Voracidad

06. Los seres amados también pueden ser crueles.

Los oídos de Nix estaban abarrotados en un zumbido que no le dejaba escuchar más allá de esas voces que pertenecían a un recuerdo, a un simple momento que lo cambió todo para su padre en el pasado, y también lo hacía para ella en el presente, porque en el fondo de su mente eso explicaba muchas cosas que prefería que no la tuvieran.

—Es mi hija, Nazareth, no te metas en ello —decía su madre en un tono que no sabía cómo explicar.

—¿Cómo que tu hija? —gritó su padre de manera contenida— ¡Es nuestra hija, Lislun, no puedes sacarme de su vida de esa manera y mucho menos cuando yo puedo entrenarla!

—No me importa —respondió con una rabia que empezaba a salir a flote— ¡Ella es mi hija y punto! aquí no te metes y alguien con más capacidad la instruirá.

—Ah... ¿eso es lo que piensas? —cuestionó él alzando una ceja— ¿Es tú decisión definitiva, Erema Anglus?

—Sí. No quiero que te andes metiendo en la mente de mi hija —respondió a ese reto implícito mientras lo señalaba—. No hay vuelta atrás así que te agradecería mucho respetaras mi decisión.

—Muy bien, que así sea —susurró asintiendo con la cabeza para después hacer una mueca—. Y solo para recordártelo; yo nunca haría tal cosa. Porque si aún no lo has notado, yo no soy ellos.

—Quizás no seas ellos, pero algún día harás lo mismo —siseo con ira, cómo una serpiente molesta—. Lo sé, tú querrás pasar por encima de mí y eso lo harás solo porque eres hombre.

La expresión de su padre era indescifrable, solo se quedó ahí, viéndola de una manera tan fija que no se esperó sus siguientes palabras.

—Si algún día lo hago tengo la certeza de que no será solo porque me sale de los cojones —respondió con una voz carente de emociones mientras en sus ojos parecía esconderse un odio silencioso.

Y en un tormentoso descuido o quizá un deseo de parte de alguno de ellos, la escena que Nix había vislumbrado algunos años atrás tomó sentido y ella habría preferido mantenerse en la incertidumbre. Sus manos temblaron y el dolor en su pecho cobró vida. De haber sabido eso en el pasado estaría llorando por lo cruel que pueden llegar a ser los seres amados con los suyos. No debería ser así. No era justo.

No debería, pero lo es, supongo que no sólo a mí me cuesta controlarme.

El dolor en sus encías la hizo salir del aturdimiento en el que se encontraba pérdida. Sus manos se volvieron un puño fuerte que resintió a sus palmas. Estaba evitando a toda costa no abrir o tensar su mandíbula.

Esta era una escena de lo más extraña y lo era aún más la actitud de ella y su padre. Algo más pasaba y estaba casi segura que era algo externo a ellos.

—¡Papá, basta ya, por favor! —Nix le habló directamente a su mente causando que detuviera esa cantidad de imágenes que le estaba mostrando y que ella no quería ver—. ¡Vótalos a los dos y al Bosquejo que está a tres metros de distancia al noroeste!

El grito afónico por el dolor hizo que Nazareth se espabilara, pero en vez de hacer lo pedido por su hija un aro de fuego se extendió por su brazo y llegó hasta ella para envolverla y lo siguiente que pasó fue que al intensificarse el brillo del fuego ellos dos desaparecieron y las puertas de la biblioteca se cerraron en un estruendo que de seguro sacudió a toda la mansión. El fuego siguió danzando entre los dedos de su padre y le llamó la atención el hecho de que no estaba susurrando ningún hechizo, tan solo estaba ahí haciendo algo con ese fuego entre sus dedos que unos momentos después desapareció, sin dejar rastro alguno.

Nazareth dió un chasquido con los dedos y la oscura y enorme estancia se iluminó debido a que se corrieron las cortinas y que el enorme candelabro antiguo que colgaba desde una cúpula de vidrios transparentes también se encendió. Su boca se abrió de la impresión y entonces fué consciente de que el dolor de sus encías ya no estaba. El ardor que se concentraba en sus colmillos que empezaban a afilarse también había dado marcha atrás. Abrió sus puños y vió que no tenía marca alguna cuando recordaba claramente el dolor de sus uñas creciendo y traspasando su piel.

La desesperación que había estado sintiendo en ese momento eclipsó cualquier sentimiento que había causado lo que vió en ese recuerdo. Ella estuvo a nada de forzar una muestra física de su lobo.

Pensé que nunca nada me volvería hacer perder el control. Que ingenua he sido, demasiado.

Su rostro se contrajo y ciertos cálculos se hicieron en su mente; el dolor en su mandíbula no fue como lo recordaba, y las uñas no habían crecido con la velocidad que debían. Nada, absolutamente nada había sido como debía, así que en conclusión...

Yo no perdí el control. Todo lo contrario.

Nix supo entonces que ella no estaba preparada para un enlace mental con su padre que fuera demasiado largo y mucho menos tan invasivo. Y eso había sido un error de su parte.

Supongo que me emocioné con mi avance y quería sentirme más cerca de papá.

—Nix, no te quedes parada ahí —su padre la llamó desde una silla que parecía antigua y elegante, como todo en la gigantesca estancia.

Tenía una pierna sobre la otra y tenía un libro en la mano que desde donde estaba parada no podía verle el título. Una taza humeaba sobre la pequeña mesa y olía a toronjil de canela, esa bebida solía gustarle mucho y la compartía cuando era una niña todas las noches con él, pero con el tiempo esas noches se volvieron cada vez más escasas, hasta que al final desaparecieron.



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En el texto hay: fantasia, romance, magia

Editado: 24.07.2026

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