Volviste (cinco y tn)

Capítulo 33: Las cenizas del infierno y el refugio del tiempo

El amor es una fuerza tan impredecible que puede elevarte al mismísimo cielo o arrojarte sin piedad a las profundidades del infierno. En ese momento, yo me encontraba quemándome en el círculo más hondo de ese abismo, consumida no solo por el dolor físico de una bala alojada en mis entrañas, sino por la devastación absoluta de saber que la persona a la que le habría entregado el mundo entero me había demostrado con creces que no valía la pena.

Cinco me había dejado atrás. Se había marchado con su "familia", eligiendo el frío pragmatismo del miedo por encima de la lealtad y el amor que decíamos compartir. Su traición pesaba más que la sangre que brotaba de mi abdomen. Me encontraba herida, sola, al borde de la muerte y con el alma hecha trizas, abandonada justamente por el único ser en el que confiaba ciegamente.

—Vaya, querida... nos volvemos a ver, y por lo visto estaba en lo cierto, ¿no? —una voz suave, elegante y burlona cortó el silencio de mi agonía.

Alcé la vista con dificultad. Era la misma mujer de impoluta cabellera rubia, la Encargada, mirándome con una sonrisa cargada de suficiencia. Yo solo pude soltar un suspiro de resignación; jamás creí que terminaría recurriendo a ella, pero las opciones se habían agotado.

—Yo... —intenté hablar, pero me interrumpió de inmediato.

—No hay tiempo para lamentos, es hora de irnos.

Me tomó de la mano con fuerza y abrió el maletín de cuero que cargaba consigo. Un destello de luz hiperdimensional estalló de su interior, cegándome de manera temporal. Cuando mis ojos por fin se acostumbraron a la claridad, ya no estábamos en el teatro en ruinas. Nos hallábamos en un lugar completamente distinto, un complejo laberíntico donde decenas de personas con trajes impecables corrían de un lado a otro portando carpetas y artefactos extraños.

La mujer me guio a través de pasillos interminables hasta detenernos frente a una puerta doble de madera oscura. Al entrar, descubrí una oficina sumamente espaciosa, decorada en tonos café apagado. Lo que más llamó mi atención fue un enorme cuadro colgado justo encima del escritorio: una fotografía de la Encargada misma, luciendo una sonrisa tan malévola que hizo que mi piel se erizara por completo.

Sin soltarme, tomó el teléfono de disco sobre la mesa. —Tomas, ven a mi oficina en este preciso instante —ordenó con voz gélida, cortando la llamada sin esperar respuesta.

Me miró fijamente y, antes de que pudiera abrir la boca para preguntar dónde estábamos o qué pretendía hacer conmigo, la puerta se abrió de par en par.

Un chico entró con paso firme. Me quedé sin aliento. Tenía unos ojos azules tan cristalinos como el agua más pura, enmarcados por pestañas larguísimas y rizadas. Su piel era blanca como la porcelana, sus labios rojos y perfectamente redondos, y un sutil rastro de barba bien definida le daba un aire maduro y magnético. Parecía sacado de una pintura renacentista, un auténtico dios griego.

—¿Para qué me necesitas? —preguntó él, cruzando el umbral.

Su mirada bajó de inmediato hacia mi rostro y, al notar la mancha de sangre que cubría mi ropa y el temblor en mi cuerpo, sus ojos se abrieron con profunda angustia.

—¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien? —preguntó, acortando la distancia con desesperación.

Yo no podía apartar la vista de él; había algo en su presencia que me desarmaba por completo.

—Tomas, llévala a la enfermería de inmediato. Encárgate de que la atiendan de la mejor manera y cuando esté completamente recuperada, guíala a la habitación que le hemos asignado —ordenó la Encargada, girándose hacia mí con una sonrisa calculadora—. Querida, cuando estés sana, hablaremos de lo que verdaderamente nos interesa. Ahora pueden retirarse, tengo asuntos pendientes.

Tomas asintió con rigidez. Al intentar ponerme de pie, una punzada feroz me recorrió el abdomen, haciendo que se me escapara un gemido de dolor. Al ver mi rostro contraído por el suplicio, el chico no lo dudó: se inclinó y me cargó en brazos con una facilidad pasmosa.

Me encontraba totalmente sonrojada, enterrando el rostro contra su hombro mientras salíamos de la oficina principal y nos adentrábamos en un corredor solitario.

—No sabes cuánto tiempo te busqué... pero nunca volví a encontrarte —murmuró él, con un tono cargado de una melancolía que me desconcertó por completo.

Lo miré totalmente confundida, parpadeando con pesadez. —No entiendo de qué hablas... ¿Acaso te conozco?

Él se detuvo en seco, y su hermosa cara se contrajo en una mueca de dolor profundo. —Te borraron la memoria... El maldito infeliz lo hizo —masculló entre dientes, con un odio sordo destellando en su mirada.

Nos detuvimos frente a una puerta blanca adornada con una cruz dorada y un letrero cuyo nombre me resultó sumamente extraño: "Enfermería del Tiempo". Tomas pateó la puerta para abrirla y entramos sin pedir permiso.

Dentro estaba una chica rubia de ojos verdes brillantes y cabello corto. Al vernos entrar, una sonrisa radiante se dibujó en su rostro... la cual se desvaneció al instante en que sus ojos chocaron con los míos y me vio sostenida en los brazos de Tomas. Su expresión pasó de la alegría al desagrado absoluto en una décima de segundo.

—Nataly, necesito que la ayudes de inmediato, ha perdido muchísima sangre —explicó Tomas con urgencia, depositándome con extrema delicadeza sobre una camilla.

La enfermera se acercó, cruzándose de brazos con frialdad. —¿Claro... pero qué le pasó?

—Me dispararon. Tengo una bala en el cuerpo —respondí con la poca fuerza que me quedaba.

Nataly asintió con profesionalismo. —Bien, tendré que romper tu ropa para examinar la herida.

Sin previo aviso, tomó unas tijeras y cortó la tela de mi blusa y mi sostén, dejándome semidesnuda de la cintura para arriba. La chica abrió los ojos con sorpresa.

—Guau... para la edad que aparentas, tienes un cuerpo increíblemente desarrollado —comentó ella, examinando mis atributos con una mezcla de envidia y asombro.




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