Suspiró profundamente y con parsimonia se pasó las manos por la frente para echar hacía atrás los cabellos que se agolpaban ahí, ahora que estaba corto de nuevo se movía para todos lados y aunque para alguien más sería molesto a ella le gustaba, era como si su mente se sintiera despejada, un peso fuera de sus hombros. Cuando estuvo casi muerta muchas cosas tomaron el lugar que tenían antes y con una nueva convicción, aunque también perdió cosas importantes, cosas que nadie debería perder.
Unos cuantos días atrás había vuelto a esa pequeña estatua que parecía llamarla, le pedía que la tocara, y cuando logró colocar su mano sobre ella, todo lo que había estado confuso y olvidado, volvió como un vendabal que la sacudió hasta dejarla agotada y con esa maldita agonía que solo aumentaba cada vez más, esa misma que la llevó a cometer locuras como la de hace dos días. ¿En qué había estado pensando ese día? Seguramente una locura, no podía recordarlo con claridad, era alguien más, alguien a quien no quería darle cabida en su cuerpo, y muchos en su vida, pero que se las arreglaba para asomarse cuando le daba la gana. Era alguien dominante, mucho más que su lobo y con quién desde el principio había estado confundiendo, que tonta fué.
—¿En qué tanto piensas, bonita?
Dejó de flotar en el agua y se movió hasta la orilla, la sirena estaba quieta, moviendo la cola para mantenerse ahí, lejos de ella, el cabello azulado le caía largo y tapaba parte de las escamas verdosas que subían desde su cola hasta tapar parte de su torso y que se transparentaba en sus brazos. Era realmente hermosa y verla era como un sueño, parecía tan irreal.
A ella también la olvidé, ¿por qué?
¿Por qué pasó todo eso?
—En algunas cosas —susurró sentándose en la orilla y dejando los pies dentro del agua—. Por favor, no me digas bonita, es incómodo.
—¿Por qué? ¿Por qué soy una sirena?
Lo sabes, no te hagas la tonta que no es momento para esto.
—¿Qué? ¿Eso que tiene qué ver aquí?
No lo sé, no lo sé, no lo sé.
¿Tú lo sabes?
—Bueno, es lo más obvio, ¿no?
¿Quieres qué te lo diga, cierto?
—Eso no tiene ningún sentido para mí.
¡Dímelo, dímelo! ¡Vamos, dímelo!
—¿Ah? ¿Entonces a qué se debe tu incomodidad?
Dame algo a cambio.
Dámelo y te lo diré.
—Por Izard, eres algo así como una tía para mí y es muy raro que me digas bonita así de la nada, digo, está bien que me elogies —frunció el ceño, no podía conectar sus ideas bien y tenía ganas de golpear a alguien—, pero solo cuando es necesario hacerlo, creo.
Eres igual a los demás, qué decepción.
—¡Ay, cariño, no has cambiado nada! —se ríe la sirena—. Me dan ganas de darte un abrazote súper fuerte. Eres tan adorable.
Nix temblando negó, recordaba que la sirena solía hacer eso antes y la verdad era que la sensación viscosa no le agradaba para nada, tan, tan, tan… escalofríos le suben por el cuerpo.
—No, gracias —rechazó luchando contra la aversión.
La sirena estalló en grandes carcajadas para nada ofendida.
—Bien, bien. —Cesa la risa y la preocupación enmarca el rostro delgado y algo verdoso de la sirena—. Dime, te has estado sintiendo mejor, ¿cierto?
—Ah, sí, sí —Nix le dió una linda sonrisa—, muchas gracias.
¿Se ha ido ya?
Que extraño.
—No es nada, es un placer ayudarte con tu intoxicación.
La atención de Nix se enfocó inmediatamente en la sirena que la veía impasible y como si supiera… cosas. Demasiadas cosas que a ella le faltaban por saber.
—Yo no estoy intoxicada, Gatek —protestó.
—Claro, dile eso a tu resentido cuerpo. —La sirena chasqueó la lengua y la miró de arriba a abajo. Nix era consciente de que esos ojos lo estaban captando todo—. Tienes bastante sustancia encapsulada en tu sistema, aunque es casi invisible. Por lo tanto, tu padre no puede retirarla —Gatek se encogió de hombros y una sonrisa de suficiencia se deslizó por sus labios—. Obviamente no está preparado y como sus esencias son tan compatibles, hay cierto problema de aceptación y resistencia que no se puede manejar bien en tu estado.
—No lo digas así que pareciera que estuviera a punto de morir —Nix rodó los ojos y suspiró—, otra vez. Es molesto. Muy molesto, ¿sabes?
—Si seguías así es lo más seguro —La sirena se encogió de hombros, de nuevo, como si hiciera esto todos los días—, pero ahora estás en mis manos, así que no hay nada de que preocuparse.
¿No hay nada de qué preocuparse?
¿En serio, yo no tengo nada de qué preocuparme?
Ojalá esa mierda fuera cierta.
Nix pensó en el hecho de que había estado siendo muy extraña, es decir; su humor cambiaba muy rápido y a veces ni siquiera podía reconocerse, como por ejemplo; cuando habló con su madre y ahora, de verdad no entendía porque se sentía así, como si no cupiera en su cuerpo y mente. De alguna forma insolente estaba dejando de ser ella. O tal vez volvía a ser ella. Que complicado.