Voracidad

33. El espía y soñador Jeremías Palhau.

La casa tenía el mismo aire que por fuera, grande, cálida y antigua, pero bien cuidada. Había algo que llamó su atención desde que entró, la fuerte tensión que casi la estaba asfixiando. Su nariz, tan sensible últimamente, estaba inundada por ese olor tan molesto que era una mezcla de inconformidad, hostilidad y recelo, aunque eso no era lo peor.

Claro que no. ¿Por qué sería tan sencillo?

Nix alzó la taza blanca de porcelana y se la llevó a la boca por tercera vez consecutiva, no sin antes admirar las rosas que tenía plasmada en el borde exterior. Dió un suspiro suave. Probablemente se estaba viendo como una inconsciente por su actitud aparentemente desinteresada, pero era eso y disfrutar de la infusión de manzanilla y jengibre endulzada con algún tipo de miel o comportarse como su lobo se lo pedía. Aunque eso no sería muy cortés de su parte.

Es fascinante las decisiones que se toman desde la perspectiva.

En ningún momento volteó a ver lo que estaba haciendo Ren, pero lo sentía, estaba tranquilo mientras también disfrutaba de su infusión y nadie se inmutaba por su presencia, lo cual tenía sentido, ya que al parecer ella era, no solamente la extraña si no también alguien que ya habían visto y no precisamente en buenos términos.

Quiso reírse por las cosas que solo a ella le pasaban.

Dando el último sorbo a la bebida tibia se estiró para dejarla en la mesa circular de madera roja, esa acción solo aumentó la tensión entre las demás personas que estaban paradas o recostadas en algún sitio de la casa. A la distancia perfecta para no estar cerca de ella pero lo suficientemente cerca para vigilar cada uno de sus movimientos.

Y pensar que tengo que sobrevivir a esto para volver a casa. A la comodidad de mi cama, ay no, ya me quiero ir.

Colocó con suavidad la taza sobre la madera y con la misma delicadeza rozó con sus dedos la madera que resultó ser tan lisa como imaginó. Una mínima descarga subió por sus dedos haciendo que su ceño se frunciera levemente. Repitió la acción y la respuesta fue la misma.

Se recostó con agilidad en el respaldo de la silla de madera y la miró dándose cuenta que eran diferentes. Su primer instinto fue preguntar pero lo retuvo queriendo obtener la respuesta por su cuenta. Volvió a suspirar viendo el delgado anillo en su dedo meñique que se había puesto antes, desde que había empezado a entrenar con Gatek, así que entre dudas se lo quitó para colocarlo al lado de su taza de té.

Esto funciona como una barrera de contención en mi magia, debería dejarme ver algo, aunque sea un poco. Aunque, ¿será que mis ojos podrán ver ese mundo oculto donde la magia fluye?

De reojo vió como Ren se puso alerta, pero no quiso darle la cara para que viera que en verdad estaba haciendo lo que se veía, que estaba siendo solamente una entrometida. Así que volvió a deslizar sus dedos por la madera viendo débilmente cómo hilos de esencia mágica se dispersaron cada vez que ella la tocaba, como si fueran polen, tan sutil y natural.

Oh, así que sí es magia. Es muy bonito todo, sería muy interesante ver qué tanto podré captar cuando suceda.

—Nix —llamó Ren mirándola con esos ojos que gritaban «¡pero que crees que estás haciendo!»—, no creí necesario mencionarlo ahora.

—No importa —meneó la mano—, es solo que no pude contener la curiosidad y no me hubiera dado cuenta si no la hubiera tocado —sonrío débilmente, apenada—, lo cual hubiera pasado antes de regresar, eso es seguro.

Según papá la forma en que vemos la influencia de la magia en el mundo depende de la cantidad que es capaz de procesar tu cuerpo, aunque también de dónde proviene.

¿Procesar? ¿Transformar? ¿Utilizar?

Ren bufó una risa.

—Eso es cierto, pero me hubieras preguntado a mí o al señor Jona.

Nix quiso rodar los ojos.

—Así que se llama Jona, señor Manuel —dijo Nix sin ninguna burla o mala intención pero el ambiente se crispó más, aunque el señor de ojos pardos y cabello rubio oscuro solo asintió totalmente entretenido—. Entonces, ¿sabe usted porqué esta madera desprende, aunque débilmente, magia?

—Discúlpeme, señorita Anglus, pero no lo sé —dulzura y tristeza pasaron por sus ojos—. Esta mesa de té fue un regalo de bodas de parte de los padres de mi amada Marylin. Eso es todo lo que sé, lamento no poder ayudarle más.

—No se preocupe, señor Jona —dijo sin saber más que decir—. Aunque me gustaría que solo me diga Nix, después de todo no estoy aquí como la hija de Erema.

El efecto de ese nombre fue inmediato, el espacio se llenó de una densa ira que seguramente le iba quedar adherida a la piel por un buen rato. Chasqueó la lengua, molesta por ese hecho y por seguir ahí sin ninguna respuesta o propuesta.

Vaya, que sorpresa que la dictadora de mi madre no sea querida por su gente. Esto es tan gracioso.

—¿Mi nieto también se toma esas libertades con usted, señorita? —Jona quiso saber dándole una breve mirada severa al susodicho.

—Mmm, ah —dudó a propósito viendo el rostro pálido de Antonio—... digamos que somos algo como amigos, pero —colocó una expresión de tragedia—, su nieto es malo, ¿sabe? —quiso reírse cuando él castaño parecía a punto de morir, así que aprovechó antes de que se diera cuenta de lo que estaba pasando—. Él no me ha querido decir su nombre y tengo la sensación de que trabaja bajo un nombre falso, aunque no se preocupe, lo último no es importante para mí —hizo un puchero—. A final de cuentas yo solo quiero saber su nombre para que nuestra amistad sea floreciente —alzó un hombro—, me parece justo, ya que el sabe el mío, señor Jona.



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En el texto hay: fantasia, romance, magia

Editado: 31.08.2026

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