No fue al despertar.
No ocurrió de golpe ni con señales claras.
Simplemente… algo había cambiado.
Lo noté al bajar los escalones.
No tuve que detenerme a mitad del trayecto. No sentí ese tirón invisible que antes me obligaba a medir cada paso. Mis pies tocaron la madera con una seguridad nueva, ligera, como si el suelo hubiera decidido dejar de empujarme hacia abajo.
Me detuve un segundo, sorprendida.
Respiré.
El aire seguía siendo frío. Denso. Antiguo.
Pero ya no me atravesaba como una carga.
¿Desde cuándo…?
Di otro paso. Luego otro.
Mi cuerpo respondió.
No con la ligereza de mi mundo —aún no—, pero tampoco con la torpeza que me había acompañado desde que caí aquí. Era una sensación distinta. Como si, tras la recaída, algo se hubiera acomodado en su lugar correcto. Como si el pulso interno hubiera encontrado un ritmo más cercano al de esta era.
—Te mueves diferente.
La voz de Sigrid llegó desde la mesa más cercana. Me observaba con los brazos cruzados y una sonrisa ladeada, curiosa.
—¿Tan evidente es? —pregunté.
—Mucho —respondió—. Ayer parecía que el suelo te iba a ganar. Hoy… —ladeó la cabeza— hoy parece que al menos están negociando.
Sonreí, casi sin querer.
—Yo también lo siento así.
Me acerqué a la mesa sin apoyarme. No por orgullo. Simplemente… no lo necesitaba.
—Después de que caí —continué—, algo se ajustó. No sé cómo explicarlo. Como si mi cuerpo hubiera dejado de resistirse.
—¿Eso es bueno? —preguntó Sigrid.
—No lo sé —admití—. Pero es distinto. Y distinto es mejor que roto.
Antes de que pudiera decir algo más, sentí una presencia firme a mi espalda.
—Althea.
Valeska.
Me giré.
Estaba de pie, con los brazos cruzados, observándome con la misma mirada afilada de siempre. Pero había algo más en ella ahora. No dureza. Atención.
—Ven conmigo —dijo—. Tenemos que hablar.
No fue una orden.
Fue una decisión.
Asentí.
La seguí hasta el rincón más apartado de la cantina, donde la luz de las antorchas apenas llegaba y el ruido se diluía. Eirik estaba fuera, ayudando a reforzar la muralla. Por primera vez desde que llegué, Valeska y yo estábamos solas.
Me indicó un banco.
—Siéntate.
Lo hice.
Valeska no se sentó. Caminó despacio frente a mí, como si midiera cada paso, cada palabra antes de pronunciarla.
—Anoche pensé que te perderíamos —dijo sin rodeos.
—Yo también lo pensé —respondí—. Pero no ocurrió.
—No —coincidió—. Y eso es lo que me inquieta.
La miré con atención.
—¿Por qué?
—Porque no saliste igual —dijo—. Los que caen así, o se quiebran… o cambian.
—¿Y yo?
Valeska me sostuvo la mirada.
—Tú te asentaste.
Sentí un escalofrío leve, no de miedo, sino de reconocimiento.
—No fue algo que decidiera —expliqué—. Simplemente… dejé de luchar contra el peso.
Valeska asintió lentamente.
—Eso hacen los que sobreviven aquí —dijo—. Los que se empeñan en ser lo que fueron, mueren rápido.
Guardé silencio.
—Quiero que entiendas algo —continuó—. Este þorp no es amable. No lo será. No somos crueles por gusto, sino por necesidad. Si te quedas, no puedo protegerte siempre.
—No espero que lo hagas —respondí—. No vine a ser protegida.
Valeska arqueó una ceja.
—Entonces dime qué viniste a ser.
Pensé en mi madre.
En mi mundo.
En el tiempo que había dejado atrás.
—Todavía no lo sé —dije con honestidad—. Pero sé que ya no quiero esconderme de mi propio cuerpo. Ni de lo que soy.
Valeska me observó largo rato.
—¿Eres peligrosa? —preguntó finalmente.
La pregunta cayó pesada, definitiva.
Respiré hondo.
—Sí —respondí—. Si pierdo el control.
—¿Y lo perderás?
—No —dije—. No otra vez.
Valeska se inclinó un poco hacia mí.
—Aquí no creemos en promesas vacías, Althea Aetherwyn.
—Entonces créeme por mis actos —respondí, sin alzar la voz—. Dame tiempo. Ya estoy cambiando.
El silencio entre nosotras se estiró.
Valeska se enderezó al fin.
—Hoy te moverás con los demás —dijo—. No cargarás peso, pero observarás. Aprenderás cómo caminan aquí, cómo giran, cómo resisten el frío.
—Lo haré.
—Y si vuelves a sentir que el mundo te empuja…
—Te avisaré —terminé—. Antes de caer.
Valeska asintió.
—Bien. Porque si este mundo te está aceptando, no será sin pedirte algo a cambio.
Se giró para irse, pero se detuvo un segundo.
—Althea.
—¿Sí?
—Ya no te veo como una carga —dijo—. Te veo como una incógnita.
Eso…
eso fue lo más parecido a un respeto que podía ofrecer.
Cuando se fue, me quedé sentada un momento más, sintiendo mi cuerpo. El pulso era distinto. Más estable. Más acorde.
Aún no era libre.
Aún no era fuerte como ellos.
Pero ya no era frágil.
Y mientras el viento golpeaba la cantina y el mundo antiguo seguía girando a su propio ritmo, lo supe con certeza tranquila:
Había dado el primer paso para pertenecer…
sin dejar de ser yo.
𓆩༺✧༻𓆪
El frío me golpeó en el rostro apenas crucé la empalizada.
No era nuevo, pero sí más directo, como si el aire no tuviera intención alguna de ser amable conmigo. Aspiré con cuidado, esperando esa presión en el pecho que me había acompañado desde que llegué… pero no apareció con la misma fuerza.
Seguía allí.
Solo que ya no me doblaba.
—No camines tan rígida —dijo Valeska a mi lado—. Aquí, el cuerpo tenso se cansa antes.
Apreté los dedos dentro de las mangas.
—No es rigidez —respondí—. Es costumbre. En mi mundo el suelo no se siente así.
Valeska soltó una risa seca.
—Eso es porque tu mundo no quiere derribarte al barro.
No supe si aquello era una burla o una lección. Quizá ambas.