No tengo la menor idea de por qué estoy escribiendo esto en un papel que probablemente jamás verá la luz, pero supongo que necesito desahogar todo lo que llevo acumulado en el pecho, un remolino de dolor, rencor y cenizas que se niega a apagarse.
No puedo decir que soy plenamente feliz, pero supongo que estoy "mejor"... o al menos eso es lo que intento convencerme a mí misma todos los días. Hay momentos en los que sonrío, en los que creo que he recuperado el control, pero de repente te recuerdo y regresan imágenes que desearía con el alma que no fueran ciertas. Lastimosamente, lo son. Escribo esto por si algún día, en un giro cruel del destino, te vuelvo a ver —aunque en el fondo lo dudo—. No quiero tenerte cerca; temo que intentes pedirme perdón y que yo, como la tonta enamorada que sigo siendo, caiga rendida a tus pies, concediéndote la absolución que no mereces. A veces me da vergüenza pensar en lo idiota que fui al creerte perfecto. Bueno, en el fondo sigues pareciéndome perfecto, y sé que es una estupidez inmensa seguir viéndote así, pero cuando estás perdidamente enamorada de alguien, todos sus defectos simplemente se borran.
Cada vez que pronunciaba tu nombre, tu imagen era lo mejor que pasaba por mi mente. Tú que prometiste el "mundo entero" que jamás llego. Qué ironía: los humanos solemos ser mentirosos patológicos, ignorando por completo que las promesas suelen no valer nada; pero para otros, como yo, significaban absolutamente todo. Tú pertenecías al bando al que no le importaba romperlas. Se te olvidaron una a una las promesas que hicimos, y al final, ambos terminamos rompiéndonos el alma en mil pedazos.
Solía intentar esconder el dolor fingiendo que todo iba bien, pero no encontraba respuestas al porqué debía ocultar lo que sentía. Tenía que sacarlo para liberarme de este profundo dolor que causaste en mi interior. Me has cambiado la vida, me has hecho crecer a golpes, y aun así, me niego a borrar tu recuerdo. Me niego a olvidar los bellos momentos que llegamos a compartir, tu mirada fija en la mía, tus labios rozando los míos cuando solo existíamos tú y yo en el universo. En el fondo, sé que esto no acaba aquí; tu recuerdo siempre estará grabado a fuego en mí.
Llevo cuatro años sin volver a escuchar tu voz, cuatro malditos años sin probar el sabor de tus labios, y no tienes idea de la agonía que habita en mi pecho. Me detesto por ser tan estúpida como para seguir perdidamente enamorada de ti, a pesar de que cada noche recuerdo cómo me abandonaste a mi propia suerte en medio del apocalipsis. Me regaño internamente, me reclaman los daños colaterales que dejaste en mi mente, pero el amor cambia de forma, mas nunca se extingue. ¿Tu amor fue tan poco? ¿En verdad me amaste alguna vez, o todo fue una simple y llana mentira? Tengo miles de preguntas más flotando en el vacío, sabiendo perfectamente que jamás tendrán respuesta.
Te contaré un poco de lo que ha pasado durante estos largos cuatro años: me he convertido en algo parecido a una cazadora. Si no lo entiendes, te lo explico rápido; soy una agente encargada de deshacerme de aquellos que interfieren con el flujo natural del tiempo en distintas dimensiones. Vaya, ironías de la vida. Por cierto, aquí tienen una máquina capaz de manipular el crecimiento celular; puedes hacer que tu cuerpo crezca, envejezca o aparente la juventud que desees. Obviamente la utilité: aparento diecisiete años, lo cual es genial. Tomas también la ha utilizado.
Llevo seis meses de noviazgo formal con Tomas. Debería tener miedo de que esto te decepcionara, pero recuerdo muy bien que, para ti, yo morí hace mucho tiempo. Necesito borrar tu recuerdo de una vez por todas para poder seguir adelante con mi vida; lo he meditado durante meses y es lo mejor. Tengo que dejarte ir para poder ser feliz, aunque esa felicidad tenga que construirse sin ti.
Así que... adiós, Cinco. Mi primer amor, mi héroe de infancia y mi más grande decepción. Espero que seas feliz donde quiera que el tiempo te haya arrojado.
Con cariño,
T/N, la chica que siempre te amó.
Terminé de escribir la carta con las mejillas surcadas por un arroyo de lágrimas. De pronto, un par de golpes suaves resonaron en la puerta. Me sacudí el rostro con rapidez, oculté el papel en el cajón y respiré hondo.
—Adelante —dije, tratando de sonar firme.
La puerta se abrió y Tomas entró a la habitación con una sonrisa cálida, sosteniendo una rosa roja entre las manos. —Amor, ¿qué tienes? Te noto extraña —dijo con aire preocupado.
—Nada... solo son estos viejos recuerdos. Oye, una pregunta... —dije, intentando cambiar de tema y llamando su atención por completo.
—¿Qué pasa, cariño? —se acercó y se sentó en la orilla de la cama, entregándome la flor.
—Me contaste que yo tenía una hermana, pero... ¿dónde está ella? ¿Qué pasó con ella?
Tomas suspiró profundamente, borrando la sonrisa. —Mira... tu mamá y la mía eran mejores amigas y...
—Eso ya lo tengo claro, Tomas. Quiero saber específicamente sobre la otra niña sé que es Vanya —lo interrumpí con impaciencia.
—A eso voy, déjame terminar —se acomodó mejor—. Tu mamá y la mía estaban embarazadas al mismo tiempo, pero cuando notaron que el vientre de tu madre era mucho más grande de lo normal, mi papá me contó que ese día nacieron dos niñas. Gemelas. Tu madre tuvo que separarlas porque la otra... no sé muy bien cómo explicarlo. Siempre trataba de lastimarte, de hacerte daño a propósito. Hubo un día en que estuvo a punto de matarte en la cuna. Tu madre siempre la mantuvo alejada por seguridad. Después de que a ti te secuestraron, nadie volvió a saber nada de la otra niña; probablemente se la llevaron o la reubicaron en otra dimensión. Es lo único que sé.
Me quedé completamente helada, procesando la información. —¿Por qué querría matarme?
—No lo sé, amor. En fin, solo venía a informarte que dentro de unas horas nos iremos de misión —dijo Tomas, poniéndose de pie y dirigiéndose hacia la puerta.