Volviste (cinco y tn)

Capítulo 32: El eco de un disparo y la decisión imposible

Narra Cinco

Verla luchar contra Vanya con esa fiereza desmedida mientras mi cuerpo se negaba a responderme fue una de las experiencias más frustrantes de mi vida. Era como si, de algún modo, ella estuviera absorbiendo el remanente de mi energía cinética para potenciar sus propios ataques. Por primera vez en diecisiete años de sobrevivir al apocalipsis, experimenté un terror puro: el miedo real de que Vanya pudiera destruirla.

Sin embargo, mi angustia se desvaneció de golpe cuando la tormenta amainó. Vanya cayó fulminada sobre las tablas del escenario, completamente vacía, mientras T/N descendía sana y salva, con el pecho agitado pero de pie. Corrí hacia ella para asegurarme de que no tuviera ni un rasguño.

Justo cuando nos aproximábamos, algo comenzó a brillar con una intensidad cegadora en el cuello de Vanya: un collar de cristal finísimo, casi imperceptible. Me detuve en seco, y al voltear a ver a T/N, me quedé helado. El collar que ella llevaba puesto —el diamante de dinamita— emitía exactamente el mismo fulgor azul eléctrico, como si ambos artefactos estuvieran entrelazados por un hilo invisible.

Un segundo después, un estruendoso zumbido me aturdió por completo, bloqueando mis sentidos.

Narra T/N

Cuando me acerqué para examinar el cuerpo de Vanya, mi propio collar cobró vida propia. Una corriente de energía friísima salió disparada de la joya, conectándose directamente con el dispositivo del cuello de Vanya. Sentí que me vaciaban por dentro; mi energía vital estaba siendo succionada a través de ese puente invisible.

—¡No... maldición! —grité ahogada. Con una fuerza desesperada, metí los dedos bajo la cadena y arranqué el collar de mi cuello.

El dolor fue tan indescriptible que sentí que se me desgarraba el alma. Las joyas dejaron de brillar al instante. Mi corazón martillaba contra mis costillas, el aire me quemaba en los pulmones y la vista se me nubló por completo. Hice un esfuerzo titánico por no desvanecerme y alcé la vista.

Vanya se puso de pie de un salto. Sus ojos eran dos pozos de un blanco lechoso y aterrador. Esbozó una sonrisa malévola, desprovista de cualquier rastro de humanidad, y barrió con la mirada a los chicos que se acercaban. Apuntó su mano directamente hacia Ben. Un haz de energía letal iba directo a matarlo, pero me abalancé y desvié el rayo con la última chispa de electricidad que me quedaba.

Vanya se giró hacia mí, furiosa. Volvió a desatar sus ondas sónicas, disparando a quemarropa contra el grupo. Me puse frente a ellos, absorbiendo y desviando todo lo que pude, preparándome para neutralizarla de una vez por todas y terminar con esto... cuando una punzada feroz, caliente y brutal me atravesó el abdomen.

Sentí el impacto antes de escuchar el estruendo. Mi ropa se abrió, tiñéndose instantáneamente de una mancha carmesí, espesa y brillante de sangre. Mis rodillas cedieron y caí pesadamente al suelo. El dolor era un fuego viviente que me carcomía las entrañas, y el aire comenzó a escasear en mis pulmones.

En medio del delirio, sentí la presencia de Cinco. Al levantar la mirada, sus ojos verdes reflejaban una mezcla devastadora de dolor, tristeza y un miedo que jamás le había visto.

—¡¿POR QUÉ DIABLOS LE DISPARASTE, ALLISON?! —bramó Cinco con una furia desatada, con la voz quebrada mientras se arrodillaba a mi lado.

—T/N... amor, no me dejes, por favor... —me suplicó Cinco, tomándome de las manos mientras colocaba mi cabeza sobre sus piernas. El temblor en sus dedos era inconfundible.

—Cinco... me... —apenas pude articular una sílaba. La sangre burbujeaba en mis labios.

—No te esfuerces, mi amor, no hables... —me interrumpió, y sin previo aviso, se inclinó para besarme.

No era un beso de película; era un beso de despedida. Doloroso, húmedo, cargado de una devoción infinita y del terror absoluto a perdernos.

—Te amo muchísimo, mi amor... pero ya no hay tiempo —susurró él contra mis labios, con las lágrimas rodando por sus mejillas.

Lo miré con absoluta confusión, sintiendo cómo la vida se me escapaba a chorros. El mundo a nuestro alrededor se caía a pedazos; la lluvia de meteoritos de la luna rota ya estaba golpeando los tejados del exterior. No quedaban minutos.

—No... no tenemos por qué morir —le contesté, tosiendo sangre.

—¿De qué hablas, T/N? ¡Estás muriendo!

Una débil sonrisa se dibujó en mi rostro pálido. —¿Acaso olvidaste... que sé viajar en el tiempo, tontito?

El salto temporal. Como no se me había ocurrido antes.

Cinco abrió los ojos como platos, captando la idea al instante. Me ayudó a ponerme de pie, sosteniéndome con fuerza mientras nos acercábamos al grupo, que nos miraba atónito y aterrorizado. Cinco les explicó el plan rápidamente: un salto masivo hacia atrás, regresar al pasado antes de que todo esto estallara y tener una sola, maldita oportunidad de hacer las cosas bien.

Todos empezaron a tomarse de las manos para formar el círculo de energía, pero Luther se interpuso de golpe, bloqueando el paso con su cuerpo descomunal.

—¡No nos la llevaremos a ella! —bramó el grandulón, apuntándome con el dedo.

Cinco lo miró con una frialdad homicida. —¿De qué demonios hablas, Luther? ¡Ella viene con nosotros, oíste bien!

—¡¿Qué diablos quieres, que todos muramos?! —gritó Luther, perdiendo la cabeza. Yo me encogí, soltando un gemido de dolor mientras presionaba la herida sangrante en mi abdomen—. ¿No ves, Cinco? ¡Ella es el peligro! ¿Por qué crees que papá la mantuvo oculta todo este tiempo de nosotros? ¡Ella es la bomba de tiempo! Si la llevamos al pasado, pasará exactamente lo mismo, el fin del mundo se repetirá. Tienes que dejarla aquí, Cinco. Si salta con nosotros, moriremos todos.

Me quedé helada. Las palabras de Luther cayeron como bloques de cemento sobre mi pecho. Miré a Cinco, esperando que lo mandara al diablo, esperando que me defendiera como siempre lo hacía. Pero él se quedó en absoluto silencio. Su mandíbula se tensó, sus ojos parpadearon con duda y, por un segundo... vi la terrible vacilación en su rostro. La cabeza le decía una cosa, el miedo al apocalipsis pesaba demasiado, mientras su corazón se destrozaba.




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