Vórtice Azul

Capítulo 1

ᚴᛅᛒᛁᛏᚢᛚᛁ ᚠᚢᚱᛋᛏᚱ

Dos semanas.

Podría contarlas por amaneceres, por noches de humo o por los moretones que el trabajo dejó en mis manos; pero las contaba, sobre todo, por la manera en que mi pecho se apretaba cada vez que recordaba: antes.

Antes, mi mundo despertaba con la Luminaria.

Una claridad suave, constante, que no provenía del sol sino de los canales de energía que corrían bajo las ciudades celestes. La luz se deslizaba por los muros como agua. El aire tenía sabor a lluvia limpia. El silencio no era vacío, sino música contenida.

Allá, cuando alguien decía “Que la luz te sostenga”, no era un deseo: era una ley.

Aquí, en cambio, el amanecer llegaba como un golpe.

Desperté cuando el cielo aún estaba oscuro y el frío, ese frío que no pide permiso, mordía a través de las mantas ásperas. El suelo de madera exhalaba humedad. La cantina olía a brasas viejas, a piel mojada y a esa mezcla de humo y grasa que se quedaba pegada en la garganta.

Me senté despacio, cuidando de no hacer ruido.

Aprendí rápido que el ruido atrae ojos. Y los ojos… aquí pesaban.

A la derecha, el resuello profundo de un hombre dormido detrás de una cortina de piel. Al otro lado, el crujido de la estructura cuando el viento soplaba. Afuera, un lobo aulló una nota larga, como si llamara a algo que yo no entendía.

Me pasé una mano por el cabello. Seguía sorprendiéndome que mi pelo, blanco como la nieve de un sueño, siguiera siendo blanco incluso aquí, donde todo se manchaba: la ropa, las uñas, el pensamiento.

Demasiado visible, había dicho mi instinto la primera noche.

Demasiado viva.

Me levanté.

El aire me cortó la piel. No como el aire templado de mi casa, que era casi siempre amable. Aquí el aire tenía dientes. Caminé hacia el rincón donde Valeska guardaba los cuencos, y el suelo crujió bajo mis pies.

Una voz salió de la oscuridad, ronca y despierta.

—Los fantasmas caminan temprano.

Me detuve.

Valeska estaba sentada cerca del fuego apagado, como si nunca hubiera dormido. Sus hombros anchos se recortaban contra una franja de luz gris que se filtraba por una rendija en la pared. Tenía el cabello trenzado, y en la trenza, pequeñas piezas de metal que tintineaban apenas al moverse.

Sus ojos eran de un color difícil. No eran fríos. Eran… afilados.

—No soy un fantasma —murmuré, aunque la frase sonó débil incluso para mí.

Valeska soltó un resoplido.

—Aquí, lo que no entienden lo llaman fantasma, maldición o señal. Escoge el que te duela menos.

Me acerqué al banco, intentando no parecer una criatura a punto de huir. En mi mundo, huir era siempre la primera opción. Huir era el reflejo que habían cultivado en mí como se cultiva el miedo.

—No dormí bien —dije.

—¿Quién duerme bien en un lugar que no lo quiere? —replicó.

No supe qué contestar.

Mis manos, casi sin que yo lo decidiera, comenzaron a preparar el fuego: leña, pedernal, paciencia. Había aprendido a encenderlo, sí. Pero cada vez que lo hacía, recordaba con una punzada amarga lo fácil que era antes.

En casa, el calor nacía con solo tocar los sellos de la pared.

Aquí no. Aquí el calor se rogaba.

Valeska me observaba, y no era una mirada de vigilancia. Era una mirada de evaluación, como si yo fuera una herramienta extraña que todavía no sabía si cortar o guardar.

—Hoy no irás al pozo —dijo de pronto.

Me quedé quieta, con el pedernal en la mano.

—¿Por qué?

—Porque anoche casi te desmayas cargando el balde —respondió, como si fuera una verdad tan simple como la nieve cayendo—. Y no necesito que mi única cantante se rompa la espalda.

Cantante.

La palabra me golpeó de una forma que no supe nombrar. En mi mundo, mi voz era otra cosa. Algo que se usaba para recitar sellos, para entonar plegarias de equilibrio, para repetir frases que mantenían estable la magia común. Allá, la voz era disciplina.

Aquí mi voz era… moneda.

—Entonces… ¿qué hago? —pregunté.

Valeska se puso de pie. La madera del banco se quejó bajo su peso. Se acercó al fuego con esa calma peligrosa de quien no tiene prisa porque el mundo la obedece.

—Cocina —repitió Valeska, como si esa palabra fuera un destino—. Corta raíces. Limpia pescado. Aprende a no torcerte los dedos.

Asentí.

En mi mundo, la cocina era un espacio silencioso donde las cosas se ordenaban solas si uno conocía los canales correctos. Aquí, la cocina era una batalla lenta contra la madera húmeda, el cuchillo romo y el hambre ajena.

Valeska señaló un canasto de tubérculos oscuros.

—Eso. Y si lloras, que sea por el humo, no por lástima.

No respondí. Aprendí que a Valeska no se le responde con palabras cuando quiere hechos.

Me senté junto a la mesa y tomé el primer tubérculo. La cáscara era dura como cuero. Lo corté con esfuerzo y sentí el golpe seco en la muñeca.

—Mírate —dijo una voz femenina desde la entrada—. Tus manos parecen de ave.

Levanté la vista.

Era Sigrid, una de las mujeres que ayudaba a Valeska. Tenía la cara llena de pecas y el cabello cobrizo, recogido en un nudo desordenado. Su sonrisa no era cruel, pero tampoco amable. Era curiosidad.

—Vengo de otro lugar —dije, una frase tan inútil como repetir el cielo.

—Todos venimos de algún lugar —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Aquí importa a dónde puedes llegar.

Valeska lanzó un gruñido.

—Si vas a hablar, Sigrid, que sea mientras haces algo útil.

Sigrid se rió, y el sonido fue áspero, como la risa de quien ha vivido demasiado cerca del frío.

—Sí, madre de cuervos.

Madre de cuervos.

Así le decían algunos. Yo lo había escuchado en murmullos, en la cantina, cuando el humo y la cerveza volvían valiente a la lengua. Valeska no parecía escuchar. O tal vez escuchaba todo y decidía qué merecía su atención.



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En el texto hay: magia, suspenso, romance accion

Editado: 07.01.2026

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