Voracidad

01. Una daga sin recuerdos.

Nix ondeaba dos pedazos de metal en sus manos de tal forma que parecía que formaban parte de su cuerpo. Era como ver una hermosa, pero letal danza. Da un rápido movimiento lateral esquivando ese golpe certero que se avecinaba sobre ella, da media vuelta con una daga en alto reteniendo la masa negra y cuando una simple abertura aparece para ser aprovechada con un movimiento fluido, no lo piensa y sin miramientos la compañera de su otra daga termina clavada en medio de los omoplatos de ese ser homóformo provocando la desaparición inmediata de tan repugnante criatura.

Respira con fuerza y un suspiro cansado la abandona, seguido pasa su mano por el ahora largo cabello negro que está recogido estratégicamente para que no estorbe mientras está peleando. Esta era la última tanda del día y ella se lo agradecía enormemente a Izard, estaba cansada hasta decir ya no más y necesitaba con urgencia un baño porque ese despreciable olor estaba sumamente pegado a ella.

Bueno, su área estaba limpia y lista para ser invadida mañana por esas... lo que sea que fueran.

Que asco, por Izard.

Lo único bueno del lugar que eligió para hacer la limpieza -como le decía ella educadamente- era que estaba cerca de las montañas árticas y podía sentir como la brisa arrastraba el olor a nieve y hielo. Era sumamente agradable y aunque le hubiera gustado quedarse un rato más disfrutando del suave viento, se dió la vuelta para regresar a la mansión.

Pudo notar que el sol al frente de ella ya se estaba ocultando cuando alzó en alto lo que ahora era una sola daga de un acero tan brillante y pulido que destellaba un poco de azul, en serio amaba a sus dagas, nunca sin importar que cortase nada se quedaba sobre ellas, al final de cualquier batalla seguían igual de relucientes como al principio. Si alguna vez les aparecía el dueño no se las iba a devolver, porque armas tan magníficas como estás se valoran como la propia vida.

—¡Hermana, te estoy hablando! —gritó una voz que conocía tan bien como la suya misma.

Volteó por encima de su hombro, viendo con curiosidad como su hermana corría para alcanzarla, pero lo cierto era que no entendía el porque venía corriendo si ella estaba caminando a un paso normal. Sin darle más vueltas al asunto dejó que la daga volviera a su forma usual; un anillo en el dedo medio, del cual por una pequeñas argollas en la parte superior le salían dos delgadas cadenas que se enredaban en su muñeca.

Sonrió mientras veía lo que era su arma preferida hasta ahora, lo bonita que era en sus dos formas le arrancó una sonrisa de satisfacción.

¡En definitiva ella tenía el arma más increíble que podía imaginar!

—Oye, no te hagas la sorda, sé muy bien que tienes oído fino —dijo su hermana cuando la alcanzó, respirando pesadamente—. ¿Podrías caminar como una persona normal?

Ella estaba caminando con su hermana lado a lado, debería ser más agradecida porque ella tenía mucha prisa por irse a bañar. Nix estaba sudada, llena de polvo y por más que quisiera evitarlo también estaba un poco sucia de esa sustancia tan horrible con conformaba a esas deformidades.

Sacándose todos esos pensamientos de la cabeza ella miró de arriba a abajo lo sucia que estaba Erisce; la cara estaba sudada pero limpia, el cabello por otro lado se veía pegajoso, lleno de hierbas, hojas y tierra, el uniforme negro con detalles en púrpura que usaba estaba empapado de la sangre o lo que sea que tuvieran las cosas esas que mataban.

De verdad que no entiendo de qué están hechos.

—No, porque no soy normal —respondió mientras la mira con el entrecejo fruncido—. ¿Por qué estás tan sucia?

—Estaba exterminando nebulosas, no dando un paseo por el parque —chilla Erisce totalmente indignada.

¿Qué es… eso de nebulosas?

—Tal parece que te estabas jalando las greñas con las nebulosas y no exterminándolas —refuta Nix aún sin poder entender el porque siempre llegaba tan sucia.

¿Nebulosas? ¡Que chistoso! ¿A quién se le pudo ocurrir ese nombre tan ridículo? Deberían darle un premio.

Chistó tratando de no pensar en cosas más importantes y se fijó en que ya casi llegaban a la mansión. Esta se alzaba delante de ellas como una inmensa fortaleza más que una mansión; era negra y dado que el sol se ocultaba justo detrás de ella se veía más peligrosa, tenebrosa y se sentía como un gran abismo negro a punto de engullirsela.

—Te prefiero cuando estás callada con cara de aburrida —bufa Erisce, cruzándose de brazos, tal como cuando eran unas niñas.

—Sí, sí —responde Nix en un suspiro, ignorando lo que dijo su hermana—. ¿Nebulosas? Ni siquiera les queda — se detiene y voltea a ver a Erisce con genuina curiosidad—. ¿Quién les puso ese nombre? Si me dices que fue Ren te enseño a pelear sin ensuciarte tanto.

Erisce abre la boca sorprendida y en parte un poco ofendida, bueno no un poco, sino muy ofendida, pero no dice nada y solo alza una mano mientras niega con la cabeza, mientras tanto Nix la ve atenta, esperando una respuesta y muy en el fondo divertida con lo expresiva que es su hermana.

Una muy sucia Erisce abre la boca para decir algo, pero solo vuelve a negar y entra a paso rápido a la mansión cuando la gigantesca reja sube.

—¿Y a ésta que mosca le picó? —se pregunta Nix renaudando su camino—. Si le pusiera el mismo ánimo en correr siempre, me podría seguir el paso.



#960 en Fantasía
#181 en Magia
#1341 en Otros
#52 en Aventura

En el texto hay: fantasia, romance, magia

Editado: 24.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.