No he dormido.
No es una metáfora, ni una exageración, ni esa elegante insomnio que se describe en las novelas —cuando la heroína yace bajo la luz de la luna y sufre con belleza—. Yo estaba tumbada en la oscuridad, con el auricular de plata en la oreja, escuchando el silencio. Su silencio. El silencio de una habitación en la que alguien está, pero calla.
Se desconectó después de decir «Buenas noches, Miro». Cuatro sílabas y luego nada. Y yo no me quité el auricular. Una hora. Dos. Tres. Como si al quitármelo fuera a romper algo que aún no tiene nombre. Como si el silencio que llegaba a través del auricular fuera distinto del silencio sin él. Como si él siguiera ahí, solo que callado.
A las cinco de la mañana, por fin me lo quité, lo dejé sobre la mesita y me quedé otra hora más, mirando el techo.
A las seis me levanté. La ducha fue helada, hasta doler, para que el cuerpo despertara y dejara de recordar. El café, doble, amargo, sin azúcar. Me quedé junto a la ventana, mirando el patio interior donde la vecina ya tendía la ropa y regañaba al gato, y pensé: dentro de tres horas hablaré con sus palabras. En la sala del juzgado. Delante de la jueza, los abogados, los secretarios. Sus palabras con mi voz.
Di un sorbo de café. Me quemé la lengua, pero ni siquiera me di cuenta al principio.
***
La cabina del intérprete a las ocho y media está vacía, silenciosa, familiar. El suelo de mármol de abajo absorbe el sonido de los pasos. La luz fluorescente hace que todos parezcan un poco muertos —esto ya lo sé, ya lo he vivido, es territorio seguro.
Me siento. Extiendo mis notas. Compruebo el micrófono y los auriculares —los habituales, los judiciales, por los que pasa la traducción simultánea.
Luego saco su auricular. Plateado, fino. Ligero como nada —y esa ligereza vuelve a provocarme la misma sensación: lo pesado se olvida, pero esto no lo olvidaré. Me lo coloco en la oreja derecha. La izquierda —el auricular normal, para el sonido de la sala. La derecha —el suyo.
Miro el reloj. Ocho y treinta y siete. La sesión empieza a las nueve. Veintitrés minutos de silencio en los que tengo que recomponerme y convertirme en algo funcional.
La sala se va llenando. Abogados, secretarios, la jueza Marini —ya en su sitio, pequeña, redonda, con las gafas de montura dorada. Mira sus papeles como si contuvieran las respuestas a todas las preguntas del universo, y quizá sea así.
Ocho y cincuenta y uno. Las puertas se abren.
Él entra. Traje oscuro sin corbata. El mismo paso —lento, deliberado, como una decisión.
Se sienta. No mira hacia la cabina.
Ocho y cincuenta y tres.
El auricular del oído derecho cobra vida.
—¿Me escuchas?
Su voz es baja, serena, sin preámbulos. Pero ahora está dentro. No a través del aire, ni de la distancia, ni del cristal de la cabina. En el oído, en la cabeza, bajo el cráneo, en el lugar donde nacen los pensamientos —y no puedo distinguir su voz de mis propios pensamientos, y eso es lo más aterrador que he sentido en las últimas tres semanas, y la competencia es dura.
—Sí —digo en voz baja al micrófono que nos conecta solo a nosotros.
—Bien. No respondas en voz alta. Solo escucha. Cuando haga falta hablar, te lo diré.
Trago saliva, pero la garganta sigue seca, como un desierto.
—¿Entendido?
Pulso el botón dos veces —breve, como un golpeteo—. Sí, entendido. Sin palabras.
Él calla un segundo. Luego:
—Bien.
Y oigo —o creo oír— algo en ese «bien» que antes no estaba. No es satisfacción. Ni aprobación. Algo más cálido. Algo que no debería estar en la voz de quien dirige una operación.
La sesión comienza.
El abogado de la acusación lee nuevos documentos, la jueza Marini formula preguntas de aclaración. Yo traduzco en un flujo habitual —entrada por la izquierda, salida por el micrófono, limpio, mecánico. Su auricular permanece en silencio. Él no interviene. Casi olvido que está ahí.
Casi.
Porque incluso su silencio tiene presencia. El silencio en mi oído derecho no está vacío. Respira, espera, observa.
Luego llega la primera pregunta directa al acusado. El abogado de la acusación se levanta, se ajusta las gafas y pregunta por la reunión en Zúrich, agosto del año pasado. Algo estándar: si el acusado confirma que estuvo presente.
Su voz en mi oído —inmediata, sin pausa—:
—Confirmo mi presencia. La reunión versó sobre el fondo cultural, no sobre operaciones financieras. Los detalles están en el documento siete-A, página catorce.
Lo repito. Sus palabras con mi voz. En italiano, con claridad, con los acentos correctos, con esa seguridad neutra que exige la sala. Y acto seguido en inglés, para los representantes de Europol.
Pero por dentro sucede algo para lo que no estaba preparada.
Cuando digo «confirmo», es su «yo», pero mi voz, y entre esos dos puntos ocurre algo que no tiene nombre en ningún diccionario lingüístico. Como si me convirtiera en él —por un segundo, por la duración de una frase, por el tiempo entre la primera y la última palabra. Su pensamiento pasa a través de mí, como una corriente por un conductor, y a la salida queda transformado. No distorsionado, pero teñido por mí.
La jueza asiente, el abogado toma nota y nadie, salvo yo, percibe este fenómeno.
Solo lo percibe Damián.
—Bien —dice por el auricular—. Ahora la siguiente pregunta. Preguntarán por Ginebra. Di que sí…
Y dicta. No al pie de la letra —solo la dirección—. «Confirma la reunión, pero subraya que la iniciativa no fue tuya. Haz una pausa antes de la palabra “iniciativa”. Tienen que oírlo.»
Sabe que el intervalo entre las palabras es un arma. Sabe que yo también lo sé. Y me entrega esa arma —no me la quita, no controla mi dedo en el gatillo. Solo dice: aquí es donde debes apuntar.
Damián, en el banquillo, permanece inmóvil. Mira al frente. Pero desde mi jaula de cristal veo cómo sus dedos, sobre la rodilla, se contraen apenas. El anillo de plata refleja la luz con el movimiento.