Vórtice Azul

Capítulo 3

La noche cayó rápido.

Aquí no había transición amable entre el día y la oscuridad. El cielo no avisaba; simplemente se cerraba sobre el mundo como una tapa pesada. El frío se volvió más duro, más insistente, y el viento empezó a colarse por las rendijas con un silbido agudo, casi animal.

La cantina se llenó de nuevo, aunque no con el mismo ánimo que otras noches.

Había menos risas.
Más miradas hacia la puerta.
Más manos cerca de armas que de jarras.

Serví sopa junto a Sigrid. El vapor subía espeso, pero el calor apenas lograba quedarse en los dedos. Sentía los músculos tensos, como si llevara horas sosteniendo algo invisible.

—Bebe despacio —me dijo ella, acercándome un cuenco—. El estómago frío traiciona.

Asentí.

—¿Siempre es así cuando hay rumores? —pregunté en voz baja.

Sigrid sopló sobre su sopa antes de responder.

—Cuando hay ladrones, sí. No son simples rateros. Son hombres que no tienen nada que perder.

—¿Y nadie los detiene?

—A veces los jarlar envían hombres —dijo—. A veces no. El þorp aprende a defenderse solo.

Miré alrededor.

Valeska estaba de pie cerca de la pared, hablando con Eirik y otros dos hombres. No levantaba la voz, pero todos inclinaban la cabeza para escucharla.

—Ella manda más que muchos hombres ricos —murmuré.

Sigrid sonrió.

—Valeska manda porque sabe sobrevivir. Aquí eso vale más que el linaje.

Bebí un sorbo.

La sopa era fuerte, salada, amarga. Sentí el calor bajar por la garganta, pero no fue suficiente. Algo dentro de mí seguía desacompasado, como si mi cuerpo no lograra sincronizarse con este mundo.

—¿Te duele? —preguntó Sigrid de pronto.

—¿Qué cosa?

—Todo —respondió sin rodeos.

Dudé.

—No es dolor… —busqué las palabras—. Es como si el aire fuera más pesado. Como si tuviera que empujar cada movimiento.

Sigrid frunció el ceño.

—Eso no es normal.

—Para mí tampoco —admití.

Ella me observó con atención.

—Tal vez estás enferma.

Negué despacio.

—Enferma no. Es… diferente.

—Siempre dices eso —replicó—. Diferente no explica nada.

No insistí.

Porque no sabía cómo explicar que en mi mundo el cuerpo no cargaba solo con su propio peso, sino que era sostenido por el pulso del entorno. Aquí, el pulso era otro. Más lento. Más denso. Y yo aún no sabía cómo respirar dentro de él.

Un hombre golpeó la mesa con fuerza.

—¡Dicen que los vieron al norte! —gritó—. Tres aldeas más pequeñas ya ardieron.

Un murmullo recorrió la cantina.

—¿Cuándo?
—¿Cuántos eran?
—¿Traían escudos?

Valeska avanzó un paso.

—Basta —dijo.

El ruido se apagó como si alguien hubiera apagado una llama.

—Los rumores asustan más que los hombres —continuó—. Si vienen, los veremos. Y si los vemos, decidiremos.

—¿Y si vienen esta noche? —preguntó alguien.

Eirik habló entonces, con voz grave:

—Entonces nadie dormirá solo.

Eso pareció calmar a algunos.

A mí no.

El pecho comenzó a dolerme. No como una herida, sino como una presión constante, como si algo empujara desde dentro hacia afuera.

Me apoyé en la mesa sin darme cuenta.

—Althea —dijo Sigrid, alarmada—. ¿Estás bien?

—Sí —respondí demasiado rápido—. Solo… necesito aire.

Intenté enderezarme.

El mundo se inclinó.

No caí de inmediato. Primero fue el sonido: un zumbido bajo, profundo, como si la cantina respirara demasiado cerca de mi oído. Luego, la vista se me nubló. Las luces de las antorchas se alargaron en líneas imprecisas.

—Althea —repitió Sigrid—. No te muevas.

Pero ya era tarde.

Las piernas no respondieron.

El suelo subió a mi encuentro.

Sentí manos sujetándome antes de golpear la madera. Voces. Demasiadas voces.

—¿Qué le pasa?
—¡Por los dioses!
—¡Aparten!

Valeska apareció de inmediato.

—Silencio —ordenó—. Déjenla respirar.

Me sostuvo el rostro con firmeza.

—Mírame —dijo—. Aquí. Conmigo.

Intenté enfocar sus ojos, pero el mundo seguía demasiado lento.

—No… —susurré—. No quiero…

—¿Qué no quieres? —preguntó.

—No quiero romper nada.

Sentí un estremecimiento recorrerme el cuerpo.

No era solo debilidad. Algo dentro de mí se agitaba, inquieto, incómodo bajo esta presión constante.

—Sigrid —dijo Valeska—, trae agua. Ahora.

—¿Fría? —preguntó ella.

—Fría.

Alguien murmuró una plegaria a Odín.

—No recen —gruñó Valeska—. Ayuden.

El agua tocó mis labios. Bebí con dificultad. El frío me recorrió por dentro, pero no apagó el peso.

—Esto no es solo cansancio —dije, apenas audible.

Valeska me observó con atención.

—¿Te pasa seguido?

—Aquí… sí.

—¿Antes?

Negué.

—Antes mi cuerpo… obedecía.

Valeska intercambió una mirada con Eirik.

—Llévenla arriba —ordenó—. Y nadie sube con ella.

—Pero… —empezó Sigrid.

—Nadie —repitió Valeska.

Me cargaron entre dos personas. Me sentí liviana en brazos ajenos, y eso me asustó más que el peso que me había derribado.

Mientras subían la escalera, escuché la cantina volver poco a poco al murmullo contenido.

—No está muriendo —dijo alguien.

—Todavía —respondió otro.

Me recostaron en el jergón. El techo giraba lento sobre mí.

Valeska se quedó.

—Escúchame, muchacha —dijo, sentándose a mi lado—. Este mundo no es amable con lo que no entiende. Si tu cuerpo no aguanta, te romperá antes de que puedas adaptarte.

—No quiero ser una carga —susurré.

—Ya lo eres —respondió sin crueldad—. La pregunta es si aprenderás a sostener ese peso… o si te hundirá.

Cerré los ojos.

En mi mente apareció la imagen de mi hogar. Las paredes claras. La voz de mi madre.

“Eres más fuerte de lo que crees, Althea.”

Una lágrima se deslizó por mi sien.



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En el texto hay: magia, suspenso, romance accion

Editado: 07.01.2026

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