Sentada al frente de su madre y al lado de su padre, Nix esperaba con paciencia a que le preguntaran lo habitual, pero solo estaban en silencio, haciendo que su momento de ir a bañarse se extendiera más, y eso se estaba volviendo insoportable, así que solo miró a ningún lado y se perdió en sus pensamientos.
Le echaré a la tina los pétalos de las rosas que recogí del jardín mientras me baño, sí, eso haré apenas sea capaz de escapar de esta oficina.
—¿De qué color? —pregunta su padre sumamente curioso y divertido.
—Las azules que están en el lado norte, las que cuida Manuel —responde emocionada, pero sin sonreír, hasta que lo nota y le grita mentalmente—; ¡Fuera de mi mente, viejo chismoso!
De una patada mental se quita las garras del poder de Nazareth Anglus, su padre, haciendo que éste se lleve los dedos a la sien para masajear el lugar, mientras le sonríe orgulloso y alza el pulgar en aprobación. El sentimiento de orgullo la invade y sonríe cuando recuerda que antes no era capaz de tal hazaña y su mente andaba a merced de cualquiera que fuera capaz de utilizar ese tipo de magia.
—Basta de juegos ustedes dos —demanda la voz imperiosa de la señora Anglus, con su rostro serio y una mirada inflexible—. Quiero que me des tu informe de hoy, Nixten.
Sinceramente a Nix no le agradaba que su madre dijera siempre su nombre completo y la principal razón de eso era que, sin importar con cuántas capas de seriedad, ética y quién sabe qué más cosas, no fuera capaz de ocultar la inconformidad, el anhelo y el miedo, porque ella aún era capaz de ver a través de esa máscara. Y aunque ella entendía a la perfección sus temores, las cosas aún eran de esa forma y por el momento no había de otra.
Bueno… si la hay pero, eso es aún más peligroso.
—Hubo un aumento del 2% y han empezado a llegar en pares, la frecuencia cambió exactamente cuarenta segundos, es decir, llegan cada dos minutos —hace una pausa tratando de recordar algo más, aprieta los labios entre sí y sonríe de lado—. ¡Oh, por cierto! ¿Quién entrena a María?
La forma en que la voz de Nix demostraba sus sentimientos era de alguna forma, sorprendente, le evocaba bonitos recuerdos a su padre de cuando solo era una niña.
—¿Quién es María? —preguntó indignada su madre y, justo en ese momento Nix fué capaz de ver lo que se escondía detrás.
Ante ese hecho Nazareth Anglus no pudo hacer más que carcajearse a pesar de la advertencia en la mirada de su esposa y Nix solo espabiló un par de veces saliendo del estupor en el que se sumió por un breve segundo y, medio sonrió aún confundida cuando sintió que su otra parte se acercaba.
—Soy yo, madre —habló su hermana con una sonrisita entrando al despacho.
—¿Y ésta de dónde rayos salió? —el murmullo de Nix se perdió entre la conversación.
—¿Y desde cuándo te llamas así? —dice su madre cuando voltea a ver a la otra gemela con frustración y una diversión que le pareció falsa, hasta que la miró fijamente—. Nixten, cariño, llevo diciéndote desde hace muchos años que dejes esa costumbre.
La cambiaforma estaba sorprendida pues hacía mucho tiempo que su madre no le decía así. Fue inevitable para ella y una agradable sorpresa para los demás que una sonrisa realmente feliz e inocente se deslizara en sus labios, la primera totalmente real que habían visto desde hacía casi tres años.
—Yo sólo le cumplí su sueño, madre —dijo Nix recordando ese momento, cuando solo eran unas niñas que no sabían nada de la realidad que las rodeaba.
—¿Cómo? —preguntó su madre atónita.
—Yo se lo pedí cuando éramos pequeñas, madre —le respondió Erisce, también recordando ese momento.
—¿Por qué? —la fuerza en esa pregunta generó una espinita en Nix que no supo cómo llamar.
Ella sabía que Erema Anglus, su madre, tenía la respuesta y esta le causaba mortificación, provocaba que un nudo en su garganta creciera.
—Ya sabes, madre, por querer ser como los demás —respondió finalmente con una sonrisa nostálgica.
Fué algo totalmente predecible que Erisce deseara un segundo nombre, como los demás y, yo le seguí solo para... no ser diferente a ella.
Su madre, al oír esa respuesta, tenía un gesto tan torturado que llegaba a ser casi, físicamente doloroso y, tal parecía que no podía decir nada porque aparentaba estar a un paso de hacerse añicos justo al frente suyo, al menos eso era lo que ella sentía que veía.
—Mis niñas, ustedes no son como los demás —la cálida voz de su padre llamó su atención—. Son únicas e incomparables. Son perfectas sin necesidad de cambiar nada —se levantó y tomó con firmeza sus manos—. Ustedes dos son nuestras hijas y haríamos cualquier cosa por ustedes. Hacen parte de nuestro corazón y éste les pertenece.
Era cierto, cada una de esas palabras contenía una verdad irrefutable y el trasfondo de estas era, por decirlo, incontenible. A los seis años ya Nix era muy consciente de eso y recordaba que cuando se trataba de sus hijas a ellos no les quedaba ni un ápice de piedad.
Cuando eres una niña llena de inocencia y rosas que no tienen espinas, la vida es maravillosa, sin límites de bondad y ves a personas en todos lados, con ideales que auspician a la paz de este mundo casi lleno de inmortalidad. Así que al final los niños sueñan con algo muy simple, pero imposible en ésta vida controlada por la inequidad. Equivalencia. Semejanza. Justicia.