Voz de plata

Capítulo 1.1. Traducción

Me encanta mi cristal.

Doce milímetros de vidrio templado y aislante acústico entre la sala y yo: lo mejor que me ha pasado en los últimos tres años. Desde aquí lo veo todo: la mesa del juez con esa grieta en la esquina izquierda que nadie ha reparado desde los años ochenta; las filas del público, donde los periodistas ya preparan sus cuadernos con esa expresión de quien cobra por palabras, no por calidad; las mesas de los abogados: la de la izquierda, atestada de carpetas; la de la derecha, sospechosamente vacía.

Y a mí casi nadie me ve.

La cabina de interpretación está en el fondo de la sala, en un pequeño estrado bajo una hilera de ventanas técnicas oscuras. Lo bastante apartada para que nadie mire en esta dirección sin motivo. Lo bastante cerca para que yo pueda captar cada gesto de las manos, cada micropausa antes de una mentira.

Soy una voz sin rostro. Una función más, personal técnico al que solo se nota cuando algo falla.

No me quejo. Esa posición me convenía por completo. Hasta hoy…

Compruebo los auriculares: izquierdo, derecho, ambos funcionan. El micrófono: volumen, sensibilidad, distancia a los labios. Las notas: abiertas en la página correcta, con marcadores de colores: azul para términos jurídicos, verde para nombres, rojo para palabras sin equivalente exacto que exigen explicación. Tengo diecisiete marcadores rojos para este caso. Es mucho.

El asunto «Fiscalía contra Moreno» gira en torno al blanqueo de capitales a través de una red de fundaciones culturales en tres países. Italiano, español e inglés: mi tríada, mi pan de cada día.

La jueza Marini ya está en su sitio: pequeña, regordeta, con gafas de montura dorada, parece una bibliotecaria que ha decidido juzgar personas en lugar de libros. Ordena sus papeles con esa meticulosidad que dice: «No es mi primera vez aquí ni será la última, así que todos tranquilos y no me hagan perder el tiempo». La respeto. A distancia, porque nunca hemos hablado.

Las nueve. Los abogados ya están en sus puestos. El público se calla y ese murmullo especial, como el roce de las hojas en otoño, no es silencio, sino su espera.

El banquillo del acusado está vacío. Hasta que las puertas se abren y veo a quien va a ocuparlo.

La sala no cambia por el sonido, sino por el silencio que él trae consigo.

Lo percibo antes de verlo: es como si alguien hubiera girado un regulador invisible de la presión atmosférica. Los periodistas dejan de murmurar; el abogado y el fiscal Salve, que se inclinaba hacia su colega, se incorporan. Incluso la jueza Marini levanta la vista de los papeles, solo una fracción de segundo, pero capto su súbita alerta.

Bajo la mirada del techo hacia las puertas. Primero distingo la espalda del acusado. Hombros anchos bajo un traje oscuro, no ostentosamente caro, sino caro de esa forma que solo se entiende si se conoce la diferencia. Su paso es lento, deliberado. Ni una gota de prisa; cada paso parece una decisión tomada con antelación y con peso.

Se sienta en el banquillo y se gira hacia la sala.

Lo observo como cuando traduzco un texto complejo: buscando las palabras exactas.

Tiene el rostro afilado. La nariz con caballete, rota en algún momento y soldada a su manera, sin cirugía. Una fina cicatriz en la barbilla, antigua, apenas visible desde mi distancia, pero la veo. Siempre veo lo que la gente intenta ocultar. La mandíbula apretada, no por tensión, sino por costumbre.

No es guapo en el sentido cómodo y seguro del término: sus facciones son demasiado marcadas, demasiado depredadoras para llamarlas hermosas. Pero resulta imposible apartar la mirada de él, y no entiendo por qué.

Conozco ocho idiomas. En ninguno existe una palabra para lo que convierte un rostro que no quieres mirar en un rostro del que no puedes apartar la vista.

En el dedo índice izquierdo lleva un anillo de plata maciza. Grueso, antiguo, oscurecido en los pliegues. No es un adorno: es otra cosa. ¿Una reliquia familiar? ¿O un arma, si se golpea del modo correcto…? Me pregunto qué clase de privilegios tiene para que le permitan llevar algo así en la celda.

Mira a la jueza y a los abogados. Luego a la sala, despacio, sin prisa, como si contara a los presentes y decidiera quién merece su atención. Al parecer, la mayoría no.

Después levanta la vista hacia la cabina… y hacia mí.

Me obligo a bajar la cabeza y fijarme en mis notas. Bolígrafo en la mano derecha, cuaderno abierto. Todo en su sitio, todo bajo control.

Menos mal que existe el cristal y que hay normas. Menos mal que soy personal técnico, invisible, una pieza funcional del proceso.

Nuestras miradas vuelven a cruzarse a través del vidrio y se me corta la respiración. Debería apartar los ojos, pero los sostengo un segundo más. Dos.

Él curva apenas una comisura de los labios. No es una sonrisa, es un reconocimiento. Como si dijera: «Sé el efecto que te causo y me gusta».

La sesión comienza, pero entre nosotros continúa otro diálogo, silencioso. Siento su mirada sobre mí: pesada, ardiente. No mira a la jueza ni al fiscal, aunque de ellos depende si saldrá en libertad o pasará el resto de su vida entre cuatro paredes húmedas y estrechas. Solo me mira a mí.




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