominada Encargada que me había desatado de la bóveda.
—Querida, nos vemos de nuevo. ¿Recuerdas nuestro trato? —me preguntó con esa sonrisa astuta y condescendiente.
Solté un suspiro pesado, sintiendo cómo la paciencia se me agotaba. —Recuerdo exactamente el trato, pero sé que no lo necesitaré. Ellos jamás me darían la espalda, menos Cinco; él me ama y jamás me fallaría. ¿Por qué diablos habría de creerle a usted?
—Ay, querida... yo sé por qué te ofrecí esto —replicó ella, dando un paso al frente—. ¿De verdad crees que te ama tanto como dices? Al fin y al cabo, pareció no importarle demasiado cuando desapareciste por días enteros. Mira, si no necesitas el trato, no tienes nada que perder; pero si las cosas se ponen feas, ahí estaré. Que no se te olvide. Nos vemos luego, pequeña.
Dicho eso, se desvaneció en el aire con la misma facilidad con la que había aparecido, dejándome con el corazón acelerado y la mente hecha un nudo de dudas. Salí corriendo de la casa. Tenía que encontrar a Vanya; iba a pagar por lo que le había hecho a Pogo y a mamá Grace, los únicos padres verdaderos que había conocido.
En el camino, mis manos brillaban intensamente, despidiendo arcos de electricidad estática que hacían levitar las pequeñas piedras a mi paso. Al acercarme al teatro, una melodía desgarradora y bellísima inundó la calle. Me mantuve a la expectativa en el exterior hasta que un estruendo sónico sacudió las paredes.
Entré al recinto con cautela. La escena que se desplegaba ante mí era aterradora: Ben, utilizando sus tentáculos sombríos, estaba derribando y conteniendo a una masa de hombres armados que no parecían tener intenciones pacíficas. Cuando el combate terminó y el silencio volvió a reinar, Ben se giró y me dedicó una sonrisa cansada pero cálida.
Alcé la mano y proyecté un haz de luz suave y purificadora que lo envolvió por completo. Cuando la luminosidad se disipó, la sombra de Ben se había desvanecido; frente a mí estaba un joven de carne y hueso, respirando por primera vez en años.
Ben se tocó el rostro, las manos, incrédulo, y luego corrió hacia mí para levantarme en el aire y darme vueltas en un abrazo apretado.
—Te dije que siempre cumplo mis promesas —le susurré al oído.
Él me besó la mejilla con ternura infinita. —Lo sé... gracias por devolverme la vida. Hacía tanto tiempo que no podía sentir el calor de alguien...
—¡Oigan, guarden un poco de romance para después, ¿no?! —interrumpió una voz cortante a nuestras espaldas.
Nos separamos de golpe. Cinco estaba allí, de pie, observándonos con el ceño fruncido y una seriedad de mil demonios. Mientras Ben corría a reunirse con Klaus, Cinco se acercó a mí en un parpadeo y me besó sin previo aviso.
Fue un beso abrumador, desesperado, como si el resto del mundo estuviera ardiendo y nosotros fuéramos lo único real. Sus labios tenían ese sabor a café y urgencia que me taladraba los sentidos, dejándome sin aliento. Tuvimos que romper el contacto por pura necesidad biológica, pero nuestras frentes se mantuvieron unidas, nuestras respiraciones entremezclándose en el aire frío.
—No sabes cuánto te extrañé —me susurró rozando mis labios.
—Yo a ti más... —contesté con una sonrisa boba.
Me acarició la mejilla con devoción. —Te amo, T/N. Como no tienes idea.
Sentía las mejillas encendidas, ardiendo como tomates, pero antes de poder responderle a esa declaración que me curaba el alma, un bramido rompió el encanto.
—¡CINCO, ALEJATE DE ELLA! —rugió Luther, apareciendo de la nada con su mole gigantesca.
Mi sonrisa se esfumó al instante. Me aparté de Cinco, dispuesta a enfrentar cara a cara al idiota que me había arruinado la vida. Cinco, sin embargo, se plantó enfrente de mí con una postura protectora.
—Tranquila, yo me encargaré de este imbécil —me susurró al oído.
—Claro que no. Lo siento, Cinco, pero tu hermano tiene que pagar por lo que nos hizo a Vanya y a mí —le dije, haciéndolo a un lado con firmeza.
Cinco me miró perplejo. —¿De qué diablos hablas, T/N?
Me giré hacia el gigante con los ojos ardiendo en rabia. —¡POR CULPA DE TU HERMANO, GRACE Y POGO ESTÁN MUERTOS! ¡SI ÉL NO NOS HUBIERA ENCERRADO EN LA BÓVEDA COMO A ANIMALES, ELLOS SEGUIRÍAN AQUÍ CON NOSOTROS! —grité a pleno pulmón, con las lágrimas desbordándose por mis mejillas.
Todos los chicos, que venían llegando al sonido de la pelea, se quedaron petrificados.
—¡¿QUE HICISTE QUÉ, LUTHER?! —bramó Diego, con los nudillos blancos de ira.
—¡Ellas son una amenaza, tenía que encontrar la manera de detenerlas! —intentó justificarse el grandulón, retrocediendo un paso ante las miradas de odio de sus propios hermanos.