Vórtice Azul

Capítulo 2

ᛅᚾᛅᚱ ᚴᛅᚠᛚᛁ

El cansancio no me abandonó cuando la cantina se vació.

Se quedó conmigo, adherido a los huesos, como si esta tierra hubiera decidido reclamarme por completo. Al subir la escalera estrecha hacia el cuarto donde dormía, cada peldaño me pareció más alto que el anterior. No dolor. No torpeza. Peso.

En mi mundo, el cuerpo respondía al pulso de la energía. Aquí, respondía a la gravedad… y a algo más antiguo, más terco. Como si la era misma se resistiera a aceptarme.

Cerré la puerta tras de mí y me dejé caer sobre el jergón.

Respiré.

Ancla el pulso, me repetí en silencio.
No lo dejes correr.

Aun así, el aire parecía más espeso. Cada inhalación costaba. Me pregunté si a los demás les ocurría lo mismo o si era solo yo, desfasada, como un engranaje fuera de lugar.

Dormí a ratos. Sueños fragmentados. Luz que no calentaba. Pasillos blancos. El murmullo distante de mi nombre, pronunciado como advertencia.

Cuando desperté, el alba apenas había rozado las rendijas.

Un golpe seco en la puerta me arrancó del jergón.

—Arriba —dijo Valeska—. Antes de que el día te vuelva más lenta.

Abrí.

Ella sostenía un atado de telas y pieles. Olían a animal curtido, a humo y a hierro. Instintivamente di un paso atrás.

—Eso es para ti —dijo, tendiéndomelo.

Miré el bulto. Mi estómago se encogió.

—¿Pieles?

—Lana, cuero —corrigió—. Lo que se usa aquí.

No respondí de inmediato. En mi mente pasó, como un relámpago, la suavidad de los tejidos de mi mundo: fibras vivas, ligeras, que se adaptaban al cuerpo. Aquello… aquello era lo contrario.

—Cuando llegaste —continuó—, te di lo único que tenía a mano. Los vestidos de mi hija, cuando era niña.

Lo sabía. Dos vestidos sencillos, gastados por el tiempo, que me quedaban apenas bien por milagro. Y el vestido con el que había caído entre siglos.

Lo demás… lo demás lo lavaba y esperaba.

Mi ropa interior —bragas y sostén— no pertenecía a esta era. Aquí, las mujeres usaban una prenda interior de lino, una especie de túnica sencilla bajo la ropa, y a veces bandas de tela para sujetar el pecho. Nada parecido a lo mío.

No me gustaba.
Pero no estaba en posición de exigir.

—Los tuyos —dijo Valeska, leyendo algo en mi cara—, esos trapos finos… no durarán el invierno.

—Lo sé —murmuré.

—Y eres menuda —añadió, sin crueldad—. Demasiado delicada para estas telas. Te quedarán grandes.

Levanté la vista.

—Puedo arreglarlos.

V aleska arqueó una ceja.

—¿Sabes coser?

Asentí.

En mi mundo, coser no era una necesidad común, pero yo había aprendido. En los encierros, cuando el silencio pesaba demasiado, me daban tareas que no implicaran magia.

—Hazlo, entonces —dijo—. Porque a mí no se me da bien eso.

Tomé el atado.

El cuero raspó mis dedos.

—Gracias —dije, y no fue una cortesía vacía.

Valeska se giró para irse, pero se detuvo un segundo.

—Y Althea.

—¿Sí?

—Aquí, la ropa no es adorno. Es armadura.

Asentí otra vez.

Cuando me quedé sola, extendí las prendas sobre el banco. Eran amplias. Pensadas para cuerpos fuertes, anchos de hombros, acostumbrados al frío y al trabajo duro.

Yo no era frágil.
Pero aquí, mi cuerpo lo parecía.

Me quité el vestido que llevaba —uno de los de la hija de Valeska— y quedé con la ropa interior de mi mundo. Me incomodaba. No porque fuera indecente, sino porque me hacía sentir fuera de lugar. Como todo lo demás.

Aquí, nadie hablaba de pudor como en mi era. Pero yo lo sentía igual.

Tomé el primer vestido de lana y lo pasé por mi cabeza.

Era enorme.

Me cubría más de lo necesario, caía recto, sin forma. La tela pesaba sobre mis hombros como si quisiera empujarme hacia el suelo.

Encontré el espejo.

No era un espejo como los de casa, donde el reflejo era limpio y fiel. Era un disco de metal pulido, ligeramente abollado, colgado de un clavo. Aun así, devolvía una imagen suficiente.

Me acerqué.

La mujer que me miró de vuelta tenía el cabello blanco suelto, la piel pálida bajo la luz cruda del amanecer, y un cuerpo que la ropa no entendía.

Era esbelta, sí.
Con curvas marcadas: caderas suaves, pecho lleno, una cintura estrecha que el vestido ignoraba por completo. Todo aquello que en mi mundo era armonía aquí quedaba oculto bajo capas sin forma.

—No soy débil —susurré a mi reflejo.

Pero la mujer del espejo parecía cansada.

Tomé aguja e hilo. Me senté junto a la ventana y comencé a trabajar. Ajusté costados. Recogí tela. Marqué la cintura. No para exhibirme, sino para habitar mi propio cuerpo otra vez.

El trabajo me calmó.

Cada puntada era una afirmación silenciosa: sigo aquí.
Puedo adaptarme.
Aún soy yo.

Probé de nuevo el vestido.

Me quedaba mejor. No perfecto. Pero mío.

Cuando terminé con la segunda prenda, el sol ya estaba alto. Me dolían los dedos. La espalda. Las piernas. Ese dolor distinto, pesado, que no se iba con respiración ni enfoque.

Tal vez este mundo exige más tiempo, pensé.
Tal vez debo aprender su ritmo antes de recuperar el mío.

Guardé la ropa y me vestí con cuidado. Al salir, Valeska me esperaba al pie de la escalera.

Me observó. Despacio.

—Lo arreglaste —dijo.

—Sí.

—Te queda mejor —concedió—. Aun así, pareces que el viento podría llevarte.

—No lo hará —respondí, más firme de lo que me sentía.

Valeska sostuvo mi mirada un segundo largo.

—Veremos.

Mientras bajaba, sentí de nuevo el peso del mundo sobre mí. Pero también algo más: una determinación silenciosa, cosida puntada a puntada.

No era débil.
Solo estaba aprendiendo a existir en un tiempo que aún no me reconocía.



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En el texto hay: magia, suspenso, romance accion

Editado: 07.01.2026

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