Vórtice Azul

Prólogo

Nunca quise huir.
Solo aprender a no destruir todo lo que tocaba.

—Respira —decía mi madre, siempre en voz baja, como si el mundo pudiera oírnos—. Control es supervivencia.

Control.
Esa fue la palabra con la que crecí. La que selló puertas. La que justificó muros, vigilias y rituales interminables.

Mi familia llamaba retiro a los encierros. Decían que era por mi bien, que el mundo aún no estaba listo para alguien como yo. Que el poder que ardía bajo mi piel —ese caudal indómito, vivo, inquieto— debía ser contenido, medido, domado como una bestia peligrosa.

Yo obedecí.
Años enteros.

Hasta que el silencio empezó a doler más que el miedo.

Por las noches, cuando todos dormían, apoyaba la frente contra la piedra fría y cerraba los ojos.

Escucha, me decía algo dentro.
Una voz antigua, más vieja que mi nombre, más vieja que mi sangre.

—No debo —susurraba—. No puedo.

Pero el latido insistía.

Así practiqué a escondidas.
No con los hechizos que me enseñaron, ni con palabras heredadas que pesaban como cadenas, sino con intuición pura. Dejaba que la magia respirara conmigo, que fluyera sin órdenes ni límites.

Quería dominarme.
Quería ser libre sin ser un peligro.

Nunca pretendí romper el tiempo.

Pero el tiempo se rompió conmigo.

Todo ocurrió en un solo latido.

La magia estalló como un torbellino, un vórtice que no giraba hacia afuera, sino hacia adentro. El aire se volvió espeso, antiguo, como si siglos enteros se apilaran sobre mi pecho.

—¡Detente! —gritó alguien—. ¡Aléjate de ella!

Grité también, pero mi voz se perdió entre capas de mundo que se deshacían. Sentí cómo el suelo desaparecía, cómo la realidad se plegaba sobre sí misma.

Y entonces caí.

No fue una caída violenta.
Fue como si el propio cielo me soltara con cuidado.

Las ramas amortiguaron mi cuerpo. Hojas ásperas rozaron mi piel. El suelo me recibió húmedo, cubierto de musgo y raíces. No hubo dolor. Solo desconcierto… y un silencio distinto. Más profundo. Más vivo.

Cuando abrí los ojos, supe que ya no estaba en casa.

El aire era más frío, más crudo. Olía a madera, a fuego, a hierro. Los árboles se alzaban enormes, antiguos, como si llevaran siglos observándolo todo sin parpadear.

Y entonces escuché voces.

Graves. Ásperas. Reales.

—¿Oíste eso?
—No fue el viento.
—Por los dioses… mira el bosque.

Intenté moverme. Mi cuerpo respondió lento, pesado, como si el mundo tuviera otra gravedad.

Ellos emergieron de la neblina.

Altos. Imponentes. Rudos.
Hombres y mujeres cubiertos de pieles, con trenzas gruesas, cicatrices marcadas por la vida, miradas que no pedían permiso para juzgar. No había delicadeza en sus gestos, pero sí fuerza. Una fuerza que no se disculpaba.

Yo, en cambio, parecía un error del destino.

Mi piel brillaba apenas bajo la luz opaca del cielo. Mi ropa no pertenecía a ningún clan ni a ninguna era. Lo sentía en los huesos: era demasiado distinta. Demasiado visible.

—No es una de los nuestros —dijo un hombre, con la mano firme sobre el hacha.
—¿Es un espíritu? —susurró otro.
—¿O una maldición?

Intenté retroceder. Fue inútil.

—Por Odín… —murmuró alguien.

No recuerdo quién me tomó del brazo ni cómo llegué hasta allí. Solo sé que terminé frente a una construcción de madera oscura, iluminada por antorchas. Una cantina. El corazón del asentamiento. El lugar donde nada se ocultaba por mucho tiempo.

Y fue allí donde la vi.

Una mujer de hombros fuertes y ojos afilados como cuchillas. Su cabello, recogido en una trenza gruesa, caía sobre una piel marcada por cicatrices antiguas. No me miró con miedo. Tampoco con ternura.

Me miró como quien evalúa una oportunidad.

—No eres de aquí —dijo.

No fue una pregunta.

Negué despacio. No sabía qué decir. No sabía dónde estaba.

—Pero puedes ser útil —añadió—. Y eso aquí importa más que el origen.

Hubo murmullos. Risas bajas. Desconfianza.

—¿Y si es peligrosa? —preguntó alguien.
—Todos lo somos —respondió ella, sin apartar la mirada de mí.

Me ofreció refugio.
Comida.
Silencio.

Nada es gratis, aprendí rápido.

Por las noches, cuando la cantina se llenaba de humo, alcohol y risas ásperas, me pedía que cantara.

—Tu voz —dijo una vez—. Úsala.

Canciones sin idioma, nacidas del pecho y no de la memoria. Y cuando cantaba, el mundo parecía detenerse. Las conversaciones se apagaban. Las miradas se alzaban.

No era magia consciente… pero lo era.
Y ellos lo sentían.

Yo acepté.
Porque no tenía a dónde ir.
Porque no sabía regresar.
Porque, por primera vez, nadie me pedía que me escondiera… solo que brillara.

No sabía aún que ese lugar sería el inicio de algo más grande.
Que mi poder no había elegido ese tiempo por error.
Ni que entre ese mundo de acero y sangre, entre miradas que no se inclinaban ante nada, alguien me vería no como un peligro…

…sino como un destino.

Pero eso vendría después.

Por ahora, solo sabía una cosa:

Había cruzado el tiempo.
Y ya no era la misma.



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En el texto hay: magia, suspenso, romance accion

Editado: 07.01.2026

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